Jóvenes ricos chinos: en la mira de Pekín

Fuente: The Economist
publicado
DURACIÓN LECTURA: 3min.

Desde hace algunas décadas, el boom económico de China ha mejorado el nivel de vida de cientos de millones de sus ciudadanos. Pero ello –según apunta The Economist– ha creado nuevos problemas como la contaminación y la desigualdad. Y a los superricos les supone un problema moral: ¿Cómo –se preguntan los padres– podemos criar hijos que no se comporten como monstruitos arrogantes?

Ahora mismo, en China hay unos 109 millones de individuos con una riqueza personal de al menos 10 millones de yuanes (1,6 millones de dólares), 67.000 “superricos” con activos por más 100 millones de yuanes, y 213 personas con más de mil millones de dólares. Sus hijos, los “ricos de segunda generación”, o fuerdai, son vistos con una fascinante atención por los medios nacionales y con una mezcla de envidia y revulsión por el pueblo ordinario.

Se les ve conduciendo coches insultantemente aristocráticos que, gracias a los altos gravámenes a la importación, pueden costar un millón de dólares o más. Varios de ellos cuelgan en la redes sociales fotos ostentosas y vulgares arranques sobre sus hazañas. Wang Sicong, el hijo de uno de los magnates más adinerados, levantó recientemente una tormenta de críticas por decir que su principal criterio de selección de novia era que fuera “exuberante”. También posteó imágenes de su husky siberiano portando dos relojes de oro de Apple con un valor de decenas de miles de dólares –algo inútil, sin duda, si el perro no navega en Internet–.

En junio, el presidente Xi Jinping dijo en una reunión de gobierno que los jóvenes ricos chinos debían controlar sus gestos de hedonismo. Debían ser inducidos, aseguró, “a pensar de dónde proviene su riqueza” y a ser patriotas, respetuosos de la ley y trabajadores esforzados. Una semana después de que se hicieran públicas sus acotaciones, los medios estatales reportaron una sesión de entrenamiento en la próspera provincia costera de Fujian para 70 retoños de milmillonarios, en el que eran instruidos en la “cultura china tradicional, la responsabilidad social y el conocimiento de los negocios”, y eran multados con 1.000 yuanes si llegaban tarde.

Según algunos fuerdai, todo esto será un esfuerzo ímprobo. Wang Daqi, un treintañero de adinerada familia, incluyó a varios de sus colegas en un libro que publicó en mayo: “La carga de la riqueza”. El joven buscaba trazar un retrato matizado de las vidas de los fuerdai, pero reconoció que la ostentación es el único valor que muchos de ellos conocen. “Es realmente muy patético”, asegura. Entre aquellos que sí trabajan, añade, la mayoría opta por invertir la riqueza familiar en otros negocios. “Levantar una nueva empresa por ti mismo implica mucho trabajo, pero si solo plantas start-ups no tienes que hacer el trabajo duro o cargar con demasiada responsabilidad”.

Otro fuerdai, un pekinés de 26 años, cuyo padre es un banquero de inversiones hecho a sí mismo, afirma que algunos de sus amigos son de familias bien conectadas políticamente, y que probablemente deben su riqueza a arreglos corruptos. Otros tienen fortunas familiares honestas construidas desde el esfuerzo, y la mayoría –estima– están en algún punto intermedio. “No hablamos demasiado entre nosotros mismos sobre de dónde viene el dinero”, dice: “Todos entendemos que puede ser un asunto muy delicado”.

Según cree, la actual campaña anticorrupción china está haciendo mucho más que cualquier programa de entrenamiento para que los chicos adinerados bajen el tono, al menos en público. Estos todavía fiestean por todo lo alto y compran coches nuevos cada seis meses, “pero ahora, cuando salen, solo toman su BMW 7 Series, en vez del Aston Martin”.

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