El nuevo imperio americano. La reconstrucción nacional en Bosnia, Kosovo y Afganistán

Empire Lite

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Paidós. Barcelona (2003). 120 págs. 8,50 €. Traducción: Francisco Beltrán.

Reúne este libro tres ensayos de Ignatieff, politólogo canadiense, un autor que combina una amplia erudición en la historia de las ideas políticas con la observación directa sobre el terreno de los conflictos que sacuden el mundo. El resultado es un estilo en el que la crónica personal del viajero se entremezcla con reflexiones políticas en las que se percibe la influencia de pensadores liberales como Isaiah Berlin, ejemplo de voluntarismo pragmatista frente al determinismo de las ideologías totalitarias. Se puede afirmar que esta obra es una defensa del "imperialismo liberal" practicado en los últimos años por EE.UU. con el concurso de algunos países europeos, aunque su actuación se haya revestido de la legitimidad procurada por la ONU y otras organizaciones internacionales.

No se trata de un imperialismo a la vieja usanza, en el que los ejércitos conquistan territorios y mercados. Es el "imperialismo light" en el que Washington practica una hegemonía sin colonias, donde los intereses estratégicos se mezclan con los valores morales. Si unos y otros no van unidos, como en el caso de Chechenia, la intervención no se producirá. En los tres casos analizados, la combinación del poder militar estadounidense, la financiación europea y las motivaciones humanitarias dan lugar a un nuevo tipo de gobierno imperial.

El nuevo imperio americano se publicó poco antes del ataque a Irak, pero Michael Ignatieff daba casi por descontado que este ataque se produciría y que Estados Unidos se enfrentaría muy pronto al reto de la reconstrucción del país. Esto es algo mucho más complejo que construir infraestructuras materiales, pues los objetivos pasan por edificar un sistema democrático, organizar un Estado de Derecho o fomentar la aparición de una sociedad civil.

Cuando se tiene un apabullante poder aéreo no es difícil ganar una guerra: lo costoso es construir la paz. En los tres casos analizados por Ignatieff esto sigue siendo una realidad, aunque los norteamericanos apostaran por sociedades multiétnicas y líderes "moderados". Esta opción no es necesariamente mayoritaria, pues la posguerra no ha acabado con el odio entre serbios y musulmanes o entre serbios y kosovares, ni tampoco ha reducido el poder de los señores de la guerra afganos. Pero la experiencia quizás haya enseñado a los "imperialistas liberales" que la democracia puede estar vacía de contenido si no va acompañada de la separación de poderes, un sistema judicial independiente y el imperio de la ley.

Con todo, lo peor que podría hacer Estados Unidos es retirar sus tropas precipitadamente en función de ciclos electorales o de la opinión pública. Sería arruinar la labor de reconstrucción nacional. Pero como el "imperialismo liberal" tiene fecha de caducidad, Ignatieff aconseja implicar desde el principio en tareas de responsabilidad a las elites locales. El imperio nunca logrará sus objetivos estratégicos si se empeña en combatir a los nacionalismos autóctonos en vez de canalizar sus energías en provecho propio.

Antonio R. Rubio

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