El matrimonio marca, y también su ausencia

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El divorcio cuesta, y no únicamente a los que se separan: nos cuesta a todos de alguna manera, como por derivación, en una suerte de “efecto mariposa” que exhibe números muy concretos.

Los trae el estudio “El efecto a largo plazo del matrimonio en la movilidad social”, de los investigadores británicos Harry Benson y Spencer James, quienes se han centrado en las consecuencias del matrimonio y el divorcio para el bienestar de los ciudadanos de su país.

Los autores cifran el costo de la desintegración familiar en 48.000 millones de libras esterlinas (54.400 millones de euros) anuales, que en buena medida se gastan en ayudas sociales a las familias monoparentales. Esto equivale a unas 1.820 libras (2.064 euros) por contribuyente para lidiar con los efectos de la ruptura del matrimonio o de las uniones consensuales, que es no solamente la erosión de los ingresos hogareños, sino los ecos que quedan en otros ámbitos.

El costo de la desintegración familiar en Gran Bretaña viene a ser de unas 1.820 libras anuales por contribuyente

Por ejemplo, las familias en las que falta uno de los progenitores tienden a necesitar el auxilio de las instituciones para acceder a una vivienda asequible y para pagar el cuidado de los niños. El Estado, por su parte, debe poner más para sufragar los programas de rehabilitación de aquellos hijos de hogares rotos que tienen problemas conductuales o hechos delictivos a sus espaldas, gastar en servicios policiales y penitenciarios, pagar almuerzos escolares a los niños de bajos recursos, y ayudar a quienes desean cursar estudios superiores y no tienen siquiera un penique para coger el autobús a la universidad, porque “con el sueldo de mamá no nos alcanza”.

Pero la factura para las arcas públicas no puede opacar la realidad de que los principales perjudicados son los chicos, y que lo son a largo plazo.

La estructura del hogar sí marca

Benson y James subrayan una realidad: Gran Bretaña es, entre los países desarrollados, el que presenta los mayores niveles de inestabilidad familiar. A los 12 años, el 62% de los niños nacidos de padres simplemente convivientes y el 32% de quienes lo han hecho de padres casados han experimentado al menos una transición, esto es, un cambio de pareja de sus progenitores.

¿Tiene esta “libertad” de los padres consecuencias negativas? Parece que sí. De otro modo no se entendería, dicen los investigadores, que a pesar del incremento del 50% del gasto en educación y en apoyo temprano entre 1997 y 2017, no se hayan registrado avances significativos en la reducción de la pobreza y en nivel educativo. Sucede que falta el “escudo”, la seguridad que da el saberse protegido por una estructura familiar sólida, establecida por el compromiso conyugal.

El mejor argumento para validar lo anterior es el de los datos. La investigación de los británicos examinó los resultados combinados de dos estudios: uno que comenzó en 1958 y que hizo un seguimiento de las circunstancias económicas, familiares, de salud y bienestar de 17.000 británicos entre los 7 y los 55 años, y otro, de 1970, con una muestra de igual tamaño y una evaluación periódica desde los 5 a los 42 años.

Al final, pudieron constatar que el venir de un hogar basado en un matrimonio o de uno de cualquier otra modalidad puede marcar la vida una persona durante 60 años. Según observaron, los hijos de padres casados tuvieron un 23% más de probabilidades que los de no casados de ingresar a la universidad, un 10% más de llegar a contraer matrimonio, y un 16% menos de depender de los subsidios sociales.

La riqueza no es determinante

A tenor de ello, la unión legal queda validada como un factor de peso. “El efecto de tener padres casados es similar al de tener padres pertenecientes a la clase alta, si bien mayor en la probabilidad de obtener un título universitario y algo menos en la de casarse y de no necesitar ayuda social”.

Los hijos de padres casados tuvieron un 23% más de probabilidades que los de no casados de ingresar a la universidad

¿No se supone que tener padres ricos “vacuna” contra la posibilidad de quedarse rezagado en términos de consolidación social, con independencia de que los progenitores estén casados o no? Pues no necesariamente. Según los investigadores, “la mayor aceptación –o la menor resistencia– a la necesidad de acudir a los subsidios sociales, a causa de haber visto que los padres los reciben y, a la vez, haber recibido una educación más permisiva, es lo que, creemos, explica por qué el haber procedido de una clase social más alta no evita que después los hijos, ya adultos, recurran a la asistencia social. (…). Nuestro principal hallazgo (…) es constatar que tener progenitores casados incrementa las oportunidades de ir a la universidad, contraer matrimonio y no tener que solicitar asistencia social”.

Un mayor nivel de autoestima

También de Benson y James es un estudio publicado en 2016 sobre los niveles de autoestima de los menores de 11 a 16 años, según la estructura de su hogar. Ambos analizaron los resultados de un sondeo del gobierno británico a casi 4.000 chicos y chicas, parte de los cuales vivían con sus padres casados, y otros, con sus progenitores en calidad de convivientes. Un tercer grupo estaba formado por quienes estaban en situaciones diferentes a las anteriores.

Los resultados mostraron que los hijos de padres casados mostraron un grado de autoestima superior en 5 o 6 puntos porcentuales al de aquellos cuyos padres llevaban su relación más “deportivamente”. Ni el nivel de educación ni los ingresos de la madre tuvieron una incidencia significativa en este aspecto.


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