Juan Pablo II, visto por sus amigos y colaboradores (y II)

En las relaciones humanas

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Pawel Ptasznik, sacerdote que trabajó en la sección polaca de la Secretaría de Estado, y fue un estrecho colaborador del papa en la última fase del pontificado, habla también de la vida de oración de Juan Pablo II: “La oración era el motor de su existencia. Juan Pablo II rezaba insistentemente, en cualquier situación que se encontrara. Ante todo era asiduo en recitar las tradicionales oraciones cotidianas, incluyendo el Santo Rosario, la lectura del Breviario, la adoración y la meditación. Además todos los jueves practicaba la llamada “Hora santa” (una hora de adoración eucarística) y el viernes el Vía Crucis. Y dado que lo hacía también durante los viajes apostólicos, los organizadores tenían que tenerlo en cuenta”.

“El Papa rezaba también por las intenciones concretas, porque recibía tantísimas peticiones de intercesión enviadas por gente corriente, de todo el mundo. Nos había pedido expresamente que se las señaláramos, por ello le preparábamos una lista de las intenciones junto con una carpeta con las cartas”.

Sobre la vida sacramental de Juan Pablo II, Pawel Ptasznik dice que “la celebración eucarística era el punto focal de cada jornada. No la omitía nunca: ni siquiera cuando estaba enfermo, incluso en los periodos en que estuvo ingresado en el hospital, en cuanto las condiciones se lo permitían, concelebraba desde la cama con sus secretarios”.

“No ha querido nunca celebrar la Misa solo. Desde los primeros días del pontificado pidió que se invitara a gente, para que la Eucaristía fuera un acto eclesial, comunitario”. “La celebraba con gran empeño interior. Estaba siempre recogido, como inmerso en el misterio de la Pasión de Cristo. Con todo, en el modo de desarrollar las funciones mostraba siempre una gran paz y serenidad, porque –como decía– la Eucaristía es también la conmemoración de la Resurrección del Señor”.

Asimismo Ptasznik recuerda que Juan Pablo II se confesaba regularmente, al menos una vez cada dos semanas, con Mons. Stanislaw Michalski.

Abierto a la amistad
Uno de los que tuvieron una relación más estrecha con Juan Pablo II fue Joaquín Navarro-Valls, director de la Sala de Prensa del Vaticano. En su testimonio subraya la apertura de Juan Pablo II a la amistad. A Karol Wojtyla lo ve como “un Papa, naturalmente. Pero también una persona que he amado mucho desde el punto de vista puramente humano. Uno de quien he aprendido tanto; tanto que quizás ni siquiera yo soy plenamente consciente. Un hombre excepcional que ha tenido también la generosidad de abrirse a la confidencia, a la familiaridad y al puro afecto. Papa, padre y amigo a la vez. Y ya entonces veía también en él a un santo, es decir, un hombre que sabía decir que sí a todo lo que Dios le pedía. Y no le pidió nunca poco…”.

En cuanto a sus relaciones humanas con sus colaboradores, el cardenal Camilo Ruini, que fue vicario del Pontífice para la diócesis de Roma, testimonia: “Él sabía escuchar y amaba escuchar. Intervenía sobre todo para hacer síntesis y para realizar las elecciones decisivas: era muy firme cuando tomaba las decisiones que consideraba justas para la Iglesia y para el mantenimiento de la fe. Pero en las relaciones con las personas era muy respetuoso, confiado y amable. No he visto nunca al Papa tratar a nadie de forma negativa y he envidiado a menudo su capacidad de escuchar a las personas con tanta paciencia y calma. No estaba nunca condicionado por el reloj: incluso en esto se mostraba un hombre libre”.

La evangelización es posible
Al hablar del significado del pontificado de Juan Pablo II para la Iglesia y para el mundo, Mons. Ruini declara: “En él se daba una convicción de fondo: la secularización no es un dato fatal e irreversible, el mundo y la historia no se alejan cada vez más de Dios. Ya cuando le conocí, en 1984, él estaba convencido de que el mundo, de algún modo, estaba pasando página, que la fase más aguda de la secularización había ya pasado de largo. En su grito “No tengáis miedo” estaba ya esta convicción de fondo”.

Esta convicción estaba en la base de su empeño evangelizador. Gianfranco Svidercoschi, vaticanista que colaboró con Juan Pablo II en el libro Don y misterio, hace notar que Juan Pablo II relativizó los conflictos postconciliares en los que estaba inmersa la Iglesia al inicio de su pontificado para orientarla hacia el gran objetivo de la evangelización con dos planes. Uno “externo”, dirigido a las personas que todavía no conocen a Cristo, con una particular mirada hacia Asia. Y un segundo plan, “interno”, más conocido como “nueva evangelización”, donde la fe se ha debilitado, sobre todo en Occidente.

Otro proceso que Juan Pablo II desarrolló fue la desclericalización de la Iglesia. Según Svidercoschi, no había habido nunca un intento tan fuerte de abatir “aquella unilateralidad clerical que se había creado con el Concilio de Trento en respuesta a la Reforma protestante. El papa Wojtyla lo hizo, dando una importancia cada vez mayor a los aspectos de comunión, más laicales y más carismáticos respecto a los aspectos jerárquicos e institucionales. De este modo Juan Pablo II sacó a la luz nuevos protagonistas de la Iglesia, a los cuales se dirigió como sus interlocutores privilegiados: los jóvenes, las mujeres y los nuevos movimientos”.

Aunque se haya escrito ya mucho sobre Juan Pablo II, este libro aporta historias y anécdotas inéditas, de personas que vivieron muy cerca de él.


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