El mensaje de Juan Pablo II a España

El Papa invita a los fieles a tener una presencia incisiva en la vida pública, sin arrinconar la fe en lo privado

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El mensaje de Juan Pablo II a España

En su cuarto viaje a España, del 12 al 17 de junio, Juan Pablo II ha convocado a todos los católicos a realizar una nueva evangelización, para que la sociedad vuelva a sus raíces cristianas. El Papa no ha aludido a la descristianización del país sin plantear a la vez la tarea positiva de llevar el Evangelio a todos los ambientes. Ésta, ha señalado, es la misión propia de los laicos, que deben resistir «toda tentación inhibicionista» y «salir a la calle» para dar sabor cristiano a las realidades humanas.

Así, en la Misa celebrada el día 14 en Huelva dijo que «los signos de descristianización que observamos no pueden ser pretexto para una resignación conformista o un desaliento paralizador; al contrario, la Iglesia discierne en ellos la voz de Dios que nos llama a iluminar las conciencias con la luz del Evangelio».

Para humanizar la sociedad

Para despertar la conciencia de la necesidad de la nueva evangelización, el Papa se refirió en varias alocuciones a los males que acarrea la descristianización. En Huelva señaló: «Es cierto que el hombre puede excluir a Dios del ámbito de su vida. Pero esto no ocurre sin gravísimas consecuencias para el hombre mismo y para su dignidad como persona. (...) El alejamiento de Dios lleva consigo la pérdida de aquellos valores morales que son base y fundamento de la convivencia humana. Y su carencia produce un vacío que se pretende llenar con una cultura -o más bien, pseudocultura- centrada en el consumismo desenfrenado, en el afán de poseer y gozar, y que no ofrece más ideales que la lucha por los propios intereses o el goce narcisista».

El Papa no hizo un análisis derrotista, como si la fe cristiana no tuviera ya capacidad de incidir en la sociedad de ahora. Al contrario, el panorama actual manifiesta que «hoy más que nunca se percibe la necesidad de Dios», por lo que «este país necesita volver a sus raíces cristianas», proclamó en la multitudinaria Misa en la plaza de Colón de Madrid, el día 16. Pues «a medida que la visión de la vida se seculariza, la sociedad se deshumaniza aún más, porque se pierde la perspectiva justa de las relaciones entre los hombres; cuando se debilita la dimensión trascendente de la existencia, se empequeñece el sentido de las relaciones personales y de la historia, y se pone en peligro la dignidad y la libertad de la persona humana, que sólo tiene a Dios, su Creador, como fuente y como término».

Ofrecer el mensaje cristiano íntegro

No faltarán dificultades; pero el Papa, en el discurso a los obispos, animó a afrontarlas con optimismo. «No tengáis miedo a los poderes de este mundo, no retrocedáis ante las críticas ni ante las incomprensiones. El mejor servicio que podemos hacer a nuestra sociedad es recordarle constantemente la palabra y las promesas de Dios, ofrecerle sus caminos de salvación, tan necesarios hoy como en cualquier otro momento de la historia». Por eso, hay que ofrecer el mensaje cristiano íntegro: «El ocultamiento de la verdadera doctrina, el silencio sobre aquellos puntos de la revelación cristiana que no son hoy bien aceptados por la sensibilidad cultural dominante, no es camino para una verdadera renovación de la Iglesia ni para preparar mejores tiempos de evangelización y de fe».

Para realizar esta tarea, los cristianos han de reunir unas condiciones que Juan Pablo II ha expuesto en otras ocasiones y que en este viaje reiteró ante los obispos españoles: «La nueva evangelización necesita nuevos testigos, personas que hayan experimentado la transformación real de su vida en contacto con Jesucristo y sean capaces de transmitir esa experiencia a otros».

Estos criterios valen para todos los fieles, pues a todos incumbe la nueva evangelización. Pero en esta visita a España el Papa ha querido dirigirse de modo particular a los laicos. Al convocarles a recristianizar la sociedad, les ha recalcado la necesidad de que vivan todas las dimensiones de su existencia de modo plenamente conforme a su fe. Lo dijo en Huelva: «No debemos seguir manteniendo una situación en la que la fe y la moral cristianas se arrinconan en el ámbito de la más estricta privacidad, quedando así mutiladas de toda influencia en la vida social y pública».

"¡Salid a la calle!"

En la dedicación de la catedral de Nuestra Señora de la Almudena, en Madrid, el día 15, repitió la advertencia y exhortó a los fieles a participar sin complejos en las estructuras sociales: «En una sociedad pluralista como la vuestra, se hace necesaria una mayor y más incisiva presencia católica, individual y asociada, en los diversos campos de la vida pública. Es por ello inaceptable, como contrario al Evangelio, la pretensión de reducir la religión al ámbito de lo estrictamente privado, olvidando paradójicamente la dimensión esencialmente pública y social de la persona humana. ¡Salid, pues, a la calle, vivid vuestra fe con alegría, aportad a los hombres la salvación de Cristo que debe penetrar en la familia, en la escuela, en la cultura y en la vida política!».

