Contrapunto

Fábrica de niños campeones

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Occidente acostumbra a indignarse ante el trabajo infantil en los países subdesarrollados. Esas imágenes de niños que tejen alfombras en Pakistán o ensamblan juguetes en la India nos parecen inhumanas. Llamamos explotadores a quienes los emplean y denunciamos a los gobiernos que lo toleran. Esos niños deberían estar en la escuela, aseguramos. Algunas ONGs que trabajan sobre el terreno suelen advertir que las familias de estos niños necesitan el dinero que ganan, y que incluso esto puede ser un mal menor frente a modos más degradantes de conseguir dinero. Pero, para nuestra mentalidad, estos niños deberían hacer sólo cosas propias de su edad.

Es curioso, sin embargo, cómo nos hemos acostumbrado a la participación de adolescentes en competiciones deportivas de alto nivel. Parece que cada vez hay que empezar más jóvenes para triunfar en la natación, la gimnasia, el tenis... Aplaudimos sus récords, felicitamos a sus padres y entrenadores por haberlos situado a ese nivel. Pero solamente vemos a los adolescentes que llegan al deporte de élite y alcanzan el triunfo. Otros se quedan en el camino y algunos se caen del podio.

Así le sucedió a Elodie Lussac, una niña prodigio, la mejor gimnasta de Francia, que desde los cinco años lo había sacrificado todo al deporte. Con un cuerpo de niña y una disciplina militar, dedicaba cinco horas diarias al entrenamiento, lo que le llevó a ser campeona junior de Europa. Pero a los 14 años, en noviembre de 1994, sufrió una le-sión en una vértebra lumbar a consecuencia del sobreesfuerzo exigido y su sueño olímpico se truncó. Ahora ha redescubierto la escuela y aprende a vivir como una chica de su edad. Su caso ha saltado a la palestra porque su padre se ha querellado contra la Federación de Gimnasia por el tipo de entrenamiento impuesto a su hija. Pero otros dicen que el entrenador más exigente de Elodie era... su propio padre, antiguo gimnasta.

Quizá alarmados por este y otros casos, los parlamentarios del Consejo de Europa acaban de publicar un informe en el que advierten que la práctica del deporte de alto nivel a edades muy precoces entraña riesgos de trastornos somáticos y psíquicos. Indican que la práctica deportiva debe permitir a los adolescentes llevar una vida normal, de acuerdo con las exigencias de su edad y su escolarización. Por eso piden a los Estados miembros y al Comité Olímpico Internacional que impongan unas edades mínimas -entre 16 y 18 años, es su recomendación- para admitir a jóvenes en competiciones de alto nivel.

El Consejo de Europa recuerda que los intereses económicos y sociales que se mueven en torno al deporte de élite son considerables, y deploran que los menores de edad terminen siendo víctimas de estos intereses. Finalmente apelan a la vigilancia de los padres y a la formación de los entrenadores, que, junto a las cuestiones técnicas, deben tener en cuenta sus "responsabilidades morales".

Alguna responsabilidad deben de tener también los que alentaron el trágico sueño de Jessica Dubroff, la niña de siete años que pretendía convertirse en la piloto más joven que cruzaba Estados Unidos. Su avión de un solo motor se estrelló un día después de haber iniciado su viaje de San Francisco a Washington, al comenzar su segunda etapa, a causa de una tormenta, según se cree. También mu-rieron su padre y su instructor, que la acompañaban. Jessica había empezado a recibir clases el pasado noviembre, y ya había cubierto cerca de 40 horas de vuelo y medio centenar de despegues y aterrizajes.

Sus padres no habían querido frustrar los sueños de piloto de la niña, porque eran para ella "el alma de su vida". De paso, también se trataba de batir el récord del Libro Guinness, establecido por un niño que cruzó el continente a los nueve años de edad. Pero el Guinness ya había dejado de reconocer esta marca, para no estimular una competición tan arriesgada. Quizá los niños saldrían ganando si el Guinness reconociera un récord para los padres más sensatos. Pues la "fábrica de niños campeones" puede ser tan inhumana como el empleo de los niños en la fábrica.

Ignacio Aréchaga

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