El Observatorio

El indestructible negocio de las publicaciones científicas

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Mientras la prensa pelea por sobrevivir al tsunami digital, que ha hecho que su principal fuente de ingresos –los publicitarios– caigan en picado, el sector de las publicaciones científicas vive en un aparentemente inmutable estado de bonanza. Un extenso reportaje de Stephen Buranyi para The Guardian analiza la historia de este éxito empresarial y sus consecuencias en el modelo actual de producción y difusión de la ciencia.

Las revistas científicas no se han visto atrapadas en el círculo vicioso que ahoga a otras publicaciones: menos lectores, menos publicidad, menos ingresos, gastos parecidos. Por razones históricas que explica el reportaje –fue decisivo el papel de Robert Maxwell, quien supo sacar partido al interés del gobierno británico por impulsar la ciencia tras la Segunda Guerra Mundial–, el modelo de negocio de este sector es redondo.

Los investigadores, muchas veces financiados por el Estado, envían a las revistas sus artículos sin cobrar (a veces incluso pagan por publicar). Estas luego pagan a unos editores que deciden si el tema merece la pena, y revisan los aspectos lingüísticos del texto. Pero el grueso de la revisión, el peer review (la comprobación de la validez de los datos, los procedimientos y las conclusiones), que es lo realmente costoso, la hacen otros especialistas de forma voluntaria. Más tarde, las publicaciones venden el producto, fundamentalmente a instituciones científicas o librerías, muchas de las cuales también están financiadas con dinero público.

El balance, como es lógico, es muy positivo. El sector de las revistas científicas tuvo en 2010 unos ingresos cercanos a los de las salas de cine, pero con un margen de beneficios mucho mayor. A esto también coopera su carácter de oligopolio: unas pocas editoriales concentran un buen número de revistas. Además, estas se han convertido en los expendedores extraoficiales de la reputación científica: para ser alguien, necesitas publicar en una de ellas.

Debido a esta influencia, los consejos editoriales de estas revistas acaban por decidir, indirectamente, qué se investiga. Y como empresas, les guían criterios comerciales: manda la notoriedad, no siempre el valor científico, y se rechaza lo que no tenga un gancho inmediato.

Dado que tanto los creadores del producto (los investigadores) como los compradores (las instituciones que agrupan a los científicos) son un público cautivo, Internet no ha minado, apenas, la ventajosa posición de las revistas. Las iniciativas para ofrecer los artículos gratis no han triunfado (las publicaciones de libre acceso suponen solo el 24%), y las crisis abiertas por casos de fraude tampoco parecen haber hecho mucho daño. Por si fuera poco, con la difusión digital, los costes de impresión se han reducido, por lo que el negocio es aún más redondo. Otra cosa es el efecto de este éxito comercial en el desarrollo y conocimiento de la ciencia.


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