El Sínodo pide superar una exégesis bíblica reduccionista

El Papa anuncia un sínodo para África y su primer viaje al continente

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Roma. El Sínodo de los obispos, que acaba de concluir aquí, podría marcar el inicio de un cambio de rumbo en el modo de realizar hoy la exégesis, es decir el estudio y la interpretación de los textos sagrados, entre buena parte de los especialistas. El Sínodo propone pasar de una situación en la que predomina una visión meramente académica a otra en la que se den juntas las dimensiones histórica y teológica, como pidió el Concilio Vaticano II.

Uno de los promotores de la necesidad este giro ha sido el propio Benedicto XVI. Se refirió a ello por extenso durante una intervención no programada el pasado 14 de octubre, en la que sugirió que una de las propuestas del Sínodo debería ir por ese lado (cfr. “Benedicto XVI pide en el Sínodo una relación más estrecha entre exégesis y teología”, Aceprensa, 16-10-2008). Los padres sinodales concluyeron sus trabajos presentando al Papa 53 propuestas. Aunque -como es tradicional- esas sugerencias se mantienen reservadas, no cabe duda de que varias se referirán a este problema, que fue uno de los más presentes durante las discusiones. Se espera que, como es habitual, con esa documentación el Papa escriba en los próximos meses una exhortación apostólica.

Sínodo especial para África

Durante la ceremonia de clausura del sínodo, el domingo 26 de octubre, el Papa anunció que viajará por primera vez a África en marzo de 2009. Visitará concretamente Camerún, donde entregará simbólicamente a los obispos del continente el documento de trabajo del próximo sínodo de los obispos sobre África, que se desarrollará en Roma en octubre de ese mismo año. Y visitará también Angola con motivo del 500 aniversario de la evangelización del país, todavía recuperándose de los efectos de la guerra civil que -con momentos de mayor y menor intensidad- duró de hecho desde 1975 hasta 2002.

El Papa dedicó también un significativo “recuerdo especial” a los obispos de China, a quienes el régimen comunista impidió viajar a Roma y no pudieron, por consiguiente, estar representados en el Sínodo. El Papa les agradeció “su amor a Cristo, su comunión con la Iglesia universal y su fidelidad al sucesor del apóstol Pedro”. También se unió al llamamiento que los patriarcas de las Iglesias orientales hicieron al final del Sínodo para que se ponga fin a las tragedias que se están consumando en Irak y algunas regiones de la India, “donde los cristianos son víctimas de intolerancia y crueles violencias, son asesinados, amenazados y obligados abandonar sus casas y vagar en busca de refugio”.

Renovar la exégesis bíblica

Desde el punto de vista informativo, el Sínodo que acaba de concluir ha sido uno de los más serenos. No ha habido el bombardeo de noticias fragmentadas, y con frecuencia contradictorias, que era más o menos habitual en otras reuniones sinodales. Tal vez el tema -“La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”- no se prestaba tanto a la polémica periodística.

Eso no quiere decir, sin embargo, que no hubiera cuestiones candentes sobre el tapete. Una de ellas ha sido precisamente todo lo relacionado con la exégesis bíblica. El ejemplo que presentó el Papa es elocuente: la tendencia general de la exégesis en Alemania, dijo, niega “que el Señor haya instituido la Santa Eucaristía y dice que el cuerpo de Jesús permaneció en la tumba. La Resurrección no sería un hecho histórico, sino una visión teológica”.

Explicando a los fieles, durante el ángelus del 26 de octubre, en qué había consistido el Sínodo, el Papa dijo que un aspecto sobre el que se había reflexionado mucho era la relación entre “la Palabra y las palabras, es decir, entre el Verbo divino y las escrituras que lo expresan”. Señaló que la constitución Dei Verbum, del Vaticano II, enseña que una buena exégesis bíblica exige tanto el método historico-crítico como el teológico, porque “la Sagrada Escritura es Palabra de Dios en palabras humanas. Esto comporta que todo texto debe ser leído e interpretado teniendo presentes la unidad de toda la Escritura, la viva tradición de la Iglesia y la luz de la fe”. La Biblia es una gran obra literaria pero no puede ser despojada del elemento divino. “Debe ser leída con el Espíritu con que fue compuesta”.

El Papa observó durante su intervención en el Sínodo que mientras la actual exégesis académica “trabaja a un altísimo nivel y nos ayuda realmente”, no se puede decir lo mismo de la dimensión teológica, de ese tener en cuenta la dimensión divina. Una consecuencia de tal olvido es que “la Biblia queda como algo del pasado, habla sólo del pasado”. Se acaba usando una interpretación, una “hermenéutica secularizada, positivista, cuya clave fundamental es la convicción de que lo divino no aparece en la historia humana. Según esta hermenéutica, cuando parece que hay un elemento divino, se debe explicar de dónde viene esa impresión y reducir todo al elemento humano. Por consiguiente, se proponen interpretaciones que niegan la historicidad de los elementos divinos”.


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