Heineken quiere que conversemos más

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En algún tugurio subterráneo y descuidado del más allá, Chesterton, con una suerte de alegría nerd, invitó la siguiente ronda de cervezas. Acababan de ver el último comercial de Heineken, ese que se titula #OpenYourWorld, e inmediatamente levantó su corpulenta humanidad para sacar su billetera llena de poemas en miniatura. Es que en esos poco más de cuatro minutos, que ya se han vuelto virales, se propone lo que a él tanto le gustaba hacer: discutir con sus grandes amigos –Bernard Shaw, H. G. Wells y otros– los temas no superfluos que los separan. La agencia Publicis London, creadora del comercial, escogió tres temas conflictivos que, cada vez más, parten al mundo en dos bandos que se suelen evadir mutuamente: feminismo, calentamiento global y transgénero.

Se trata de un experimento social –asumiendo que no es una ficción interpretada por actores, aunque, a efectos prácticos, da lo mismo– en el cual dos personas de posiciones opuestas, sin conocerse, trabajan en común construyendo una estructura de madera. Al final resulta que la especie de lego que van armando es un bar –el comercial llama a esta etapa Bridge building– en el cual colocan dos cervezas. En el proceso se han ayudado mutuamente y han sido parte de un juego preguntas-respuestas en el cual se tenían que autodefinir en pocas palabras.

Vivimos en un mundo polarizado, en el cual cada bando se considera intelectualmente autosuficiente y con muy poca disposición a revisar su postura a la luz del otro

Nosotros, como espectadores, antes de todo, ya conocemos las posturas de cada uno: donde uno cree que las mujeres deben hacerse cargo siempre de los hijos, otra cree que el feminismo va dando pasos pero nunca alcanzará todas sus metas; donde uno cree que los ambientalistas deben mirar problemas reales, otro cree que no se está actuando lo suficiente por el cambio climático; donde uno cree que un hombre es hombre y una mujer es mujer, otra se considera hermana e hija porque es transgénero (así se define ella misma). Ahora, al final, ellos ven el video en el cual se dan cuenta con quién realmente compartieron la jornada. La cerveza está servida. Suenan los altavoces que dan las instrucciones: “Pueden irse o pueden quedarse a discutir sus diferencias”. Suena la alarma. Y empieza el reto.

Dos bandos autosuficientes

Lo que hace Heineken es valioso –más allá de exquisitos análisis que se puedan hacer sobre la representación de cada postura– porque apunta hacia una enfermedad que el año pasado se evidenció en varias elecciones populares: que vivimos en un mundo polarizado, en el cual cada bando se considera intelectualmente autosuficiente y con muy poca disposición a revisar su postura a la luz del otro. E incluso la situación se torna paradójica: cuando un bando se incomoda con el comercial porque parece que pone las dos posturas a un mismo nivel, el otro bando se indigna porque no puede ser que una feminista se siente a conversar con alguien que no reconoce sus derechos fundamentales. Ambos suelen adjetivar a su oponente de antinatural, inhumano, a veces ilegal y, casi siempre, idiota. Parecería que la premisa para iniciar una conversación es que, de entrada, el contrario reconozca que está equivocado.

La tolerancia se la trabaja en un entorno hostil, o al menos plural, no en “safe spaces”

Estar en una situación de polarización no es algo nuevo. Lo que sí es nuevo es que, dada la excesiva personalización del entorno que nos ofrece la tecnología e Internet –ver, por ejemplo, las falsas percepciones que generan las redes sociales–, cada vez hace falta más esfuerzo personal para picar las gruesas paredes de nuestra burbuja digital y física. Sin embargo, la tolerancia se la trabaja en un entorno hostil, o al menos plural, no en safe spaces. Y los seres humanos no estamos, por inercia, inclinados a conversar con quien no piensa como nosotros. Todo lo contrario.

Desafiar nuestros conocimientos

Es inevitable recordar la Declaración que publicaron los profesores estadounidenses, intelectualmente contrarios, Robert George y Cornel West, a mediados del mes pasado. Allí exhortan a la comunidad académica americana, estudiantes y profesores, a huir del modelo de educación que ve en sus alumnos a simples clientes a quienes no quieren ofender. Ambos alientan al público a ganar en humildad intelectual, apertura de mente y amor por la verdad, para escuchar con atención a gente inteligente que desafía nuestros conocimientos: “Nadie de nosotros es infalible. Ya seas de izquierda, derecha o de centro, hay gente razonable de buenas intenciones que no comparten tus convicciones fundamentales. Esto no significa que todas las opiniones sean igualmente válidas o que da igual a quién escuchar. Ciertamente, no significa que no haya verdad que deba ser descubierta. Tampoco significa que tú estés necesariamente equivocado. Pero ellos tampoco están necesariamente equivocados”. Ya han recogido cientos de firmas entre los que se encuentran intelectuales tan disímiles como Roger Scruton o Peter Singer.

En determinado momento de su Declaración, los profesores invocan a John Stuart Mill, filósofo inglés del siglo XIX. Ampliar un poco esta referencia, revisando su tratado On liberty (1859) sobre las libertades civiles, puede ser útil para hablar sobre la conversación con quien piensa distinto. Mill utiliza una imagen gráfica para ilustrar lo que sucede cuando la opinión pública –o un grupo de estudiantes en boicot, o una ciega línea editorial, o simplemente la gente que me rodea– no da espacio a todas las voces: es como el pie mutilado de una china. Mill hace referencia a la costumbre, ahora prohibida, de vendar los pies desde el nacimiento, apretando y rompiendo los huesos, para que no crecieran normalmente. El ideal de carácter que tiende a formar la opinión pública –piensa Mill– es no poseer ningún carácter. Siguiendo la propuesta de Heineken, el filósofo inglés explica que “la ausencia de discusión hace olvidar no solo los fundamentos, sino también, con frecuencia, el sentido mismo de la opinión”. Y termina diciendo que un hombre que solo conoce su propia opinión, no conoce gran cosa, además de que no podría decir que tiene muchos motivos para preferir una opinión a la otra.

El pasado 16 de abril el Papa emérito Benedicto XVI cumplió noventa años. Por redes sociales circuló una foto de la celebración. Está sentado, vestido de blanco, con la mirada pensativa, levantando concentradamente con las dos manos un vaso no pequeño de cerveza. Y aquello, junto al comercial que nos congrega, no puede menos que traernos a la mente la conversación que tuvo, lamentablemente en un contexto demasiado académico, con el filósofo Jürgen Habermas. El evento se dio el 19 de enero del año 2004 –Ratzinger en ese entonces era cardenal– y está recogida en el libro Dialéctica de la secularización. Allí ambos, desde sus enfrentadas posturas, están en busca de los fundamentos prepolíticos de la democracia. Ninguno subestima al otro ni fue allí a hacer una pantomima. Se trata de un ejercicio que hicieron, con preocupación, dos de los pensadores más importantes del siglo y que se hace cada vez más necesario. Chesterton lo sabía. Y parece que Heineken, con todas las limitaciones de un comercial que busca vender un producto, lo está proponiendo.


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