Resumen del Documento final

El Sínodo invita a los jóvenes a descubrir la belleza de la vocación

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El Sínodo sobre “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional” (3-28 de octubre de 2018) ha concluido ofreciendo un Documento final con los análisis y propuestas planteados en la asamblea. Lo resumimos aquí.


ÍNDICE

Cara y cruz del ámbito digital
Cuerpo y afectividad: belleza de la visión cristiana
Vocación para todos
Acompañar
Orientación espiritual
Discernimiento
Pastoral juvenil en clave vocacional
Presencia femenina
Liturgia y belleza
Hablarles con su lenguaje
Jóvenes evangelizadores de jóvenes
Llamada a la santidad
En la vida corriente



El Documento final procede de manera que los asuntos principales aparecen varias veces en las distintas partes del texto, vistos en cada caso desde una perspectiva. En este resumen, para facilitar una visión sintética, reunimos en un apartado lo que se dice de cada tema.

El texto hace un largo repaso de las circunstancias en que viven los jóvenes, en parte comunes a todos y en parte muy dispares de un país a otro. Tales situaciones afectan al modo en que ellos afrontan la vida y a la labor de la Iglesia con ellos.

Por ejemplo, “en muchos lugares se ha extendido una cultura de lo provisional que favorece una prolongación indefinida de la adolescencia y el aplazamiento de las decisiones; el miedo a lo definitivo engendra así una especie de parálisis decisional” (n. 68).

“Se ha extendido una cultura de lo provisional que favorece una prolongación indefinida de la adolescencia; el miedo a lo definitivo engendra así una especie de parálisis”

Además, “las familias no siempre educan a los hijos para el futuro con una lógica vocacional. A veces, la busca del prestigio social o del éxito personal, la ambición de los padres o la tendencia a determinar las elecciones de los hijos invaden el espacio del discernimiento y condicionan las decisiones” (n. 72).

Cara y cruz del ámbito digital

El Sínodo examinó también la influencia de las redes sociales, donde muchos jóvenes están tan presentes. Ofrecen amplias posibilidades de “diálogo, encuentro e intercambio entre las personas”; de “acceso a la información y al conocimiento”; de “participación sociopolítica y ciudadanía activa” (n. 22).

Pero la red tiene también su “lado oscuro”. Expone al “riesgo de dependencia, de aislamiento y de progresiva pérdida de contacto con la realidad concreta, en detrimento de las relaciones interpersonales auténticas”. Es además “un canal de difusión de pornografía y de explotación de personas con fines sexuales mediante los juegos de azar”. Se presta a la formación de “burbujas” de opinión, donde más fácilmente circulan noticias falsas, prejuicios e incitaciones al odio. Y no pocas veces “la reputación de las personas es puesta en peligro mediante procesos sumarios on line” (nn. 23-24).

Es urgente, por eso, actuar en el ámbito digital, y no solo en los contenidos, o sea, empleando “su potencial comunicativo para difundir el anuncio cristiano”. También hay que “impregnar con el Evangelio sus culturas y sus dinámicas”. Y en esta tarea, “los jóvenes cristianos, digitales de nacimiento como sus coetáneos, tienen una verdadera misión” (n. 145). Además, sugiere el Sínodo que en la Iglesia se constituyan “organismos para la cultura y la evangelización digital” (n. 146).

Cuerpo y afectividad: belleza de la visión cristiana

El Documento destaca las actitudes con respecto a la afectividad y la sexualidad entre las decisivas para la vida y felicidad de los jóvenes. Señala problemas que proceden de una concepción instrumental del cuerpo. “El desarrollo de la ciencia y de la tecnología biomédica inciden fuertemente en la percepción del cuerpo, incitando a pensar que se puede modificar a violuntad”. Esto “debilita la conciencia de la vida como don y el sentido de los límites de la criatura” (n. 37).

Es necesario “transmitir la belleza de la visión cristiana de la corporalidad y la sexualidad

En consecuencia, entre los jóvenes “se difunde la fascinación por comportamientos de riesgo como medio de explorarse a uno mismo, buscar emociones fuertes y obtener reconocimiento”. Así, junto a fenómenos antiguos, como la promiscuidad, la sexualidad precoz o el culto exagerado al aspecto físico, se dan otros nuevos, como la “pornografía digital y el exhibicionismo on line”, que suponen “un obstáculo para una serena maduración” (ibid..).

