El Papa aboga por la paz y por los cristianos en Tierra Santa

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En su visita a Tierra Santa, el Papa se ha pronunciado repetidamente como abogado de la paz y portavoz de los que sufren la falta de ella en Oriente Medio. Lo ha hecho con palabras y también gestos, como el inesperado acercarse hasta el muro levantado entre Israel y Palestina, y sobre todo, la invitación a los presidentes palestino e israelí a orar con él por la paz en Roma.

Pero es justo comenzar subrayando los actos ecuménicos con el Patriarca de Constantinopla, que eran el motivo del viaje. Francisco y Bartolomé firmaron una declaración conjunta en recuerdo y confirmación del comunicado común que cincuenta años antes publicaron sus predecesores Pablo VI y Atenágoras en el mismo Jerusalén. En ella subrayan la trascendencia de aquel primer encuentro y los progresos en el entendimiento mutuo alcanzados desde entonces. En particular se refieren al diálogo teológico emprendido por iniciativa de Juan Pablo II y Dimitrios.

Diálogo sobre el papado
Luego, en la celebración ecuménica realizada en la basílica del Santo Sepulcro, Francisco renovó la propuesta de Juan Pablo II en su encíclica sobre el ecumenismo, Ut unum sint: “Mantener –dijo Francisco– un diálogo con todos los hermanos en Cristo para encontrar una forma de ejercicio del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva y pueda ser, en el contexto actual, un servicio de amor y de comunión reconocido por todos”.

La declaración conjunta reconoce que aún no está cerca la unión plena, “la comunión dentro de la legítima diversidad”. Pero esto no impide la unidad en distintos ámbitos, “especialmente en la defensa de la dignidad de la persona humana, en cada estadio de su vida, y de la santidad de la familia basada en el matrimonio, en la promoción de la paz y el bien común y en la respuesta ante el sufrimiento que sigue afligiendo a nuestro mundo”.

En la declaración conjunta, el Papa y el Patriarca de Constantinopla subrayan el derecho de los cristianos en Oriente Medio a una plena ciudadanía en sus patrias

El Papa y el Patriarca también expresan, entre otras cosas, su “común preocupación profunda por la situación de los cristianos en Medio Oriente y por su derecho a seguir siendo ciudadanos de pleno derecho en sus patrias”. Cuando allí o en otras partes del mundo, los cristianos de distintas confesiones son objeto de marginación o violencia, se realiza –dijo Francisco en el Santo Sepulcro– el “ecumenismo del sufrimiento”, el “ecumenismo de sangre”.

Un espaldarazo a Jordania
En otros momentos, Francisco se refirió a la necesidad de concordia entre los distintos pueblos y comunidades religiosas del Oriente Próximo. Sus deseos se cumplen en buena medida en Jordania. Ante Abdalá II y demás autoridades del país, agradeció al rey sus iniciativas “para promover un más adecuado entendimiento de las virtudes proclamadas por el islam y la serena convivencia entre los fieles de las diversas religiones”.

Después, en el encuentro con refugiados y jóvenes discapacitados, hizo un nuevo elogio y una petición en favor del país: “Me dirijo a la comunidad internacional para que no deje sola a Jordania, tan acogedora y valerosa, ante la emergencia humanitaria que se ha creado con la llegada de un número tan elevado de refugiados, sino que continúe e incremente su apoyo y ayuda”. Jordania, en efecto, acoge a más de medio millón de refugiados de Siria, a la que el Papa se refirió en esta y otras ocasiones en sus viajes, con llamadas apremiantes a poner fin a la guerra civil.

En términos similares se expresó en relación con el conflicto árabe-israelí, que “ha causado heridas difíciles de cerrar (…) inseguridad, negación de derechos, aislamiento y éxodo de comunidades enteras, divisiones, carencias y sufrimientos de todo tipo”, dijo ante las autoridades palestinas. Al respecto, Francisco repitió los principios mantenidos por la Santa Sede, que sus predecesores también afirmaron en sus visitas a la región: la paz depende del “ reconocimiento, por parte de todos, del derecho de dos Estados a existir y a disfrutar de paz y seguridad dentro de unos confines reconocidos internacionalmente”.

“La paz no se puede comprar, no se vende. La paz es un don que hemos de buscar con paciencia y construir “artesanalmente” mediante pequeños y grandes gestos en nuestra vida cotidiana”

Actitudes para la paz
Pero señaló que la paz no es fruto solo de la necesaria negociación; requiere además el cultivo, por parte de todos, de actitudes que conducen efectivamente a la concordia. En la misa que celebró en Amán dijo: “La paz no se puede comprar, no se vende. La paz es un don que hemos de buscar con paciencia y construir “artesanalmente” mediante pequeños y grandes gestos en nuestra vida cotidiana. El camino de la paz se consolida si reconocemos que todos tenemos la misma sangre y formamos parte del género humano; si no olvidamos que tenemos un único Padre en el cielo y que somos todos sus hijos, hechos a su imagen y semejanza”.

