El pueblo soy yo

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Autor: Enrique Krauze

Debate.
Barcelona (2018).
296 págs.
18,90 € (papel) / 8,99 € (digital).

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Pesa la aflicción en la prosa de los liberales latinoamericanos, que se preguntan con desconcierto por qué la maldición caudillista gravita sobre la historia política del subcontinente. A diferencia de quienes subrayan el enroque de las dictaduras –de derecha e izquierda– y la contumacia del populismo en la región, Enrique Krauze, siguiendo la estela de su maestro, Octavio Paz, quiere refutar el supuesto antagonismo entre la tradición política latinoamericana y las exigencias democráticas, descubriendo un sano legado liberal que, por suerte, los arrebatos carismáticos en América Latina no han logrado todavía sofocar.

Es a esa herencia a la que se aferra el propio Krauze como un revulsivo para estudiar los retrocesos que hoy hieren su sensibilidad política, como la represión en Cuba, la destrucción sistemática de Venezuela, la comprometedora trayectoria de AMLO con la libertad o las expectativas redentoras que ha despertado. Constata con preocupación, además, el nexo entre Podemos y el populismo iberoamericano, así como la importación del modelo bolivariano a otras partes del mundo. Obviamente, en el paisaje populista que dibuja, no podía faltar la preocupación por el ascenso de Trump y por el futuro de sus relaciones con México.

Menos vinculada a la actualidad, pero más profunda, es la reflexión que ofrece sobre las diferencias entre la trayectoria individualista de EE.UU. y el patrimonio comunitario e inclusivo que dejó la Conquista en Latinoamérica.

En términos políticos, Krauze es progresista y decididamente anticlerical. Sin embargo, sus postulados ideológicos ceden cuando de lo que se trata es de la defensa de un mínimo de libertad política, lo que muestra su honestidad intelectual. Puede que en algunos casos su interpretación de la historia sea cuestionable, y más de un lector discuta algunas de sus tesis, pero no es difícil estar de acuerdo en que “el populismo es la demagogia en el poder” o que “la demagogia es la tumba de la democracia”. Pese a su preocupación por la deriva de América Latina, tiene esperanza en las instituciones democráticas y en el poder emancipador de la “palabra libre, razonada, transparente y veraz”.


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