Harold Bloom: la literatura sin tópicos identitarios

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Fallecido el 14 de octubre, Harold Bloom (1930-2019), crítico literario y profesor de humanidades, ha sido un intelectual controvertido. Más que por sus opiniones acerca de libros concretos, por su teoría acerca de la misma crítica literaria como actividad, una teoría que ha ido matizando con los años pero que se encuentra ya perfilada en su gran obra El canon occidental (1994).

El eje de la controversia fue su idea de que la valoración de una obra literaria ha de guiarse únicamente por criterios estéticos, y no por juicios sociopolíticos, filosóficos o morales, por muy bienintencionadas o incluso “verdaderos” que estos pudieran resultar en sus respectivos ámbitos.

Bloom se opuso a una crítica de corte “sociológico”, que prioriza en su valoración categorías como la ideología, la raza, el sexo o la clase social del escritor

Esta convicción le enemistó, por un lado, con quienes han defendido una crítica de corte “sociológico”, que prioriza en su valoración categorías como la ideología, la raza, el sexo o la clase social del escritor, o el tratamiento de estos factores en la obra. En concreto, Bloom entró en frontal oposición con las corrientes neo-marxistas que consideran la literatura como una rama más de unos “estudios culturales” donde el prisma de análisis es el concepto de lucha de clases. Que esta forma de enfocar la literatura arraigara en tantas facultades norteamericanas fue algo especialmente doloroso para Bloom, profesor en Yale desde 1955. No dejó de denunciarlo desde su cátedra: “Todos los criterios estéticos y casi todos los criterios intelectuales han sido abandonados en nombre de la armonía social y el remedio a la injusticia histórica”.

Por otro lado, al igual que no admitía la “intromisión” de la ideología en el análisis literario, también rechazaba de plano valorar la obra según criterios morales o religiosos. Judío agnóstico, varias veces ha señalado que la Biblia sería el segundo libro que salvaría si solo pudiera quedarse con unos pocos (el primero serían las obras completas de Shakespeare), pero aclarando que lo haría por motivos estrictamente estéticos.

26 autores para la eternidad

Aunque ya había escrito importantes ensayos de crítica literaria anteriormente, fue la publicación de El canon occidental lo que le dio a conocer al gran público. En esta ambiciosa obra, Bloom rastrea toda la historia de la literatura en busca de los auténticos genios. En total se queda con 26, con Shakespeare a la cabeza (ver Aceprensa, 11-09-2002 y 25-09-2002)

Según el autor, lo que los convierte en “canónicos” es, por un lado, su originalidad, el hecho de triunfar sobre lo que Bloom llamaba “la angustia de la influencia”; es decir, la lucha de todo autor por asimilar y al mismo tiempo desembarazarse de los que le precedieron. Cualquier escritor ha de librar esta “pelea”, pero solo los verdaderamente geniales salen reforzados de ella. “Hay que arrastrar la carga de las influencias si se desea alcanzar una originalidad significativa”.

“Nada resulta tan esencial al canon occidental como sus principios de selectividad, que son elitistas solo en la medida en que se fundan en criterios puramente artísticos”

Por otro lado, las obras canónicas provocan una “extrañeza” en el lector de cualquier época. Son libros que “o bien no pueden ser asimilados del todo” y nos hacen sentir “extraños en nuestra propia casa” (pone como ejemplo a la Divina comedia de Dante o el Canto general de Neruda), o bien “nos asimilan del todo” de forma que dejamos de verlos como extraños (por ejemplo, las obras de Shakespeare, que “nos llevan a la intemperie y nos hacen sentir en casa”).

Es lógico que, al reducirse la nómina a 26 autores, muchos puedan echar de menos algunos nombres. Bloom reconoce, como no podría ser de otra manera, que su elección es completamente personal, pero eso no es lo mismo que arbitraria. La guía ha sido siempre la misma: el valor puramente literario –lo que para el crítico es sinónimo de “estético”– de las obras. A quienes le reprochan una suerte de “elitismo cultural”, el crítico responde que “nada resulta tan esencial al canon occidental como sus principios de selectividad, que son elitistas solo en la medida en que se fundan en criterios puramente artísticos”.

Hay que agradecer a Bloom, sobre todo, su encendida defensa de la literatura y de las humanidades

De ahí su alergia al relativismo posmoderno en la crítica literaria. Las obras de Bloom están repletas de afirmaciones tajantes. En ocasiones, su tono provocador puede resultar incluso arrogante. También se le puede achacar que, al intentar abarcar un corpus tan grande, incurre en imprecisiones en terrenos que no son su especialidad, como la literatura infantil. Por otro lado, en su lucha contra lo que considera “corrección política” a veces no distingue lo que efectivamente son prejuicios o injerencias extraliterarias de lo que simplemente son opiniones diferentes a la suya.

Con todo, hay que agradecer a Bloom su vasta cultura, su afán didáctico (convertir en bestsellers libros de crítica literaria no es algo sencillo), su coherencia metodológica y, sobre todo, su encendida defensa de la literatura y de las humanidades.


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