En defensa de la lectura lenta

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El contacto con los grandes libros despierta el apetito por la lectura, dice el escritor norteamericano Joseph Epstein en First Things. Pero no disfruta de verdad sino quien lee despacio, saboreando.

Epstein reconoce que en su infancia y adolescencia no tuvo mucho interés por leer nada, fuera de las páginas de deportes de la prensa. Descubrió los libros cuando fue a estudiar a la Universidad de Chicago, que tuvo “la brillante idea de suprimir los manuales”. Así, “en vez de leer, en un grueso libro de texto, ‘En su Política, Aristóteles sostiene…’, o ‘Según Freud en El malestar en la cultura…’, o ‘En Sobre la libertad, John Stuart Mill afirma…’, los alumnos leíamos la Política, El malestar en la cultura, Sobre la libertad y mucho más”.

Gracias a esa experiencia, Epstein empezó a saber distinguir lo que vale la pena leer y lo que no. “Cualquiera que haya leído cien páginas de Heródoto intuye que es probablemente un error –o sea, un desperdicio del finito y por tanto rigurosamente limitado tiempo de su vida terrena– leer una biografía de seiscientas páginas de Bobby Kennedy, a no ser, claro está, que encuentre una escrita por Jenofonte”.

Entonces, ¿cuál es el verdadero sentido de la lectura, o –como dice Epstein– de una “vida libresca”: una vida en que los libros ocupan un lugar preponderante? No dice el “objetivo”, anota, sino el “sentido”. La vida libresca no es para “ser inmensamente culto o listo”, y menos “ilustrado”. Con palabras de Montaigne, lo que hemos de buscar en la lectura es “ser más sabio, no más entendido ni más elocuente”.

Por eso, dice Epstein, “el acto de leer –excepto memorandos de oficina, artículos de prensa sobre comercio o política monetaria, o papelorio burocrático– no debería, en lo posible, ser separable del placer”. Y “¿por qué querría alguien acelerar una actividad que da placer?” Epstein cita una broma de Woody Allen: “Hice un curso de lectura rápida y leí Guerra y paz en veinte minutos. Tiene que ver con Rusia”. Sin embargo, señala Epstein, la tentación de la velocidad acecha sobre la lectura.

A veces se elogia una novela diciendo que uno no puede dejar de seguir pasando páginas. “Yo prefiero –dice Epstein– leer libros que me hagan detenerme y contemplar una idea sorprendente, una expresión elegante, una frase admirablemente construida. Un lector serio lee lapicero en mano, para marcar al margen, subrayar, anotar”.

“Los lectores lentos suelen ser mejores lectores: más cuidadosos, más críticos, más reflexivos. Yo rara vez leo más de veinticinco o treinta páginas de una sentada, cuando tengo entre manos un libro valioso. Al leer una novela de Thomas Mann, un relato de Chéjov, una obra histórica de Theodor Mommsen, un ensayo de Max Beerbohm, ¿por qué habría de correr? Parece más sensato saborearlos”.


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