“Esta foto del niño, ¡rápido para el Facebook!”

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Una madre publica en Facebook una foto de la caquita de su bebé: “¡Es casi como mi dedo índice!”, compara. Otra les hace unas fotos a sus pequeñas gemelas mientras están sentadas, desnudas, en una palangana, ¡y a esperar los “Me gusta”!

Es el sharenting (de share, compartir, y parenting, crianza), un anglicismo que alude a la práctica cada vez más extendida de publicar en blogs y redes sociales anécdotas, fotos, vídeos, etc., relacionados con la crianza de los hijos. Estos, cuanto más pequeños, más probabilidades tienen de que sus historias e imágenes aparezcan en esos sitios, al alcance de un clic de todo el que pase por allí.

Más del 90% de los niños estadounidenses de dos años ya tienen presencia en las redes sociales

Las estadísticas hablan de lo difundido del fenómeno. La organización británica Child Rescue Coalition estima que muchos padres publicarán online unas 1.500 fotos de sus hijos antes de que cumplan 5 años. De igual modo, una investigación de la empresa de seguridad informática AVG constata que más de un tercio de los menores del Reino Unido ya tienen imágenes suyas en las redes sociales, por obra de sus progenitores, y del otro lado del Atlántico, más de lo mismo: más del 90% de los niños estadounidenses de dos años ya tienen presencia en las redes, mientras que los que no llegan a esa edad la tienen algo menos: “apenas” un 80%.

La pregunta de por qué las prisas por difundir la imagen del niño o contar historias relacionadas con su crecimiento y su interacción con el mundo, no tiene en primera instancia una respuesta difícil: casi todo el mundo está en las redes, ergo, parte de la vida se desarrolla en ese escenario. Algunos padres dicen experimentar incluso una suerte de presión para hacerlo, como Natalie Lisbona, una madre británica que no publicaba nada sobre sus hijas. Hasta un día, que colgó una foto.

“Supongo que lo hice para probar que soy una buena madre –dice a The Guardian– . Me preocupaba que, al no mencionar a mis hijas, la gente pensara que no me interesaban ni hacía cosas con ellas. Publiqué una foto y recibió unos 30 ‘Me gusta’. Pero no me hizo sentirme orgullosa, por lo que evitaré postear nada más. Creo que las chicas me respetarán por ello cuando sean mayores y aún preserven su privacidad”.

Orgullo de padres

¿Puede acarrear algún riesgo publicar fotos o datos de los menores? Según los expertos, más que de “algún riesgo”, sería más adecuado hablar de unos cuantos, y los progenitores no siempre son conscientes de las dimensiones del problema.

Una muestra de padres consultados por Aceprensa –todos usuarios de Facebook– nos da respuestas variadas sobre el tema de los posts. Desde República Dominicana, Arelis, periodista, nos cuenta que ha publicado el nombre de su niño “pero sin los apellidos”, y que lo  felicita en las redes el día de su cumpleaños. Además, ha subido fotos de sitios en los que ha estado, si bien días después de pasar por ellos.

Un 50% de las imágenes compartidas en los sitios de pedofilia han sido tomadas de las redes sociales de los padres

¿Por qué lo hace? “Porque fueron muchas personas las que oraron para que Dios me lo enviara. Mis amigos y allegados están pendientes de cada paso de mi hijo, y cuando demoro mucho tiempo sin publicar fotos o videos de él, me lo demandan”. Otra colega, Yaima, desde Uruguay, afirma que los posts sobre su pequeño persiguen “compartir momentos familiares con mis amigos en Facebook con los que no tengo otro tipo de comunicación; para que sepan de nosotros a pesar de la distancia y sean parte de estos momentos”.

Un tercer padre, Charly, refiere desde El Salvador que cuelga contenidos sobre su niño “sobre todo para que los amigos vean cómo está y cuánto ha crecido”, además de por sano orgullo paterno, el mismo resorte que empuja a Emilio (EE.UU.) a postear fotos de su hija de un año. “Cuando pueda verlas, si no le gusta alguna, o algo que haya publicado, no tendría ningún problema para quitarlo”, añade.

Los consultados coinciden en que aún no les han creado un perfil propio a sus hijos. Sí hay variación respecto al grado de conocimiento de las redes por parte de los niños: mientras el de Laura (EE.UU.) sabe que su madre le hace fotos y vídeos y los sube con frecuencia a Facebook –“si fuera por él, subiría cada monería que hace”–, el de Yaima ni se entera de lo que su madre ha publicado de él en la red.