Ya había hecho este llamamiento en Huelva: «Animo a todos los fieles laicos de España a superar toda tentación inhibicionista y a asumir con decisión y valentía su propia responsabilidad de hacer presente y operante la luz del Evangelio en el mundo profesional, social, económico, cultural y político». Y añadió que, al actuar así, los fieles aportarán «a la convivencia social unos valores que, precisamente por ser genuinamente cristianos, son verdadera y radicalmente humanos».

Por tanto, la evangelización que compete a los laicos es también, inseparablemente, servicio al bien común humano. En el marco del XLV Congreso Eucarístico Internacional, celebrado en Sevilla, Juan Pablo II subrayó la vinculación necesaria entre Eucaristía y caridad. Insistió en que la participación en este sacramento debe impulsar a los fieles a trabajar más en favor de la justicia. El día 13, en la Misa de clausura del Congreso, dijo: «Del altar eucarístico, corazón palpitante de la Iglesia, nace constantemente el flujo evangelizador de la Palabra y de la caridad. Por ello, el contacto con la Eucaristía ha de llevar a un mayor compromiso por hacer presente la obra redentora de Cristo en todas las realidades humanas. El amor a la Eucaristía ha de impulsar a poner en práctica las exigencias de justicia, de fraternidad, de servicio, de igualdad entre los hombres».

En cambio, la nueva evangelización no es intromisión alguna de la Iglesia en la política, como precisó ante la Conferencia Episcopal: «"La Iglesia... por razón de su misión y de su competencia, no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno" (Gaudium et spes, 76). Sin embargo, esto no significa que ella no tenga nada que decir a la comunidad política, para iluminarla desde los valores y criterios del Evangelio».

Formar a los fieles

Para que los laicos lleven el Evangelio a su propio ámbito, que es el civil, es necesario que sus pastores los formen bien en la doctrina católica, señaló Juan Pablo II a los obispos españoles. «La enseñanza de la teología es un verdadero ministerio eclesial, que entraña una bien determinada responsabilidad para con el depósito de la fe. Especial atención, en las circunstancias de nuestro tiempo, merece el campo de la moral, y en particular la moral familiar y social. Es necesario que los sacerdotes, los agentes de pastoral y los fieles sean formados cuidadosamente en los principios, criterios y pautas morales que se derivan de la fe católica y de una comunidad eclesial plena». Con este fin, recomendó usar el Catecismo de la Iglesia católica, al que llamó «precioso instrumento de evangelización».

Finalmente, Juan Pablo II quiso destacar que aquella característica de los nuevos evangelizadores, que resume todas las demás, es la búsqueda de la santidad. «Hay que resaltar que la nueva evangelización a la que estamos llamados ha de tener como primer objetivo el hacer vida entre los fieles el ideal de santidad. Una santidad que se manifieste en el testimonio de la propia fe, en la caridad sin límites, en el amor vivido y ejercido en las actividades de cada día» (homilía en la plaza de Colón, Madrid, 16-VI).

Familia, juventud y enseñanza

Al hacer un diagnóstico de la situación actual, Juan Pablo II señaló que «la grave crisis de valores morales, presente de modo preocupante en diversos campos de la vida individual y social», «afecta de modo particular a la familia, a la juventud», y «tiene también repercusiones -de todos bien conocidas- en la gestión de la cosa pública. Es innegable la existencia de un creciente proceso de secularización, que halla puntual eco en algunos medios de comunicación social, favoreciendo así la difusión de una indiferencia religiosa que se instala en la conciencia personal y colectiva, con lo cual Dios deja de ser para muchos el origen y la meta, el sentido y la explicación última de la vida» (a la Conferencia Episcopal, Madrid, 15-VI).

Que la familia es víctima principal de esta crisis, lo había explicado el Papa ya en Huelva: «El alejamiento de Dios, el eclipse de los valores morales ha favorecido también el deterioro de la vida familiar, hoy profundamente desgarrada por el aumento de las separaciones y divorcios, por la sistemática exclusión de la natalidad -incluso a través del abominable crimen del aborto-, por el creciente abandono de los ancianos, tantas veces privados del calor familiar y de la necesaria comunión intergeneracional».

El Papa no dejó de indicar cuáles son los remedios cristianos a estos males. «Es necesario presentar con autenticidad el ideal de la familia cristiana, basado en la unidad y fidelidad del matrimonio, abierto a la fecundidad, guiado por el amor. Y ¿cómo no expresar vivo apoyo a los reiterados pronunciamientos del Episcopado español en favor de la vida y sobre la ilicitud del aborto? Exhorto a todos a no desistir en la defensa de la dignidad de toda vida humana, en la indisolubilidad del matrimonio, en la fidelidad del amor conyugal, en la educación de los niños y de los jóvenes siguiendo los principios cristianos, frente a ideologías ciegas que niegan la trascendencia y a las que la historia reciente ha descalificado al mostrar su verdadero rostro» (homilía en la plaza de Colón, Madrid, 16-VI).

