Series de TV

La casa de papel

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Guionista y creador: Álex Pina.
Productores: Álex Pina, Sonia Martínez, Jesús Colmenar, Esther Martínez Lobato, Nacho Manubens.
ProductoraS: Vancouver Media y Atresmedia.
Emisión en España: Emitida por Antena 3. Disponible en Netflix.
Duración: 3 temporadas de 9, 6 y 8 capítulos. Los capítulos de las dos primeras temporadas duran 70 min.; los capítulos de la tercera, 45 min.
Público: Adultos. (DVX)

“Si mi foto volvía a los periódicos, al menos que fuera por el atraco más grande de la historia”.

(Tokio, 1.1)

La casa de papel no es solo una serie de televisión: es un fenómeno de masas. Tópico, pero cierto. Su popularidad cruza continentes. No es raro encontrarse gente celebrando Halloween disfrazados con máscaras de Dalí, leer un artículo en el New York Times explicando el doblaje de la serie al inglés o, incluso, constatar el revival de la canción partisana “Bella Ciao” como símbolo político. No en vano es la serie de habla no-inglesa más vista en Netflix, el gigante del streaming. Una historia estilosa, de digestión ligera, rebosante de ingenio, narrativamente adictiva, ideal para maratonear. La serie creada por Álex Pina estaba en el lugar adecuado en el momento preciso; Netflix empujó la bola de nieve hasta convertirla en un éxito global, sin precedentes en la ficción televisiva española.

Inicialmente producida y emitida por Antena 3 en 2017, La casa de papel es un relato criminal que se agrupa bajo un subgénero que ha transitado de lo trágico a lo molón: el del atraco perfecto. El sombrío existencialismo de obras emblemáticas del noir como La jungla de asfalto (Huston, 1950) o Rififí (Dassin, 1955) dejó paso, con el tiempo, a la luminosidad ingeniosa de la saga Ocean’s Eleven (Soderbergh, 2001) o el cine de Guy Ritchie (Lock & Stock, Snatch), para acabar regresando a la ambigüedad moral con Inception (Nolan, 2010) o The Town (Affleck, 2010).

Sorpresas repetidas

La casa de papel abraza la caligrafía del subgénero del “heist” desde el minuto uno: el episodio piloto ya ubica a los atracadores dentro de la Fábrica de Moneda y Timbre. De este modo, la estructura narrativa propone un puzle de tiempos, espacios y puntos de vista que dinamiza el relato enormemente. La línea temporal primordial, la del atraco, se combina constantemente con los flashbacks de la preparación. Esta dualidad permite que las dos líneas temporales dialoguen, enriqueciendo conflictos e iluminando sorpresas.

Es una apuesta narrativa especialmente atinada, dada la larga duración propia del relato televisivo. Si los creadores hubieran dedicado el primer tercio de la serie al reclutamiento y adiestramiento de la banda para, después, mostrar la ejecución del robo, el relato habría perdido frescura. Es probable que el espectador olvidara tal o cual detalle que vincula preparación y golpe. Por el contrario, la estructura elegida –aunque artificial por momentos– permite ilustrar cómo el Profesor previó todos y cada uno de los posibles problemas, articulando siempre un plan B, C o D. La contrapartida de este ayuntamiento narrativo entre preparación y ejecución es que el relato abunda demasiado en la sensación, casi omnipotente, del Profesor. Un professor ex machina.

Es una de las espinas que conlleva trasladar el subgénero del “atraco perfecto” a las peculiaridades del relato expandido: la originalidad, la campanada y el requiebro narrativo van perdiendo punch cuanto más se emplean. Porque, sin duda, buena parte del atractivo del “atraco perfecto” radica en el ingenio del factor sorpresa. No es lo mismo un “ahhh” boquiabierto en el clímax de una película de dos horas… que un pasmo reiterado al final de cada uno de los 23 capítulos emitidos hasta la fecha. La mandíbula del espectador televisivo es propensa a las agujetas.

