El espacio mediático, ocupado por los partidos

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En relación con la situación española, el filósofo Eugenio Trías habla del hastío que provoca la política cuando pierde su verdadera identidad y deja de lado los problemas y las cuestiones de fondo que más afectan al ciudadano (El Mundo, Madrid, 6-II-97).

La confusión del espacio de la polis, o de la res publica, con el ámbito de intereses propio de los diferentes lobbies partidistas es, a mi modo de ver, lo propio de una democracia todavía inmadura, o que no ha traspasado la biología espiritual de la adolescencia.

El hecho público, o propiamente político, debería estar ocupado por multitud de cuestiones que no parecen afectar a los intereses partidistas de los grandes partidos. (...)

Cuestiones de índole cultural, o de naturaleza filosófica y científica, se hallan siempre en segundo plano en los espacios mediáticos. Estos parecen hacinados por el cruce de declaraciones que los partidos generan. (...)

Cualquier ocurrencia coyuntural que proceda de esos centros emisores ocupa siempre una porción del espacio público en clarísima desproporción con su verdadera relevancia. (...)

No soy de quienes abundan en la descalificación por principio de la casta política. Pero considero que la centralidad oficial y oficiosa de ésta en la opinión pública, sin amortiguadores mediáticos, constituye el verdadero virus informático de una democracia demasiado joven e inexperta.

Que el político, que sólo conjuga los verbos mandar y obedecer, y en el que el partidismo prevalece sobre cualquier discusión seria de las cuestiones ideológicas o políticas, posea todavía hoy un carácter cuasiestelar en el firmamento de la opinión pública, a expensas de otras figuras (como la del científico, el filósofo, el artista, el empresario, el trabajador, etc.), nos da una medida clara del abismo que todavía nos separa de una democracia adulta, madura y compleja. (...)

Sería acaso el momento para que los medios de comunicación desconectaran de esos centros emisores contaminantes que son los partidos, o los espectros con vocación de tales, y se abrieran a problemas que más de cerca afectan e interesan al ciudadano: a cuestiones culturales, ecológicas, científicas, filosóficas e ideológicas en el sentido más amplio; o a problemas relacionados con las preocupaciones cotidianas. O que en lugar de hallarse siempre en las puertas de los grandes centros partidistas acudieran a los centros reales de la vida ciudadana (por lo general bastante distanciada de las guerras interesadas que en esos centros contaminantes se juegan).

La política comienza a producir verdadero hastío por su hipertrofiada presencia en los espacios mediáticos. Uno se cansa de tanto protagonismo de personajes cuyo mejor aval es el carácter caciquil de su capacidad de liderazgo en un grupo de intereses partidistas que esperan grandes prebendas y repartos en caso de un eventual triunfo electoral. Resulta deprimente y decepcionante que tras ello no se vislumbre la más mínima reflexión ideológica o política de verdad. (...)

La política, la res publica, es más, mucho más que esas andanadas partidistas coreadas por una lamentable claca de fieles a quienes les liga una sórdida y estrecha unión de intereses materiales muy concretos y de fanatismos viscerales. Esa unión funesta es muy característica de nuestra democracia: la unión jurada entre la más mezquina gramática parda del interés (en forma de prebenda presente o futura) con la más radical fanatización en relación a una determinada opción caciquil que encarna el mandatario de la formación partidista.


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