Fabulosos, pero no superiores

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Mantener hoy que el ser humano es una especie superior a las demás puede dar lugar a que seas acusado del cuasi delito de especismo. ¿Quién se ha creído el ser humano que es? Menos arrogancia y reconozca que es fruto del puro azar y que no tiene más derecho sobre la Tierra que cualquier otra especie. José María Bermúdez de Castro, codirector del yacimiento de Atapuerca y autor del recién publicado La evolución del talento, lo deja muy claro en una entrevista en “El Cultural” de El Mundo (14-05-2010): “Ninguna teoría científica moderna contempla al ser humano como especial, superior, mejor o cualquier otro calificativo similar en comparación con los demás seres vivos del planeta. Esa presunta superioridad, de la que se habla en el libro, se ha gestado en la mentalidad de los seres humanos desde que tenemos constancia histórica”.

Rechacemos la “tentación” de considerarnos superiores. Sin embargo, a medida que avanza la entrevista, Bermúdez de Castro atribuye a la especie humana unos calificativos que parecen situarla en otro plano. El arte se generaliza con el Homo sapiens, que “ha sido capaz de una creatividad asombrosa en todas aquellas expresiones artísticas de la cultura”, como algo propio de “una mente de capacidades extraordinarias”. Otro signo de la “asombrosa capacidad de la mente humana” es “haber ideado conceptos del bien y del mal y la espiritualidad”. ¿La sociabilidad? Es común a otras muchas especies de primates, pero en el género Homo “esta sociabilidad ha alcanzado un alto grado”. Gracias a este “cerebro colectivo” ha habido “un fabuloso progreso tecnológico en los últimos siglos”.

Asombroso, extraordinario, fabuloso... ¿estos calificativos que Bermúdez de Castro emplea no dan pie a caer en la tentación de considerar al hombre un ser vivo especial o superior a las otras especies? Pues, si las palabras todavía significan algo, esos adjetivos implican una comparación con los logros de otras especies. No hay nada extraordinario, si no destaca sobre lo considerado ordinario. No hay motivos para el asombro, si no es distinto a lo que hacen los otros. Es verdad que se han vendido cuadros “pintados” por otros primates, pero nadie los consideraría una expresión artística “asombrosa”.

El misterio del ser humano es que desarrolla capacidades asombrosas sin ser superior. Entonces, da la impresión de que negar el carácter especial del ser humano a pesar de que sus logros son manifiestamente superiores es solo un a priori, un prejuicio supuestamente científico para descartar un propósito y un sentido especial en la vida humana, que no se reduzca a transmitir sus genes a la siguiente generación. Pero este afán de negar cualquier misterio en el origen y el destino del ser humano, hace aún más misteriosa su singularidad. Tan asombrosa es la creatividad humana que hasta somos capaces de celebrar nuestros triunfos obligándonos a no creernos más que los insectos.


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