Guerra. ¿Para qué sirve?

El papel de los conflictos en la civilización, desde los primates hasta los robots

Página 1

Autor: Ian Morris

Ático de los Libros.
Barcelona (2017).
638 págs. 29,90 €.
T.o.: War! What is it good for?
Traducción: Claudia Casanova y Joan Eloi Roca.

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No estamos ante una historia de la guerra al uso. Clausewitz aparece poco. Se trata más bien de una explicación de la historia de la humanidad desde el punto de vista de los conflictos bélicos. Ambicioso reto que, junto a interesantes propuestas, adolece de un planteamiento materialista, despojado de elementos culturales y antropológicos. Nuestra seguridad es resultado de conflictos; no hay espacio para logros como la defensa de la libertad, la dignidad de la persona, o el respeto a la vida del otro.

Morris maneja muy bien el verbo perturbador, provocativo. El título original del libro procede de una canción icónica de los tiempos de la guerra de Vietnam. A la pregunta: “war, what is it good for?”, la composición respondía: “Oh, war –it’s an enemy to all mankind”. Para Ian Morris, esta respuesta es demasiado simplista. El autor no engaña: desde la introducción señala cuál es la tesis que busca demostrar. Su premisa es que no todas las guerras son malas. Es más, precisamente las guerras acumuladas en la historia del hombre han hecho que hoy vivamos en un mundo más seguro que en la antigüedad. El problema es que en ocasiones parece alcanzar sus conclusiones de una manera algo forzada. Hay silogismos que no convencen.

Distingue entre las “guerras contraproducentes” –cuyo objetivo y única consecuencia es el expolio del vencido– y las “guerras productivas”, emprendidas por un estado fuerte, el Leviatán, que tras imponerse militarmente sobre los vencidos, consigue pacificar y generar mejoras sustanciales en amplios territorios. El caso más paradigmático –no olvidemos que Morris es especialista en mundo clásico– sería Roma.

Como puntos débiles del libro, junto al planteamiento materialista, habría que señalar el escaso espacio dedicado a la América no anglosajona y a África. En el caso de América comete algunos errores, como señalar que los precolombinos no conocieron la escritura, y por este motivo “los leviatanes del Nuevo Mundo no gobernaron al nivel en que la escritura es indispensable”. En un libro que pretende tratar de historia global, se echa en falta una justificación de tales ausencias, o el reconocimiento honrado por parte del autor de que sus conclusiones necesariamente serán parciales por carecer de datos referentes a esos dos continentes.

Los epígrafes de los diferentes capítulos llevan títulos muy sugerentes. La lectura es ágil, aunque en ocasiones los datos y cifras apabullan un poco. Por otra parte, la estrategia de comparar realidades bélicas que funcionan con los mismos principios pero en diferentes momentos, genera algo de confusión al lector, que no siempre podrá seguir los saltos cronológicos de Morris sin perderse. No obstante, las múltiples anécdotas que salpican el texto lo hacen ameno y entretenido. El uso de términos como la “guerra asimétrica”, de fuerte actualidad, aplicado a los guerreros de las estepas frente a los grandes imperios en el mundo antiguo, es un buen recurso para entender conflictos que son más similares a los actuales de lo que cabría pensar.

Los dos últimos capítulos arriesgan demasiado como para convencer. Los chimpancés de Gombe y su uso de la violencia parece un recurso para justificar el subtítulo del libro y convencernos del carácter interdisciplinar de la obra. El capítulo final se adentra en la realidad más actual, tratando incluso de hacer proyecciones de futuro. Se plantea si el mundo seguirá siendo seguro cuando no tenga ese necesario “policía global” que un día fue Roma, después Gran Bretaña, y ahora son los Estados Unidos. Recordemos que Morris terminó su libro en 2013. Quizá los últimos cambios y la llegada de Donald Trump al gobierno estadounidense le llevarían a completarlo con una breve adenda. O a ser más cauto en sus predicciones.


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