En este contexto, la moral sexual cristiana provoca rechazo a no pocos jóvenes, para quienes es “un espacio de juicio y reprobación” y “una causa de incomprensión y de alejamiento de la Iglesia” (n. 39).

Esto exige plantearse cómo presentar la doctrina a los jóvenes, a fin de “transmitir la belleza de la visión cristiana de la corporalidad y la sexualidad, tal como brota de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del Magisterio de los últimos Papas”. Hace falta proponerles “una antropología de la afectividad y de la sexualidad capaz también de dar el justo valor a la castidad, mostrando con sabiduría pedagógica su significado más auténtico para el crecimiento de la persona, en todos los estados de vida” (n. 149).

Hay, al respecto, una tarea pendiente: algunas “cuestiones relativas al cuerpo, a la afectividad y a la sexualidad (…) necesitan una elaboración antropológica, teológica y pastoral más profunda”. Entre ellas están “las relativas a la diferencia y la armonía entre identidad masculina y femenina, y a las inclinaciones sexuales”. En este punto, el Sínodo, remitiendo a la Carta sobre la atención pastoral de las personas homosexuales (Congregación para la Doctrina de la Fe, 1986), “reafirma la decisiva relevancia antropológica de la diferencia y reciprocidad entre el hombre y la mujer, y considera reductivo definir la identidad de las personas solo por su orientación sexual” (n. 150).

Vocación para todos

El acompañamiento espiritual personal es un carisma que “no está necesariamente ligado al ministerio ordenado” y puede ser ejercido por “laicos, adultos o jóvenes, bien formados”

Teniendo presente el contexto actual, el Documento aborda el núcleo del tema propuesto al Sínodo: el discernimiento vocacional. Primero sienta las bases. “No se puede entender plenamente el significado de la vocación bautismal si no se considera que es, para todos, sin excluir a nadie, una llamada a la santidad. Tal llamada implica necesariamente la invitación a participar de la misión de la Iglesia, cuya finalidad fundamental es la comunión con Dios y entre todas las personas. Las vocaciones eclesiales son en realidad expresiones múltiples y articuladas a través de las cuales realiza la Iglesia su llamada a ser signo real del Evangelio” (n. 84).

Así, la vocación universal se concreta en cada caso como vocación matrimonial, sacerdotal, religiosa, al celibato laical, etc. (cfr. nn. 86-90).

Acompañar

Para que cada uno descubra su vocación, se disponga a seguirla y madure en ella, la Iglesia ejerce el servicio del acompañamiento (cfr. n. 91). “Acompañar” es la palabra apropiada, ya que la llamada ha de ser oída por la persona y acogida libremente.

¿Quién puede acompañar? “Además de los miembros de la familia, son llamados a desempeñar un papel de acompañamiento todas las personas significativas en los diversos ámbitos de la vida de los jóvenes, como maestros, animadores, orientadores y otras figuras de referencia, también profesionales. Sacerdotes, religiosos y religiosas, aunque no tienen el monopolio del acompañamiento, tienen un cometido específico que deriva de su vocación” (n. 93).

El acompañamiento es personal y comunitario. El personal es particularmente urgente en los casos de “seminaristas y sacerdotes jóvenes, religiosos en periodo de formación, así como para las parejas que se preparan al matrimonio y las recién casadas” (n. 95).

El discernimiento de la vocación requiere “tiempos adecuados de recogimiento, ya de modo regular en la vida cotidiana, ya en momentos privilegiados, como retiros, ejercicios espirituales, peregrinaciones, etc.”

También es necesario el acompañamiento dentro de las comunidades o grupos a que pertenecen los jóvenes. No solo por la ayuda que prestan los líderes, sino también porque “las relaciones de amistad que se desarrollan en [los grupos] constituyen terreno propicio para un acompañamiento entre pares” (n. 96).

Orientación espiritual

Un aspecto del acompañamiento personal es la guía para la relación de cada uno con Dios, la cual afecta a la intimidad y a la conciencia. Tal orientación ayuda a “reconocer, interpretar y escoger en la perspectiva de la fe, en la escucha de cuanto el Espíritu sugiere en la misma vida de todos los días” (n. 97).

