La bioética no debe renunciar a las grandes preguntas

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Daniel Callahan es uno de los pensadores más influyentes en la bioética moderna. Además de sus numerosas publicaciones, es fundador y presidente emérito del Hastings Center, una de las instituciones con más trayectoria en este campo. Recientemente concedió una entrevista a BioEdge, de la que aquí se extraen algunos fragmentos.

La Bioética no es un obstáculo al progreso

“En los años 60 –explica Callahan– los avances en la investigación médica estaban suscitando toda una serie de debates éticos, muchos relacionados con el principio de la vida y su final. Cuando Willard Gaylin y yo creamos el primer centro en investigación bioética, The Hastings Center, fuimos bien recibidos por bastantes médicos y biólogos prominentes. Pero otros nos miraron con reticencia, como si la ética fuera un campo “demasiado débil” para ser considerado científico: algunos pensaban que estaba viciado por el dogmatismo religioso; otros, que no ofrecía más que respuestas vagas y poco útiles en la práctica. Estas ideas han ido desapareciendo con el tiempo, pero reaparecen de vez en cuando. Hace poco, Steven Pinker –un conocido profesor de Harvard– escribió un artículo titulado Bioética: quítate del medio, atacando con poco gusto a un grupo de científicos que habían pedido una moratoria en la manipulación de las células germinales”.

“La bioética norteamericana absolutiza la autonomía mientras no se haga daño a otros, lo que deja poco espacio para pensar cuál es el verdadero bien de la otra persona”

“Entre los primeros interesados en el campo de la bioética había un buen grupo de filósofos. Existía en ellos un fuerte compromiso ideológico para abordar los temas desde un punto de vista secular, que a veces se traducía en un sesgo contra los valores conservadores. Aunque yo compartía el compromiso metodológico, me parecía que este sesgo no beneficiaba a la bioética, que siempre ha buscado estar abierta a debatir diferentes puntos de vista”.

La autonomía del paciente

El utilitarismo ético, que propone juzgar la bondad o maldad de las acciones según la “cantidad” de felicidad que producen en las personas afectadas, ha tenido eco en los debates bioéticos. Sobre todo, gracias a la notoriedad de su principal defensor, Peter Singer. Sin embargo, Callahan considera que la influencia de esta teoría, con un enfoque claramente consecuencialista, ha sido más teórica que práctica, y ha quedado circunscrita al ámbito británico.

En Estados Unidos ha tenido más relevancia el principialismo. Esta teoría, propugnada por dos pensadores norteamericanos a finales de los años 70 en el libro Principios de ética biomédica, señala cuatro criterios para valorar éticamente una acción médica. A los tres clásicos (beneficencia, no maleficencia y justicia), añadía un cuarto, el de la autonomía del paciente, que pasó a convertirse de hecho en el principal, al que los otros debían subordinarse. Para Callahan, aunque el enfoque principialista tiene aspectos positivos (por ejemplo, fijar unas bases claras para la decisión médica, evitando un excesivo énfasis en la singularidad de cada caso), también presenta lados oscuros.

“Lo veo como una ética externa, centrada en lo que debemos a los demás (lo que tienen derecho a exigirnos), y no en el tipo de personas que debemos ser para comportarnos éticamente, lo que denominaría una ética interna”.

“La bioética norteamericana parece un poco demasiado enamorada del planteamiento de John Stuart Mill, que absolutiza la autonomía mientras no se haga daño a otros. Esto deja poco espacio para pensar cuál es el verdadero bien de la otra persona, y de la sociedad en conjunto”.

Volver a las grandes preguntas

Otra de las preocupaciones de Callahan es la deriva cientifista o economicista del pensamiento bioético, que alejan al médico de los fundamentos deontológicos de su profesión.

“La superespecialización de los médicos también es un problema, porque existe una presión para mostrar resultados prácticos”

“Una de las causas es que cada vez llegan al campo de la bioética más médicos, enfermeras, sociólogos y políticos con poco interés por la fundamentación filosófica de la medicina. Tengo la sensación de que, entre los profesores de esta asignatura en las facultades de medicina, el porcentaje de humanistas o pensadores del ámbito de las ciencias sociales está bajando en beneficio de los científicos. El declive de las humanidades en la universidad estadounidense es un mal síntoma”.

“La superespecialización de los médicos también es un problema, porque existe una presión para mostrar resultados prácticos. Esto hace cada vez más difícil volver a las preguntas profundas: la discusión sobre el verdadero significado de ‘salud’, el papel de los intereses particulares del enfermo, o los fines de la medicina.”

“Debemos facilitar que se aborden estas cuestiones; crear marcos teóricos que ayuden a tomar decisiones concretas en cada caso. Y también hay que saber disentir si es necesario ante determinados avances científicos, por mucho que vengan avalados por un cierto ideal de progreso. No todo lo nuevo es bueno, ni todo lo antiguo es malo”.


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