La fuga de Dios. Las ciencias y otras narraciones

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Autor: Juan Arnau

Atalanta.
Girona (2017).
312 págs.
24 €.

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Tras su Manual de filosofía portátil, finalista en 2014 del Premio Nacional de Ensayo, Juan Arnau publica ahora La fuga de Dios, que no es exagerado calificar como una enmienda integral a la opción civilizatoria que la humanidad hizo suya con la Modernidad. No es el primer autor que lo intenta, pero sí uno de los que lo ha conseguido de forma más hermosa, persuasiva y contundente.

El filósofo valenciano dirige su crítica a la concepción de la ciencia surgida en el siglo XVII, es decir, aquella que busca el conocimiento fragmentando la vida hasta reducirla a una materia carente de significado para, a continuación, someterla al poder arbitrario del ser humano. Esta ciencia moderna se sustenta sobre tres dogmas: la naturaleza no es más que una mina que el individuo puede explotar a sus anchas (Bacon); las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza, que nos permite su total dominio (Galileo); el espacio y el tiempo son categorías absolutas, que garantizan la estabilidad de lo cuantitativo (Newton). El resultado de ejercer esa forma de violencia sobre la realidad resulta tan irresistible como letal para el ser humano. Porque, al tiempo que le procura el máximo dominio sobre las cosas, le incapacita para comprender su sentido.

Junto a la lúcida crítica que hace del cientifismo y de la sociedad tecnólatra a la que dio lugar y en la que seguimos instalados, el ensayo llama la atención por el esperanzado anuncio de lo que está por venir. Arnau nos persuade acerca de la existencia de un pensamiento alternativo, capaz de ofrecer un horizonte genuinamente significativo. Ve en Berkeley a un destacado precursor, que tuvo sus continuadores en autores como Goethe, William James, Henri Bergson o Whitehead. En el tiempo actual, algunos de sus principales representantes son Henryk Skolimowski, Rupert Sheldrake, Ervin Laszlo, Paul Feyerabend y Owen Barfield, todos ellos calificados como herejes oficiales del cientifismo todavía reinante, pero ya en fase agónica.

Frente al modo agresivo del “conocer para dominar”, Arnau sostiene que la realidad tiene una naturaleza mental (o que no es independiente de la mente). Si en otros momentos esta idea fue descalificada, ahora se abre paso sin desembocar en un subjetivismo desaforado. El derrumbe de la objetividad no nos aboca al “todo vale”, sino que nos abre a un criterio intersubjetivo, en el que la participación del sujeto en el conocimiento es constitutiva de la realidad: “No vemos las cosas como son, vemos las cosas como somos” (Talmud).

Aunque el texto de Arnau trata fundamentalmente acerca de lo que podemos conocer, él lo considera con razón una contribución para hacer un mundo mejor. Sócrates sostuvo que el conocimiento nos conduce al recto obrar. Jesús de Nazaret afirmó que la Verdad nos hace libres. Sin identificarse con esas dos tradiciones, sino más bien con la budista que le es tan familiar, Arnau afirma algo que, sin embargo, sintoniza también con aquellas: “Pensar bien es hacer un mundo mejor”. Al pensar bien descubrimos que no existe una verdad disecada a la que accedemos como observadores externos: solo existe una verdad para la vida, “una verdad que no descarta la vivencia como mero ruido de la subjetividad”. 


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