El hombre solo

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Autor: Bernardo Atxaga

Bernardo Atxaga
Ediciones B. Barcelona (1994). 381 págs. 1.800 ptas.

Después del éxito de Obabakoak (ver servicio 39/90) y de su novela juvenil Memorias de una vaca (ver servicio 111/92), existía cierta expectación por la nueva novela de Bernardo Atxaga, seudónimo de Joseba Irazu (Guipúzcoa, 1951). En El hombre solo, Atxaga abandona el ambiente mítico y se sitúa en un plano más realista para enfrentarse, literariamente, con la reciente historia del País Vasco. Esta novela, publicada antes en euskera y galardonada con el último Premio de la Crítica, es la primera de una futura trilogía en la que Atxaga, en tres momentos históricos, aportará su visión de las relaciones entre ETA y el pueblo vasco.

El protagonista es Carlos, un ex militante de ETA, que regenta con otros antiguos compañeros un hotel de Barcelona. La acción transcurre durante los Mundiales de Fútbol de 1982; la selección polaca se aloja en ese hotel. Carlos, sin consultar con ninguno de sus socios, da cobijo a dos militantes de ETA que han cometido un atentado mortal. Durante cinco días, los que cuenta la novela, Carlos se las ingenia para que los terroristas logren escapar.

Lo más interesante son las reflexiones de Carlos, un personaje insatisfecho y un tanto escéptico, sobre la actitud que debe adoptarse para solucionar los problemas de los vascos. No parece que apoye la antigua violencia que todo lo justificaba; sin embargo, es capaz de arriesgar su vida para colaborar con los dos terroristas encerrados. Su ambigua complejidad conforma un protagonista atrayente, con pliegues, que se eleva por encima de una galería de personajes marcados por el estereotipo.

Puede parecer, de entrada, que el atractivo de la novela radica en la combinación de la intriga con los pasajes reflexivos, más los repetidos escarceos amorosos. Pero no sería cierto. Son casi 400 páginas morosas, en las que falta más acción y tensión. Hay muchos momentos insulsos, en los que la novela discurre en medio de diálogos triviales y carentes de interés. Salvo el atractivo de Carlos, que se debate casi agónicamente entre el pasado y el presente, el resto de la novela es una sucesión, bien narrada, de acciones insignificantes, que desparraman y diluyen una obra de la que se esperaba muchísimo más.

Adolfo Torrecilla

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