El consumo de la utopía romántica

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El amor parece una cosa privada, más apta para sutilezas psicológicas y reflexiones antropológicas que para análisis de tipo sociológico. Este último enfoque, sin embargo, es muy pertinente desde el momento en que la práctica del romance y del matrimonio se encuentra configurada por la sociedad y la cultura. El libro de Eva Illouz, El consumo de la utopía romántica (1), analiza los modos en que la sociedad del capitalismo avanzado vincula el desarrollo del romance a determinadas prácticas de consumo.

El libro, publicado en inglés en 1997, fue premiado en 2000 por la American Sociological Association como el mejor libro de sociología de las emociones. A partir del análisis de un amplio y heterogéneo material de la sociedad americana -imágenes publicitarias, películas, novelas, relatos autobiográficos, libros de autoayuda, revistas femeninas y entrevistas-, Illouz explora en profundidad los vínculos entre amor y capitalismo.

Amor y capitalismo

La tesis central del libro es que el amor romántico en la época contemporánea participa de la ambivalencia que caracteriza a la misma sociedad capitalista. Esta, por un lado, ha fomentado la incorporación de todos los grupos sociales al mercado, creando así un espacio simbólico común muy poderoso; pero, por otro, ha seguido alimentando las diferencias sociales, particularmente visibles en la esfera de la cultura y de los gustos, aunque en el fondo expresivas también de diferencias socioeconómicas.

En aquellos pocos casos en que los anuncios publicitarios muestran o sugieren el hogar -por ejemplo, representando una pareja en un ámbito familiar-, “el espacio doméstico posee una fuerte carga estética”, destinada a transmitir una visión idealizada de la relación, en la que va implícita la negación de lo cotidiano (cf. p. 128). Asimismo, la exhibición de la proximidad física o emocional característica de muchos anuncios sirve al propósito de sugerir la existencia de un vínculo igualitario -otro elemento utópico- en el que ambas partes se esfuerzan por fusionarse, anulando cualquier idea de subordinación, y en último término incluso la misma diferencia sexual -con frecuencia difuminada a los ojos del espectador, como efecto de la misma proximidad física (cf. p. 129).

Mediante imágenes estereotipadas -paradigmáticamente la playa desierta-, la publicidad evoca la idea del paraíso perdido, y pone en acto una estética que combina “el pasado de la autenticidad perdida, el presente eterno de la intensidad (y el consumo) y la intemporalidad de lo sagrado”.

En último término, señala Illouz, el potencial de la utopía romántica, reificada por la publicidad, reside en su capacidad de reafirmar los valores del capitalismo postindustrial mientras los convierte en símbolos de sencillez primitiva y emotividad pura (cf. p. 146).

El romance -o su representación- se revela como uno de los fenómenos en los que mejor se ve el alcance del discurso posmoderno sobre la desaparición de la frontera entre realidad y ficción (cf. p. 209). Uno ya no sabe si sus ideas sobre el amor responden a la realidad o a la representación de la realidad, que entretanto ha sido completamente asimilada. En esta línea, Illouz sugiere que “el amor posmoderno le da una vuelta de tuerca a la máxima de La Rouchefoucauld. En lugar de pensar que ‘hay personas que jamás se habrían enamorado si no hubieran oído hablar del amor’, la condición romántica posmoderna nos invita a suponer que muchas personas dudan de estar enamoradas precisamente porque han oído hablar demasiado del amor” (p. 242).

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(1) Eva Illouz, El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones culturales del capitalismo. Katz Editores. Madrid (2009), 429 págs. 23 €. T.o.: Consuming the Romantic Utopia: Love and the Cultural Contradictions of Capitalism. Traducción: María Victoria Rodil.

Ana Marta González es Directora de la línea Culture & Lifestyles del Social Trends Institute y Profesora Titular de Filosofía Moral en la Universidad de Navarra.

El romance posmoderno: la aventura y el amorío

Otro elemento característico de la vivencia contemporánea del romance, que señala Illouz, es su carácter episódico. Y es que, frente al carácter “absoluto” del romance decimonónico, que aspiraba a comprometer la vida entera, el romance posmoderno constituye una experiencia más. “Si bien el posmodernismo ha adoptado la idea de que los textos narrativos constituyen los cimientos de nuestra identidad, dicha corriente rechaza por completo la noción de que el yo se basa en los grandes relatos (de amor u otros), que le aportan unidad al ofrecerle una dirección y una continuidad” (p. 210).

Por ello, lo más característico de la experiencia posmoderna es -como ya presagiara Simmel- la vivencia del amor como aventura, noción en la que se dan cita, altamente estilizados, los elementos de excepcionalidad, intensidad emocional, riesgo, y alejamiento de lo cotidiano, característicos del amor romántico. Para Simmel el gusto por los viajes y la aventura simbolizaba la falta de fidelidad a gustos y lugares. En esta línea, “la cultura posmoderna ha presenciado el derrumbe de las historias románticas totalizadoras y eternas, que se han comprimido en un formato más breve y repetible: el del amorío” (p. 232).

A diferencia de los grandes relatos, que dotan de unidad a la vida, “los amoríos son episodios narrativos independientes y cerrados sobre sí mismos, desconectados unos de otros en el flujo de la experiencia, lo que deriva en una fragmentación de la experiencia amorosa” (p. 234).