Y al día siguiente, en la misa de Belén, propuso un “papel tornasol” para comprobar si en efecto hay actitudes pacíficas. Recordó que en el pasaje evangélico del nacimiento de Jesús, los ángeles dan a los pastores una señal: “Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 12). Y comentó: “También hoy los niños son un signo. Signo de esperanza, signo de vida, pero también signo ‘diagnóstico’ para entender el estado de salud de una familia, de una sociedad, de todo el mundo. Cuando los niños son recibidos, amados, custodiados, tutelados, la familia está sana, la sociedad mejora, el mundo es más humano. (…) De este diagnóstico franco y honesto, puede brotar un estilo de vida nuevo, en el que las relaciones no sean ya de conflicto, abuso, consumismo, sino relaciones de fraternidad, de perdón y reconciliación, de participación y de amor”.

Con musulmanes y judíos
En la visita al Gran Muftí de Jerusalén, hizo un llamamiento a la comprensión recíproca entre judíos, cristianos y musulmanes. “Que nadie instrumentalice el nombre de Dios para la violencia. Trabajemos juntos por la justicia y por la paz”.

En la entrevista con los dos grandes rabinos de Israel tuvo una particular confianza, por la compañía de dos personalidades judías de Argentina a las que le une una larga amistad. La colaboración que mantuvo con ellos es una de las muestras de acercamiento entre judíos y católicos habidas en los últimos decenios, dijo. El Papa destacó entre ellas el diálogo entre el Gran Rabinato de Israel y la Comisión de la Santa Sede para las relaciones religiosas con los judíos, iniciado en 2002 a raíz de la peregrinación de Juan Pablo II dos años antes.

“A todos los cristianos de Jerusalén: quisiera asegurarles que los recuerdo con afecto y que rezo por ellos, conociendo bien la dificultad de su vida en la ciudad”

Con tales iniciativas, señaló Francisco, “no se trata solamente de establecer, en un plano humano, relaciones de respeto recíproco: estamos llamados, como cristianos y como judíos, a profundizar en el significado espiritual del vínculo que nos une”. Y tocó un punto en que el entendimiento mutuo sufre de cierta asimetría: “Por parte católica, ciertamente tenemos la intención de valorar plenamente el sentido de las raíces judías de nuestra fe. Confío (…) que también por parte judía se mantenga y, si es posible, aumente el interés por el conocimiento del cristianismo”.

El Papa volvió a abogar por los cristianos ante el presidente israelí. “En el Estado de Israel viven y actúan diversas comunidades cristianas. Son parte integrante de la sociedad y participan como los demás en la vida civil, política y cultural. Los fieles cristianos desean ofrecer, desde su propia identidad, su aportación al bien común y a la construcción de la paz, como ciudadanos de pleno derecho que, rechazando todo extremismo, se esfuerzan por ser artífices de reconciliación y de concordia”.

Aliento a los cristianos de Tierra Santa
Y dirigiéndose a los cristianos mismos de Tierra Santa, Francisco tuvo para ellos palabras de gratitud y aliento. El lunes por la tarde dijo a sacerdotes, religiosos y seminaristas en la basílica de Getsemaní: “Ustedes, queridos hermanos y hermanas, están llamados a seguir al Señor con alegría en esta Tierra bendita. Es un don y también es una responsabilidad. Su presencia aquí es muy importante; toda la Iglesia se lo agradece y los apoya con la oración”. Y extendió su mensaje a los demás fieles: “Deseo dirigir un afectuoso saludo a todos los cristianos de Jerusalén: quisiera asegurarles que los recuerdo con afecto y que rezo por ellos, conociendo bien la dificultad de su vida en la ciudad”.

A continuación tuvo lugar el último acto del viaje, antes de la despedida en el aeropuerto: la misa en el Cenáculo. La estancia es pequeña, y por tanto solo pudieron participar con el Papa los ordinarios de Tierra Santa y el séquito llegado con él; la gente tampoco pudo seguirla desde las proximidades. Por la oposición de judíos radicales, que antes de la visita habían protagonizado actos hostiles (ver artículo relacionado), la policía israelí acordonó la zona y detuvo a 26 ultraortodoxos que quisieron protestar.

El Cenáculo fue propiedad franciscana desde el siglo XIV hasta que en 1524 la autoridad otomana los desposeyó, alegando que debajo estaba la tumba de David (hoy el dato es discutido) y, por tanto, el edificio era un lugar santo musulmán. En 1948 se lo incautó Israel. Hoy la sala es de libre acceso, pero solo se permite culto cristiano tres veces al año. La Iglesia católica pide que se amplíe el permiso a cualquier día antes de la apertura al público. Los judíos radicales se oponen, y han visto la misa de Francisco (Juan Pablo II también celebró una allí en 2000, pero no Benedicto XVI en 2009) con suspicacia, como si fuera un signo de futuras concesiones a los cristianos.

En la homilía, el Papa tomó pie de la significación del lugar donde se encontraba. “Aquí nació la Iglesia, y nació en salida. Desde aquí salió, con el Pan partido entre las manos, las llagas de Jesús en los ojos, y el Espíritu de amor en el corazón”. Luego subrayó la continuidad de aquellos hechos originarios en la vida de la Iglesia: “¡Cuánto amor, cuánto bien ha brotado del Cenáculo! ¡Cuánta caridad ha salido de aquí, como un río de su fuente, que al principio es un arroyo y después crece y se hace grande… Todos los santos han bebido de aquí; el gran río de la santidad de la Iglesia siempre encuentra su origen aquí, siempre de nuevo, del Corazón de Cristo, de la Eucaristía, de su Espíritu Santo”.


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