La identidad al desnudo

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San Francisco, cuna de movimientos libertarios y lugar emblemático del movimiento gay, prohibió la semana pasada el nudismo en los espacios públicos. La prohibición está directamente relacionada con el barrio homosexual por excelencia, Castro: vecinos y comerciantes de la zona se habían quejado de que en los últimos dos años la práctica del nudismo en la calle se había convertido en algo habitual.

Algunas asociaciones de homosexuales han criticado la decisión porque consideran que limita su derecho a la libertad de expresión (aunque la nueva ordenanza exceptúa el desfile del orgullo gay). Piensan que obligarles a ir vestidos supone un paso atrás en los logros de la revolución sexual. En cambio, los partidarios de la prohibición, de acuerdo o no con esta revolución, opinan que no hace falta desnudarse para reivindicar nada, y si se trata simplemente de comodidad, entonces no debería hablarse de limitación de derechos fundamentales.

Como en todos los temas que han echado raíces en el terreno vedado de lo políticamente correcto, la retórica y los eslóganes han sustituido a la reflexión. Discutir sobre los derechos de los homosexuales se ha convertido en un asunto problemático; o al menos si se hace en una dirección distinta del discurso oficial. Todas las reclamaciones del colectivo gay parecen situarse por descontado en el terreno de los derechos fundamentales –solo personas inhumanas podrían oponerse-, mientras que a las razones de la parte contraria, sea esta quien sea, automáticamente se les adjudica un rango menor: son pegas basadas en el interés personal, en la defensa de unos privilegios, cuando no basadas directamente en planteamientos “homofóbicos”.

Frecuentemente, estas palabras altisonantes (derechos, libertades, odios) esconden problemas mucho más prácticos, como en el caso de San Francisco. Quien es capaz de situarse por encima de la retórica, percibe que en realidad se están discutiendo otros asuntos menos comerciales, aunque también importantes: el decoro, la estética, la condición social del hombre. Los activistas gays, que reivindican un reconocimiento social y visible para sus ”logros”, no admite en cambio que ninguna consideración social limite sus preferencias personales.

Orientación al mal gusto

Sin embargo, algunos homosexuales no están de acuerdo con esta doble cara del discurso gay oficial: aguda sensibilidad ciudadana para unas cosas, y falta total para otras. Emma Teitel es una periodista que trabaja para la revista canadiense Maclean’s. Reconocida lesbiana, frecuentemente ha defendido las reivindicaciones de los homosexuales. Sin embargo, el pasado 25 de junio denunciaba en un artículo la excentricidad y mal gusto del día del orgullo gay en Toronto, una celebración en la que la nota predominante es la falta de ropa. Además, argumentaba que el movimiento gay se equivocaba de estrategia con este tipo de “demostraciones de fuerza”.

De acuerdo con Teitel, el mal gusto del desfile puede poner a la contra a personas que quizá sí sintonicen con algunas de las reivindicaciones del colectivo homosexual. El marketing de la causa es todavía más contraproducente si el movimiento gay se defiende tildando de homófobos a todos los que se sienten ofendidos por sus carnavales nudistas.

Cuatro días después, y ante la gran cantidad de comentarios suscitados por el primer artículo (muchos acusando a Teitel de ser una lesbiana “tibia”), la periodista escribió otro defendiendo la postura del alcalde de Toronto, Rob Ford, que decidió no acudir a los principales actos del día del orgullo gay.

Como señala Teitel, el movimiento homosexual se halla ante un dilema: seguir por la senda carnavalesca y provocativa (lo que cada vez tiene menos sentido en cuanto que el statu quo ya no está en su contra), o evolucionar hacia una defensa más cívica de sus posiciones. El caso de San Francisco es un ejemplo de cómo por ahora parecen seguir optando por la primera vía.


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