Frente a la sensibilidad romántica -que vive el amor como “revelación” y pasa la vida en espera de un gran relato de amor eterno- la sensibilidad posmoderna se caracteriza por sustituir la “revelación” por la “excitación”, y cifrar todo el romance en intensidades románticas puntuales, que anulan el sentido de la espera, y eliminan del amor todo resto de “tragedia” (cf. p. 233-4).

Léxicos para el amor

Ahora bien, en su investigación, Illouz no se limitó a analizar las imágenes trasladadas por la publicidad, sino que indagó hasta qué punto el imaginario visual de las personas entrevistadas respondía a esas imágenes.

Entre los resultados más interesantes de la investigación figura el comprobar que la mayoría de los participantes poseían un lenguaje y un constructo separado para amor y romance: “Los signos visuales del romance se asociaban típicamente a sensaciones de espontaneidad, distensión, emoción y alegría. Los signos visuales del amor, por su parte, se asociaban a la solidaridad, la tolerancia y la estabilidad. El significado del romance no siempre coincidía con el del amor, pues el primero se relacionaba con símbolos exteriores de riqueza, juventud, felicidad y glamour, mientras que el segundo se concebía como un vínculo estrecho y resistente que trascendía la categoría cultural estilizada de lo romántico” (p. 149).

Como ella misma concluye, esto supone la división del yo romántico en dos estructuras narrativas incompatibles: la identidad construida en torno al amor como pasión -que reclama aventura- y la identidad construida en torno al amor en la vida cotidiana -que reclama trabajo-.

El discurso de las revistas femeninas

Es sobre todo analizando el discurso de las revistas femeninas donde, según Illouz, resulta más fácil reconocer este esfuerzo por conciliar las exigencias del amor romántico con las exigencias de una relación estable. La “receta” acuñada para ello no es otra que la traslación del discurso racional-económico que rige en nuestra conducta profesional a la esfera de la vida privada.

Por ejemplo, “los artículos (de esas revistas) aconsejan que organicemos la búsqueda de nuestra alma gemela como organizaríamos una búsqueda laboral…; recomiendan a las mujeres con claridad y firmeza que tomen las riendas de sus propios destinos románticos”, y, en última instancia, el mensaje transmitido es que la falta de romance se debe a la falta de esfuerzo (pp. 254-5). Conviene notar, sin embargo, que las estructuras narrativas manejadas en estos artículos responden a dos metáforas radicales o arquetipos: el de la “intensidad” y el del “trabajo” (p. 255).

Si esto último conlleva el que las mujeres importen a las relaciones privadas actitudes racionales que, en un principio, eran consideradas masculinas, por otra parte es interesante comprobar que, como había sugerido Francesca Cancian, a juzgar por el léxico empleado para describir el amor romántico, éste habría sufrido un proceso de feminización.

En efecto: “En contraposición con el ideal caballeresco del cortejo, que apuntaba a perfeccionar el espíritu masculino del valor y heroísmo ascético, las personas entrevistadas apelaron a un modelo cultural que desdibuja la división entre la esfera masculina y la femenina, y subordina a esta última los atributos masculinos tradicionales. Para ser románticos, los hombres deben hacer a un lado (temporalmente) el control de las emociones y la firmeza de la autoridad, cambiando esas cualidades por otras como la ‘delicadeza’, la ‘candidez’ y el ‘cuidado’. Las mujeres, por su parte, sólo deben seguir siendo lo que son ‘por naturaleza’. Así, como ya se ha señalado, la imagen del romance neutraliza las diferencias de género al colocar tanto a los hombres como a las mujeres en la esfera femenina de los sentimientos” (p. 150) -aunque, al mismo tiempo, la inserción del romance en el contexto socioeconómico posmoderno conlleve aplicarle los parámetros de la racionalidad calculadora.

Lo que no explica la economía

Si el objetivo del libro -muy en conformidad con la tradición weberiana de sociología comprensiva- es ilustrar la conexión entre las expresiones culturales del amor y la estructura económica capitalista, el libro lo cumple con creces, pues logra mostrar cómo la estructura económica de producción y consumo encuentra su reflejo en la misma práctica del amor, oscilante entre lo trabajoso y lo placentero. Ahora bien: lo que no queda claro, a pesar de que la misma existencia de dos repertorios culturales contradictorios sobre el amor apunte a ello, es la trascendencia del amor respecto a la misma estructura económica.

En efecto: Illouz explica minuciosamente el proceso de reificación del amor, merced al cual el amor pasa a convertirse en un producto o mercancía más, susceptible por tanto de ser producido y consumido. De ese modo queda en perfectas condiciones para trasladar al amor el comportamiento productivo-consumista que desarrollamos con las cosas: las adquirimos, las usamos y, cuando no nos gustan, compramos otras.

Sin embargo, a lo largo del libro no adquieren suficiente relieve tres cuestiones sin las cuales el tratamiento sociológico del amor queda incompleto: ¿Por qué comienza el amor? ¿Por qué termina? ¿Qué es lo que lo hace perdurar? Omitir estas cuestiones impide superar la ontología presentista que ella misma ha detectado magistralmente en la configuración de la utopía romántica, es decir: impide superar la visión del amor como una instantánea, una experiencia llamada a ser reemplazada por otra; impide verlo, en suma, como algo que entra en el tiempo y reclama fidelidad. A.M.G.

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