El negocio de comprar tierras en Brasil y Rusia

Ante el alza de precios de los alimentos, los inversores compran terrenos agrícolas

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El alza mundial del precio de los alimentos está animando a los inversores a comprar tierras en países grandes donde hay abundantes terrenos disponibles. Brasil y Rusia lo están notando. En Brasil hay preocupación por la adquisición de tierras por extranjeros y se habla de un proyecto de ley para limitarla. En Rusia la revalorización de la agricultura está dando nueva vida a las granjas colectivas.

En Brasil la subida del precio de los alimentos y la rentabilidad de los biocombustibles está favoreciendo que muchos extranjeros compren o arrenden tierras. Los inversores se interesan sobre todo por los cereales y por las materias primas de los biocombustibles (soja y caña de azúcar). Países que disponen de pocas tierras, como Japón, o que quieren asegurar su aprovisionamiento ante una fuerte alza, como China, consideran una buena inversión comprar tierras en Brasil.

Actualmente, según estimaciones del INCRA, Instituto para el inventario agrícola y la reforma agraria, 5,5 millones de hectáreas están en manos de extranjeros. Pero la cifra puede ser mayor, pues no tiene en cuenta las tierras compradas por compañías brasileñas cuyo accionariado es en todo o en parte extranjero.

Ante esta situación, se alzan voces a favor de una legislación que restrinja la adquisición de tierras por extranjeros, sin lo cual, dicen algunos, “los brasileños se encontrarán como extranjeros en su propio país”. Y se anuncia un proyecto de ley que será sometido pronto al Congreso.

En cambio, otros relativizan el peligro de la pérdida de soberanía sobre la tierra. Señalan que, en el Estado de São Paulo, donde proporcionalmente hay más presencia extranjera, los no nacionales solo poseen el 2,18% del territorio. También advierten que a menudo los inversores extranjeros son más respetuosos con el medio ambiente que los brasileños. Y piensan que una ley contraria a la inversión extranjera dañaría la imagen internacional de Brasil en un momento en que quiere afianzar su papel en la economía mundial.

Rusia, un poder agrícola

Cuando se habla del poder económico de Rusia, se piensa sobre todo en sus exportaciones de petróleo y de gas natural. Pero en un mundo que necesita aumentar su producción de alimentos, Rusia es también, o puede ser, una importante potencia agrícola.

Desde la caída del comunismo ha habido diversos intentos de descolectivizar la tierra. El último, bajo la presidencia de Boris Yeltsin, tuvo poco éxito. La mayoría de los agricultores permanecieron en las granjas colectivas, que sigue siendo la forma predominante de explotación. Y los que dieron el salto a la explotación privada fracasaron en muchos casos. Pero, habida cuenta de que la privatización en otros sectores favoreció sobre todo a los oligarcas, quizá este fracaso no sea motivo de lamento.

Actualmente, la tierra que sigue siendo propiedad del Estado o de las granjas colectivas representa el 7% del total de la tierra cultivable del mundo, pero cerca de la sexta parte de esas tierras -35 millones de hectáreas- permanece en barbecho.

Por otra parte, la productividad sigue siendo baja. La productividad media de los cereales en Rusia es de 1,85 toneladas por hectárea, cuando en EE.UU. es de 6,36 toneladas. Así que la producción todavía podría aumentar mucho, tanto por la puesta en cultivo de nuevas tierras como por el aumento de los rendimientos.

Y esto es lo que se proponen los inversores rusos o extranjeros que se interesan de nuevo por la agricultura. El negocio de comprar y reestructurar granjas colectivas está experimentando un nuevo auge, y está sacudiendo la vida rural de Rusia. La transformación ha sido impulsada por el alza de los precios agrícolas y por la nueva legislación que permite a los extranjeros la propiedad de tierras cultivables. Todo esto ha provocado, según el International Herald Tribune, una “carrera por la tierra en la Rusia rural”.

Los primeros reformadores de la descolectivización pensaban que las granjas estatales debían dividirse en explotaciones familiares. Pero ahora la idea es que deben convertirse en grandes explotaciones, reestructuradas y bien administradas, lo que permite realizar economías de escala.

Un obstáculo para aumentar la producción agrícola reside en la mano de obra. Los trabajadores de las granjas colectivas están acostumbrados a un régimen laboral que no favorece el esfuerzo individual. Además, la población rural está disminuyendo a marchas forzadas, ya que sobre todo los jóvenes se van a las ciudades. Pero si los nuevos inversores ofrecen posibilidades de progreso en el ámbito rural, los jóvenes pueden quedarse en el campo.


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