Particular importancia tiene el empeño de las familias por asegurar la libertad de enseñanza: «Es preciso que los padres y madres cristianos sigan afirmando y sosteniendo el derecho a una escuela católica, auténticamente libre, en la que se imparta una verdadera educación religiosa y en la que los derechos de la familia sean convenientemente atendidos y tutelados. Todo ello redundará en beneficio del bien común, ya que la instrucción religiosa contribuye a preparar ciudadanos dispuestos a construir una sociedad que sea cada vez más justa, fraterna y solidaria» (ibid.).

El sacerdote no es un asistente social

El día 16 Juan Pablo II se reunió en Madrid con sacerdotes y seminaristas. Dirigiéndose a éstos, explicó la finalidad esencial de la preparación que reciben y a la vez señaló en qué consiste la identidad del sacerdote. «El secreto de vuestra formación -humana, espiritual, intelectual y pastoral- reside en la configuración con Cristo. En efecto, el sacerdote es otro Cristo. Y sólo en la identificación con Él hallará su identidad, su gozo y su fecundidad apostólica».

De la identidad del sacerdote se deduce su misión, que no debe confundirse con un cometido meramente humano. «El sacerdote, llamado a actualizar mediante los sacramentos la redención de Cristo, debe vivir siempre con la misma preocupación del Señor: salvar al hombre. El ministerio sacerdotal quedaría vacío de contenido si, en el trato pastoral con los hombres, se olvidara su dimensión soteriológica cristiana. Esto se da, por desgracia, en las formas reduccionistas de ejercer el ministerio, como si se tratara de una función de simpleayuda humana, social o psicológica. El sacerdote, como Jesús mismo, es enviado a los hombres para hacerles descubrir su vocación de hijos de Dios, para despertar en ellos -como hizo Jesús con la samaritana- el ansia de la vida sobrenatural».

Para sostener esta vida en los fieles es preciso que el sacerdote cuide particularmente la administración del sacramento de la Penitencia, al que se refirió el Papa el día 12 en Sevilla, durante la ordenación sacerdotal de 37 diáconos: «Impulsad una acción pastoral que arrastre a los fieles hacia la conversión personal, para lo cual habréis de dedicar al ministerio del perdón todo el tiempo que sea necesario».

El don del celibato

La identidad sacerdotal -ser «otro Cristo»- explica el sentido del celibato. «Para vivir plenamente la unión con Cristo al servicio de los hombres -dijo el Papa en el encuentro con seminaristas en Madrid- el Señor os enriquece con el don del celibato, libremente asumido, por el Reino de los cielos, con el cual se sella la llamada al sacerdocio. El celibato os configura con Cristo virgen, esposo de la Iglesia, a la que se entrega plenamente para santificarla y hacerla fecunda en la caridad. El celibato os permite presentaros ante el pueblo cristiano como hombres libres, con la libertad de Cristo, para entregaros sin reservas a la caridad universal, a la paternidad fecunda del espíritu, al servicio incondicional de los hombres».

Juan Pablo II alentó a los seminaristas a cuidar su formación -«humana, espiritual, intelectual y pastoral»-, recurriendo a la oración, a la dirección espiritual, al estudio. A los obispos, por su parte, dijo el día anterior que debían seleccionar cuidadosamente a los formadores de los candidatos al sacerdocio. Justificó su exhortación basándose en la necesidad de asegurar la pureza de la fe: «El verdadero progreso de la Iglesia requiere como algo esencial el mantenimiento de su tradición entera, defendida por el magisterio vivo del Papa y de los Obispos en comunión con Él. Si esta integridad doctrinal padece quebranto, pronto aparecen las desconfianzas y divisiones dentro de la Iglesia, disminuye su credibilidad, se debilita y empobrece el servicio de la salvación. Una Iglesia que dejara de ser fiel a su Señor no podría seguir siendo luz ni esperanza para nuestro mundo.

»Por todo ello, es preciso cuidar esmeradamente la elección de las personas más directamente responsables en la transmisión de la fe, en primer lugar, los profesores en los seminarios y en los centros académicos donde se forman candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa».

Juan Pablo II se despidió de España el día 17 en el aeropuerto de Madrid con una breve alocución en la que resumió su mensaje al país y expresó su esperanza de que los españoles renueven su fe cristiana. «¡Reavivad vuestras raíces cristianas! ¡Sed fieles a la fe católica que ha iluminado el camino de vuestra historia! No dejéis de testimoniar vuestra condición de creyentes, actuando con coherencia en el ejercicio de vuestras responsabilidades familiares, profesionales y sociales».


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