El Sínodo precisa que, si bien “el sacramento de la Reconciliación cumple un papel indispensable para progresar en la vida de fe”, el “ministerio de la Reconciliación y el acompañamiento espiritual deben ser convenientemente distinguidos, porque tienen finalidades y formas diferentes” (n. 98). Por eso, este acompañamiento espiritual es un carisma que “no está necesariamente ligado al ministerio ordenado”. Es más, “nunca como ahora ha habido tanta necesidad de guías espirituales, padres y madres con una profunda experiencia de fe”, que hemos de descubrir también en “la vida consagrada, en especial la femenina”, así como entre “laicos, adultos o jóvenes, bien formados” (n. 97).

“Entre los jóvenes surge la petición de un mayor reconocimiento y valoración de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia

¿Qué condiciones hay que reunir para desempeñar este servicio? “El buen acompañante es una persona equilibrada, de escucha, de fe y de oración, que conoce sus propias debilidades”. “Sabe ser acogedor con los jóvenes que acompaña, sin moralismos y sin falsas indulgencias”, y ejerce la “corrección fraterna” cuando es necesario. Cumple su misión con mentalidad de servicio, “sin ocupar el centro del escenario ni adoptar actitudes posesivas y manipuladoras que crean en la persona dependencia en vez de libertad” (n. 102). Y tiene que “cultivar su propia vida espiritual, alimentando la relación que lo une con Aquel que le ha confiado la misión” (n. 103).

Discernimiento

El acompañamiento es una ayuda para el discernimiento, por el que la persona trata de “reconocer y acoger la voluntad de Dios en su situación concreta”. Las diversas tradiciones espirituales de la Iglesia abordan el discernimiento aportando variados matices, pero todas coinciden en algunos elementos comunes: “La presencia de Dios en la vida y en la historia de cada persona; la posibilidad de reconocer su acción; el papel de la oración, de la vida sacramental y de la ascesis; la confrontación continua con las exigencias de la Palabra de Dios; la libertad con respecto a certezas adquiridas; el cotejo constante con la vida cotidiana; la importancia de un acompañamiento adecuado” (n. 104).

Entre otros aspectos, el Sínodo resalta la formación de la conciencia, necesaria para articular “la orientación general de la existencia con las elecciones concretas”. Por eso recomienda la práctica habitual del “examen de conciencia: un ejercicio en el que no se trata solo de identificar los pecados, sino también de reconocer la obra de Dios en la experiencia cotidiana, en las vicisitudes de la historia y de la cultura en que uno está inserto, en el testimonio de tantos otros hombres y mujeres que nos han precedido o nos acompañan con su sabiduría” (n. 108).

La oración es otro de los elementos citados antes como partes integrantes del discernimiento. De hecho, “en cuanto encuentro con el Señor que se hace presente en la intimidad del corazón, el discernimiento se puede entender como auténtica forma de oración”. De ahí la necesidad de “tiempos adecuados de recogimiento, ya de modo regular en la vida cotidiana, ya en momentos privilegiados, como retiros, ejercicios espirituales, peregrinaciones, etc.” (n. 110).

“Hay jóvenes muy activos en la evangelización de sus coetáneos, gracias a un claro testimonio de vida, a un lenguaje accesible y a la capacidad de establecer vínculos auténticos de amistad”

El recurso a ocasiones como esas es una recomendación concreta del Documento final. “El Sínodo propone con convicción a todas las Iglesias particulares, a las congregaciones religiosas, a los movimientos, a las asociaciones y a otros sujetos eclesiales que ofrezcan a los jóvenes una experiencia de acompañamiento con vistas al discernimiento”. Sería “un tiempo destinado a la maduración de la vida cristiana adulta”, transcurrido fuera del entorno habitual, en un ambiente de convivencia fraterna, con una “propuesta apostólica fuerte” y una “oferta de espiritualidad enraizada en la oración y en la vida sacramental” (n. 161).

Pastoral juvenil en clave vocacional

Lo anterior supone iniciar y sostener a los jóvenes en la vida cristiana de manera que puedan llegar a la etapa del discernimiento. Es todo un mismo camino de maduración, y por eso el Sínodo no entiende la pastoral vocacional como una acción aparte. Subraya, en cambio, “la necesidad de cualificar vocacionalmente la pastoral juvenil, considerando a todos los jóvenes como destinatarios de la pastoral vocacional”; de “desarrollar procesos pastorales completos, que lleven de la infancia a la vida adulta” (n. 16).

