Contrapunto

¡Esas pinturas, a la hoguera!

Página 1

Al leer en El País el titular “La violencia de género en los grandes museos”, respiré profundamente, como si fuera a sumergirme en agua helada. Imaginaba lo que vendría, y en efecto, la autora del artículo no me defraudó…

La firmante, Concha Mayordomo, dice que en las grandes pinacotecas del mundo abundan obras en las que la violencia contra la mujer campa a sus anchas. “Raptos, violaciones, humillaciones y toda clase de vejaciones hacia las mujeres están ampliamente representadas en cuadros, dibujos y esculturas, y obedecen a una ideología visual en la que la situación social de la mujer queda explícitamente agraviada”.

Mayordomo se escandaliza por las pinturas que presuntamente “cosifican” a la mujer, y lo hace precisamente desde las páginas de un diario que publica anuncios de prostitución

Con el bisturí de la palabra, la periodista disecciona varias obras hasta llegarles a la vesícula biliar para “revelarnos” que, tras las pinceladas maestras de Rubens y Juan de Bolonia, y bajo los trazos perfilados por Goya en su grabado No quieren, de Desastres de la Guerra, se agazapa un menosprecio bestial a las figuras femeninas, víctimas de un machismo milenario.

Sobre el Rapto de las hijas de Leucipo, de Rubens, una perla: el cuadro “nos sitúa ante una de las escenas más violentas de todo el período barroco. En ella se desarrolla una brutal agresión. El secuestro de dos bellas jóvenes de la época que, desnudas, son atrapadas entre unos caballos encabritados por unos seres descomunales, con la evidente idea —así su título lo indica— de ser arrancadas de su entorno natural y forzadas hacia una vida desconocida”. Un poco más, y la autora llama al 112…

¿Sorprendidos? Yo no. ¡Si es que por ahí vamos! Aunque quedé algo boquiabierto, sí, por que uno de los diarios que se tienen por más serios en España haga lugar a un ataque tan descontextualizado y de argumentos tan vaporosos contra el arte universal. Las opiniones de los lectores, por cierto, van por ahí: pocos creen que se trate más que de una mala broma. Solo que el 9 de mayo no era el Día de los Inocentes…

La señora Mayordomo nos vuelve a tomar de la mano y nos arrastra por una galería vienesa, hasta el óleo Susana y los viejos, de Tintoretto. Allí, ante la imagen de la mujer desnuda y los lascivos tipos que la espían, nos da toda una lección de ultrafeminismo: “El pintor se esmera en presentar a una mujer en su espacio íntimo, cosificada y expuesta para su contemplación, no solo para los rijosos que aparecen en la escena; también para todo aquel que contemple el cuadro”. En otras palabras, que lo de la lascivia no va solo con los mirones del relato bíblico, ¡sino con nosotros, espectadores viles y cosificadores! Y lo dice, curiosamente, desde el mismo medio que, en las páginas madrileñas de ese día, cuelga anuncios del corte “Carla. Madurita. Latina”; “Mónica. Viciosísima”, “Rubia. Sexy. Chamberí”… Luego el vicioso es Tintoretto. Y nosotros, claro.

“Pictorofobia”

Habrá que tomar aire y decir, primeramente, que pega un patinazo en toda regla quien pretenda aplicar criterios morales del siglo XXI, no ya a obras del XV, el XVI o el XIX, ni a sus autores, sino a mitos o a historias recreadas ya desde la antigüedad. Si a uno de los más famosos héroes homéricos le era razonable tener una esclava con la que yacer tras pasarse el día aporreando troyanos, no hay que correr a denunciarlo en la fiscalía. Como tampoco procede sembrar en el público cierta ojeriza hacia obras clásicas que reflejan costumbres que hoy entendemos bárbaras. Que el arte es lo que es. ¿O será que ha llegado la hora de emplear el neologismo “pictorofobia”?

Si hiciéramos nuestra la tesis de Mayordomo, tendríamos que ampliar la lista de pinturas incorrectas mucho más allá de las que muestran una pretendida “violencia de género”

Si, no obstante, llegáramos a hacer nuestra la tesis de Mayordomo y nos diera por arrancar páginas de los libros de Historia del Arte y por plantarnos en protesta frente al Prado o el Louvre, tendríamos que ampliar la lista de pinturas incorrectas, como la de ese despiadado dios griego que devora niños, o la de una miserable señorita que, como pago por bailar delante de un rey títere, reclama que le presenten en bandeja la cabeza de un profeta. ¡A la hoguera con todo!, no sea que la crueldad de las escenas termine inspirando a los visitantes y aquello acabe como el rosario de la aurora.

También, ya puestos, convendría arrojar al fuego algunos clásicos de la literatura. Como Medea, el drama de Eurípides en que la protagonista, despechada por el abandono de Jasón, da muerte a sus propios hijos sin ahorrarse el cínico lamento: “¡Hijos, cómo os perdió la perversión paterna!”. Aquí, como en la pintura de Salomé con la cabeza del Bautista, la mujer no es objeto, sino instrumento de la violencia, como lo son, en un sentido más elevado, la Marianne que lidera a la plebe en el célebre cuadro de Delacroix, o la joven que se dispone a disparar un cañón en otro grabado goyesco. ¿Podríamos esperar una reflexión de la periodista sobre estos particulares, o mejor nos engañamos pensando que las grandes tragedias, glorias, y peripecias ficticias o reales de la humanidad han sido exclusivamente de autoría masculina, y que la mujer no ha tenido arte ni parte en ellas?

Algunos, como la articulista de El País, tal vez estarían más por el ninguneo. Pero no creo que muchas mujeres estén de acuerdo.


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