En cuanto a la percepción de riesgo, no todos los consultados le dan una forma concreta. Si Celia (EE.UU.) tiene claro que “hay mucha gente maliciosa que podría usar sus fotos y datos para hacer Photoshop y ponerlos en sitios de Internet para propósitos oscuros”, Charly atisba menos peligros: “Si pensara que hubiera algún riesgo para él, no compartía nada. Yo controlo quién ve mi perfil y regulo la información que posteo”.

“No hay más culpable que yo”

La seguridad del “yo-controlo-quién-accede” se revela a menudo insuficiente. La investigadora Stacey Steinberg, profesora de la Universidad de la Florida y autora del estudio “Sharenting: Children's Privacy in the Age of Social Media”, apunta en The Atlantic que “respecto a los grupos privados, existe la falsa sensación de que todo el mundo se conoce y tiene los mismos intereses en mente”.

La realidad, sin embargo, es que cada miembro del grupo tiene su propia configuración de seguridad, más críptica o más laxa, por lo que de ellos depende el tipo de información al que pueden acceder terceras personas, y así los posts compartidos en círculos “cerrados” pueden llegar a una audiencia insospechada.

A modo de ejemplo, Steinberg cuenta el caso de una bloguera que publicó fotos de sus mellizos. “Luego se enteró de que unos extraños habían accedido a las imágenes, las habían descargado, modificado y compartido en un sitio web comúnmente frecuentado por pedófilos. ‘Yo tomé las fotos y las compartí. No hay más culpable que yo’”, se lamentaba después.

Muchos no caen en la cuenta de que exponen a sus hijos a futuros fraudes al publicar tantos datos que nunca se borrarán del ciberespacio

Pero el tema no va de anécdotas aisladas: la información sobre los pequeños en la web puede ser verdaderamente una mina para pedófilos. Según datos ofrecidos por la Dra. Kristy Goodwin,  experta australiana en parenting, cerca del 50% de las imágenes compartidas en los sitios de pedofilia han sido tomadas de las redes sociales de los padres. “Perdemos el control total de adónde van a parar las fotos de nuestros hijos cuando las compartimos online”, asegura.

Con el fraude en el horizonte

El fenómeno tiene además otras ramificaciones. Steinberg cita casos de robo de identidad digital, como le sucedió a una madre que publicó en Facebook una foto de su bebé, y se la encontró después como imagen de portada de otro usuario que afirmaba era de su propia hija. O el caso de varios jóvenes de EE.UU., donde algunos estados permiten conducir coches desde los 14 años: al ir a sacar la licencia, algunos se encuentran con que ya otras personas han suplantado su identidad y se han hecho con el documento.

Por último, cabría prestar atención a la advertencia del banco británico Barclays, cuyos expertos en seguridad dicen que, gracias a las redes sociales, nunca ha sido tan fácil robar la identidad de las personas. Según explican, los padres no están cayendo en la cuenta de que exponen a sus hijos a futuros fraudes al publicar tanta información personal, tantos datos que nunca se borrarán del ciberespacio, y entre los que muchos incluyen el nombre, la fecha y lugar de nacimiento, la dirección, el nombre de soltera de la madre, el nombre de las mascotas, los deportes predilectos, etc.

Solo en el Reino Unido, “una década más de hiperdifusión de datos online por parte de los padres dará lugar a 7,4 millones de incidentes de fraude de identidad cada año”. En dinero contante y sonante, las pérdidas en libras esterlinas serán el equivalente de 756 millones de euros.

Con estas predicciones –y con tantas evidencias a la mano en el presente–, quizás sea mejor que los padres retomen cierta discreción.  Dentro de no mucho tiempo, los chicos lo agradecerán.

Algunas sugerencias para los padres

La profesora Steinberg ofrece en su investigación un grupo de recomendaciones a los padres. Una de ellas, activar notificaciones que les alerten cuando el nombre de su hijo aparezca en búsquedas de Google, puede ser útil si el niño no tiene un nombre tan común como John Smith o Juan Pérez. Pero habría otras más efectivas:

1. No compartir la ubicación real del menor en el momento en que se sube un post.

2. Darle “poder de veto” sobre sus imágenes y anécdotas que se pretendan publicar  en la web.

3. No compartir en ningún caso fotos del menor desnudo.

4. Antes de postear contenidos, considerar qué efectos pueden tener en el presente y en el futuro para su bienestar.

5. No debatir online sobre sus estados de ánimo o su comportamiento.

 


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