En efecto, “la vocación es el fulcro en torno al que se integran todas las dimensiones de la persona”. Por tanto, “no se trata de reforzar la pastoral vocacional como sector separado e independiente, sino de animar toda la pastoral de la Iglesia presentando con eficacia la multiplicidad de las vocaciones” (n. 139). Para eso, “el Sínodo propone que en cada Conferencia Episcopal se prepare un ‘Directorio de pastoral juvenil’ en clave vocacional” (n. 140).

Presencia femenina

Parte de la antropología cristiana es “la diferencia entre hombres y mujeres, con sus dones peculiares, sus sensibilidades propias y sus experiencias del mundo” (n. 13). Esta diversidad es una riqueza, como se ve claro en la familia: “Madres y padres tienen papeles distintos pero igualmente importantes como puntos de referencia en la formación de los hijos y en la transmisión de la fe” (n. 33).

Pero también en los demás ámbitos es necesaria la aportación femenina, y de ello la juventud es más consciente. “Entre los jóvenes surge la petición de un mayor reconocimiento y valoración de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia. Numerosas mujeres desempeñan un papel insustituible en las comunidades cristianas, pero en muchos lugares no se les da espacio en los procesos de decisión, aun cuando no exijan responsabilidades ministeriales específicas” (n. 55). El Sínodo pide, por eso, aumentar “la presencia femenina en los órganos eclesiales a todos los niveles, también en funciones de responsabilidad (…) respetando el papel del ministerio ordenado” (n. 148).

“Los jóvenes han pedido con gran clamor una Iglesia auténtica, luminosa, transparente, gozosa: ¡solo una Iglesia de santos puede estar a la altura de tal demanda!”

También para la formación de seminaristas se debe formar “equipos educativos diferenciados, que incluyan mujeres” (n. 163).

Liturgia y belleza

Los jóvenes son sensibles al lenguaje de los símbolos y a la liturgia. Muchos “piden propuestas de oración y momentos sacramentales capaces de insertarse en su vida cotidiana” (n. 51). Saben “apreciar y vivir con intensidad celebraciones auténticas donde la belleza de los signos, el esmero en la predicación y la implicación de la comunidad hablan realmente de Dios” (n. 134).

Por tanto, es necesario “favorecer su participación activa, pero manteniendo vivo el asombro ante el Misterio; salir al encuentro de su sensibilidad musical y artística, pero ayudándoles a comprender que la liturgia no es pura expresión de sí misma, sino acción de Cristo y de la Iglesia”. Así, es igualmente importante llevarlos a “descubrir el valor de la adoración eucarística como prolongación de la celebración” (ibid.).

Hablarles con su lenguaje

Lo anterior se combina con un rasgo de la juventud y de la cultura contemporáneas, que tienden a “privilegiar la imagen sobre la escucha y la lectura” (n. 21). Esto afecta al “desarrollo del sentido crítico” (ibid.) y plantea interrogantes sobre “la transmisión de una fe que se basa en la escucha de la Palabra de Dios y la lectura de la Sagrada Escritura” (n. 145). Así pues, “es urgente que en la catequesis para jóvenes se renueve el empeño por el lenguaje y la metodología, sin perder nunca de vista lo esencial, el encuentro con Cristo, que es el corazón de la catequesis” (n. 133). La buena experiencia habida con dos libros, YouCat y DoCat, apreciados por los jóvenes, puede repetirse con otras iniciativas (cfr. ibid.).

En este contexto se muestra también el valor de la piedad popular y de las peregrinaciones. Aquella “cumple un papel importante de acceso de los jóvenes a la vida de fe de un modo práctico, sensible e inmediato”. Peregrinar es para los jóvenes “una experiencia de camino que se hace metáfora de la vida y de la Iglesia” (n. 136).

Jóvenes evangelizadores de jóvenes

En la estela de una enseñanza del Concilio Vaticano II –los jóvenes “deben convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles, de los jóvenes” (Apostolicam actuositatem, 12)–, repetidamente recordada luego por Juan Pablo II, el Sínodo dice:“Los jóvenes católicos no son meros destinatarios de la acción pastoral, sino miembros vivos del único cuerpo eclesial, bautizados en los que vive y actúa el Espíritu del Señor” (n. 54).

