El delito de negar el holocausto climático

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La ciencia florece en un ambiente de libre discusión que no reprime las discrepancias. Las grandes aportaciones vienen de aquellos que, como Copérnico, rompen moldes, cuestionan las teorías establecidas, se atreven a desafiar la opinión mayoritaria. Thomas Kuhn elevó esa comprobación a ley histórica: la ciencia avanza a saltos, gracias a una minoría que no sigue la corriente general, deja de intentar que los nuevos datos encajen en las hipótesis canónicas e inventa otro modelo. Por eso nuestra época respeta la disidencia y abomina del dogmatismo en materia científica.

Bueno, depende. Si se trata del cambio climático, el consenso mayoritario es ley y la conformidad es inexcusable. Copérnicos abstenerse.

Lo ha comprobado el geofísico francés Claude Allègre, ministro de Educación de 1997 a 2000 en el gobierno socialista de Lionel Jospin, desde que publicó en el semanario «L’Express» (21-09-2006) un artículo sobre el cambio climático. Allí advertía contra la pronunciada subida de temperaturas en las ciudades y proponía combatirlo con medidas radicales, prohibiendo los vehículos de gasolina en las vías urbanas. En cambio, el calentamiento global le parece incierto en su magnitud y en su origen. No descarta la posibilidad de que se deba a la acción humana, como sostiene la mayoría; pero dice que no se sabe. Alega la dificultad, señalada por algunos especialistas, de calcular la temperatura media del planeta y la imperfección de los modelos climáticos.

Más grave que un simple error

La mayoría de los climatólogos no están de acuerdo con Allègre. Pero la réplica no ha sido simplemente la normal en una disputa científica a un colega al que se considera equivocado, sino que ha tomado la forma de carta de protesta dirigida a la Academia de Ciencias, al Instituto Nacional de Ciencias del Universo y al Ministerio de Investigación, como la denuncia contra un transgresor de conducta intolerable. Una reacción semejante provocó otro que contradijo la «biblia ecologista», el danés Bjørn Lomborg, acusado ante un comité de ética científica, condenado en primera instancia y finalmente absuelto (ver Aceprensa 4/04).

Allègre, dicen sus críticos, ha hecho algo peor que equivocarse: se ha comportado de modo «irresponsable», divulgando una «información sesgada, partidista y falsa», lo que resulta más grave en este asunto de «relevancia social», dice la carta de protesta. Con ello no discrepa sin más: su toma de postura «equivale a sembrar el descrédito sobre todo el personal que trabaja en Francia sobre estos temas», afirma Dominique Raynaud, ex director del Laboratorio de Glaciología y Geofísica del Medio Ambiente (cfr. «Le Monde», 4-10-2006).

El delito de Allègre es cuestionar el «consenso general» de los científicos, que es el nombre favorable de la opinión dominante («postura tradicional» es la opinión dominante que es lícito poner en duda). De eso mismo acusa el «New York Times» en un editorial (12-10-2006) al senador norteamericano James Inhofe, empeñado en desacreditar «el consenso de los principales científicos y de los gobiernos de casi todas las naciones industrializadas en materia de cambio climático causado por el hombre». La estrategia de Inhofe consiste en «agarrarse a una información errónea o exagerada para tratar de sembrar dudas sobre el consenso general». Para ello, tiene un equipo dedicado a coleccionar «investigaciones disidentes» o de «oposición» («opposition research»); el término sugiere que el senador se opone a algo más que a una tesis de científicos. Como que está en juego el planeta, dice Al Gore.

La película de Al Gore

Hace poco, Gore estrenó un documental titulado «An Inconvenient Truth» («Una verdad incómoda») donde augura la catástrofe planetaria si no se para el cambio climático provocado por el hombre. Su película, en general elogiada, ha recibido críticas de la minoría disidente; las resumió el comentarista Andrew Bolt en el diario australiano «Herald Sun» (13-09-2006). Por ejemplo, dice Gore que una revisión de 928 artículos científicos sobre calentamiento de la Tierra, publicada en «Science», mostraba que ninguno negaba que la acción humana fuera la causa principal de la subida de las temperaturas. El Prof. Benny Peiser (John Moores University de Liverpool) replica que, tras examinar esos 928 trabajos, solo halló 13 que sostuvieran esa tesis expresamente, contra 34 que la rechazaban o la ponían en duda; los demás no se pronunciaban.

En todo caso, muchos creen que ese y otros errores son «fallos menores» que no invalidan el mensaje principal de la película. Algunas inexactitudes o un poco de exageración no importan cuando se trata de suscitar en todos la conciencia de la amenaza y mover a la acción. En cambio, aferrarse a las inevitables incertidumbres o equivocaciones para arrojar dudas sobre la realidad del cambio climático causado por los humanos y la necesidad de actuar, resulta muy peligroso: es como difundir propaganda enemiga en la guerra contra el efecto invernadero y por la salvación del planeta.

Espíritu anti-humano

La cuestión, así, sale del ámbito estrictamente científico para adquirir tonos morales y políticos. Oponerse al «consenso» no es solo situarse contra la mayoría en un asunto teórico. Así como negar el Holocausto implica quitar justificación ética al rechazo del nazismo, negar el cambio climático equivale a cohonestar la destrucción del planeta. Algunos que proponen este paralelismo lo llevan a una conclusión ulterior: si lo primero es delito en varios países, también lo segundo debe ser combatido con análoga energía.

Lo advierte, con ejemplos, Brendan O’Neill en la revista digital británica «Spiked» (6-10-2006). «Hay una ola de intolerancia en el debate sobre el cambio climático -dice- que está erosionando la libertad de expresión y derritiendo la discusión racional». Este «fundamentalismo ecologista», comenta por su parte Mick Hume en la misma revista (31-10-2006), está penetrado del «espíritu anti-humano de hoy, que da por supuesto que la humanidad y el progreso son el problema en vez de la solución, y que nuestra huella sobre la Tierra es siempre como la de una bota opresora».

En un artículo de descargo («Le Monde», 27-10-2006), Allègre señala cómo se origina el «consenso» en la Comisión Intergubernamental para el Cambio Climático (CICC), dentro del sistema de la ONU. Cada cuatro años, un comité de científicos elabora un voluminoso informe, que casi nadie lee, lleno de matices. Lo entrega a un segundo comité, formado por representantes -científicos o legos- de los gobiernos, que redacta otro informe mucho más breve y tajante, que se convierte en la «verdad oficial».

Esta simplificación es de las que fomenta «la ecología de denuncia», en palabras de Allègre, que «mezcla todo: el calentamiento del clima, la biodiversidad, la contaminación urbana, la población mundial, el secamiento del mar de Aral, etc., con el resultado de suscitar miedo… y al final no resolver nada, ante la inmensidad de los problemas».

Allègre propone en cambio una «ecología reparadora», que siga la estrategia de «separar los problemas para resolverlos uno por uno, como se ha hecho con el plomo en la atmósfera, los clorofluorocarbonos para preservar la capa de ozono, los compuestos de azufre para evitar la lluvia ácida, etc.».

El tiempo dirá si la minoría disidente del cambio climático son nuevos Copérnicos o más bien como los que se aferraban al sistema de Ptolomeo. Mientras tanto, importa sobre todo que no se desate contra ellos una caza de brujas.

Rafael Serrano

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