El fanal hialino

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Autor: Andrés Trapiello

Andrés Trapiello
Pre-Textos. Valencia (2003). 624 págs. 33 €.

El fanal hialino es el número once de los diarios de Andrés Trapiello. Corresponde al año 1997. "Cuando me preguntan cómo he podido escribir tantas páginas de un diario -se lee en el prólogo-, siempre he respondido lo mismo: porque nunca hablo de mí. Quiero decir, cuenta uno cosas que son de todos tanto como de uno". En esta deliberada falta de sustancia reside el interés de estos diarios: no se cuentan grandes cosas, ni siquiera se mencionan acontecimientos literarios o históricos concretos, aunque en esta ocasión incluya un buen puñado de reflexiones sobre la muerte de Lady Di y el asesinato por ETA del concejal del Partido Popular Miguel Ángel Blanco. En todos sus diarios, Trapiello pasa de puntillas por su tiempo, por las grandes cuestiones existenciales y por los hitos culturales. Por eso, en el fondo, da lo mismo que se refiera a 1997 o a cualquier otro año: las cosas son casi siempre las mismas, aunque siempre distintas.

El paso de los años ha dado a Trapiello una sólida experiencia para seleccionar los materiales que aparecen en estas páginas. El paso del tiempo le ha hecho más escéptico y pesimista (sobre la vida en general y el mundo literario en particular), actitudes que combate con un irónico sentido común; y también está un poco menos colérico, y eso que mantiene sus puntuales punzadas anticlericales y la referencia a ciertos momentos agrios, concebidos como vengativos ajustes de cuentas.

Lo mejor son los inesperados encuentros con los mil rostros de la literatura, como esa desternillante invitación para impartir una lectura poética en un auditorio de Madrid; o esos personajes con los que se encuentra inesperadamente; o sus reflexiones sobre la vida, los hijos, las amistades y, sobre todo, la literatura. En algunos pasajes comenta la lectura de los diarios de Miguel Torga, Amiel, Seferis, James Boswell y José Saramago, que le incitan a desahogarse (sobre todo con los autocomplacientes diarios de Saramago) y a reflexionar sobre su propia escritura.

Adolfo Torrecilla

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