En efecto, “hay grupos de jóvenes, a menudo promovidos por asociaciones y movimientos eclesiales, que están muy activos en la evangelización de sus coetáneos, gracias a un claro testimonio de vida, a un lenguaje accesible y a la capacidad de establecer vínculos auténticos de amistad”. Ellos llevan el Evangelio “a personas a las que difícilmente podría llegar la pastoral juvenil ordinaria”, por lo que su empeño debe ser apreciado y apoyado (n. 56).

Por todo ello, “el Sínodo pide que sea efectiva y ordinaria la participación activa de los jóvenes en lugares de corresponsabilidad de las Iglesias particulares”. Otra propuesta en la misma dirección es que “se refuerce la actividad de la Oficina Jóvenes del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, incluso con la constitución de un organismo de representación a escala internacional” (n. 123).

Llamada a la santidad

En las conclusiones, el Documento final reitera que “todas las distintas vocaciones se resumen en la única y universal llamada a la santidad” (n. 165). Esta es la base de toda renovación: “Debemos ser santos para poder invitar a los jóvenes a ser santos. Los jóvenes han pedido con gran clamor una Iglesia auténtica, luminosa, transparente, gozosa: ¡solo una Iglesia de santos puede estar a la altura de tal demanda!” (n. 166).

 

En la vida corriente

Ya han aparecido en este resumen, a propósito del acompañamiento y el discernimiento, referencias a la vida cotidiana. Hay más en el Documento final, y es notoria la insistencia en que la vocación, la santidad deben impregnar la existencia ordinaria, si han de ser reales.

Por ejemplo, el Sínodo deja constancia de la utilidad comprobada de la Jornada Mundial de la Juventud y otros eventos semejantes. Pero añade: “Los mejores frutos de estas experiencias se recogen en la vida cotidiana”. Por eso, no se pueden quedar en impulsos episódicos: hay que “proyectar y realizar estas convocatorias como etapas significativas de un proceso virtuoso más amplio” (n. 142).

La misma lógica sigue el Documento cuando señala un peligro. Las familias, dice, tienen sin duda necesidad de la parroquia para completar la catequesis de los hijos y darles una visión más orgánica de la fe. Pero si los padres delegan simplemente en la parroquia la formación cristiana de sus hijos, la consecuencia es que “los muchachos pueden entender la fe no como una realidad que ilumina la vida cotidiana, sin como un conjunto de ideas y reglas que pertenecen a un ámbito separado de su existencia” (n. 128).

Asimismo, cuando trata de la formación de candidatos al sacerdocio o a la vida consagrada, el Sínodo pide que se dé en ella espacio a laicos, por esta razón: “Es importante mantener en contacto permanente a los jóvenes y a las jóvenes en formación con la vida cotidiana de las familias y comunidades, con particular atención a la presencia de mujeres y de parejas cristianas, de modo que la formación esté radicada en la concreción de la vida y caracterizada por un estilo relacional capaz de interactuar con el contexto social y cultural” (n. 164).

Dimensión social de la fe

Otro aspecto de la misma preocupación es que la fe, encarnada en la vida, se traduzca en la acción en favor de la sociedad. El Sínodo lamenta, frente a los problemas económicos y sociales, “la indiferencia que marca la vida de muchos cristianos”, y llama a “superarla profundizando en la dimensión social de la fe” (n. 12).

Esta indiferencia se observa desde luego entre los jóvenes, que en muchos países son la parte del electorado que menos vota. El Documento subraya “la importancia de ofrecer a los jóvenes una formación sobre el compromiso sociopolítico y sobre los recursos que al respecto contiene la doctrina social de la Iglesia” (n. 154). Así, las instituciones educativas católicas “están llamadas a proponer un modelo de formación que sea capaz de hacer dialogar la fe con las preguntas del mundo contemporáneo, con las distintas perspectivas antropológicas, con las cuestiones que plantean la ciencia y la técnica, con los cambios de los estilos de vida y con el compromiso por la justicia” (n. 158).

En este contexto, el Sínodo ve con satisfacción que “para muchos jóvenes, la orientación profesional es vivida en un horizonte vocacional” (n. 86).


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