Los saltos entre el atraco y los preparativos proponen un puzle de tiempos, espacios y puntos de vista que dinamiza el relato enormemente

Precisamente por esto la primera temporada de La casa de papel resulta mucho más efectiva que la segunda y, por supuesto, que la tercera. Porque es un relato que se maneja mucho mejor colocando las piezas en el tablero que moviéndolas. Las salidas de emergencia del Profesor van perdiendo eficacia, verosimilitud, y los conflictos internos que atenazan al grupo de ladrones van escorándose hacia el melodrama buenista conforme pasan los capítulos. Por esta misma razón, la reciente tercera temporada –producida ya únicamente por Netflix– ahonda en los defectos: por ejemplo, la vigorosa Nairobi exhibe una vulnerabilidad maternal casi dickensiana, el mercenario Helsinki revela un corazón mimosín con Palermo o, incluso, el pérfido Berlín adopta una vida monacal y empática. Bajo la producción de Netflix La casa de papel es ahora un producto aún más pinturero y explosivo, no cabe duda, pero el alma de la serie no alcanza la brillantez dramática y narrativa de los inicios. Déjà vu.

Eso no quita que La casa de papel haga una apuesta estilística excelente, de una visualidad carnosa. Aunque la serialidad española lleva tiempo cuidando el acabado formal de sus producciones, la serie descuella por su factura técnica, que no desmerece al de producciones de otras partes del globo. Tanto los exteriores como los interiores de la Fábrica de Moneda y Timbre, en las dos primeras entregas, como del Banco de España, en la tercera, transmiten una espectacularidad y un realismo que refuerzan la credibilidad de una historia que se mueve al filo de la navaja de la verosimilitud. Con una fotografía de interiores apagada, los disfraces rojos de los asaltantes sobresalen, como si fueran elegidos que quieren destacar ante la monotonía del paisaje social. Dalí como emblema inconformista.

Rebeldía de salón

Porque ahí radica la última catapulta al éxito: La casa de papel practica un suave populismo, una rebeldía de salón y mando a distancia. La lectura de fondo es que en una sociedad lobotomizada, con un cuerpo social raquítico, este grupo de rebeldes –no en vano se denominan “La resistencia”– aspira a convertirse en un modelo social, configurado desde los márgenes, desafiando las convenciones legales del pacto social. La gente se agolpa a las afueras del Banco de España para arengar a sus nuevos héroes: los ladrones. Porque el sistema es corrupto y, siguiendo el refranero, “quien roba al ladrón tiene cien años de perdón”. El Estado miente, tortura y el gran villano de la tercera temporada pertenece, cómo no, a la Policía. Eso sí, existe una línea roja que la banda no puede traspasar si quiere mantener ese impulso utópico, antiinstitucional, que va de la mano de la empatía del público:

La serie presenta a unos antihéroes que se ganan el corazón del espectador gracias a su carisma

Vamos a ser los puñeteros héroes de esa gente. ¡Pero mucho cuidado! Porque en el momento en que haya una sola gota de sangre, esto es muy importante, como haya una sola víctima dejaremos de ser unos Robin Hood para convertirnos simplemente en unos hijos de puta.

La casa de papel nos presenta a unos antihéroes que se ganan el corazón del espectador gracias a su carisma: la rumbera Nairobi, el simpático Denver, el pérfido Berlín, el astuto Profesor… Comercialmente, la serie sigue siendo un bombazo, con un fandom entregado y activo. Sin embargo, tras una tercera temporada donde el relato ha dado muestras de cansancio, el gran reto artístico de la serie radica, precisamente, en saber cómo este puñado de renegados gestiona la sangre. El drama ha subido el envite. La Ley parece obligada a devolver el golpe y los actos (criminales) han de tener consecuencias. ¿Se atreverán a explorarlas los creadores? ¿O ahondarán en un maniqueísmo de buenos y malos que jamás estuvo en el germen de la serie?


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