El Observatorio

El brazo armado de la política identitaria

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Tras la matanza racista en El Paso, han proliferado explicaciones que la atribuyen a una ideología de supremacismo blanco, alimentada por la retórica antiimigración de Trump. Brendan O’Neill escribe en Spiked que el caldo de cultivo de este atentado hay que buscarlo más bien en la política identitaria tan difundida hoy en diversos círculos.

O’Neill hace notar que “el presunto manifiesto del asesino está empapado de una paranoia identitaria. Se ve a sí mismo y a su herencia cultural asediados, sobre todo por los hispanos. La irrupción de una nueva raza es una amenaza a ‘nuestro modo de vida’, dice. Habla explícitamente de su sensación de ‘problemas e identidad’`. Afirma que está contra ‘la mezcla de razas’ que destruye ‘la diversidad genética’. Su principal preocupación es que los EE.UU. ‘están siendo destruidos desde dentro’”.

Frente a los que dicen que estos sentimientos son retorcidos productos de una mente fascista, O’Neill piensa que tales preocupaciones sobre “problemas de identidad”, de separatismo cultural y de pureza, reflejan más bien una militarización de la política identitaria hoy tan común.

Estos sentimientos “se manifiestan como una expresión violenta del tabú corriente contra la ‘apropiación cultural’, que mantiene que las culturas no deben mezclarse. Son un eco de la sensación de asedio, que es un rasgo central de todo grupo identitario, tanto si se trata de musulmanes o negros convencidos de que están amenazados por “hombres blancos”, o de los activistas trans que se agarran a la creencia paranoica de que la sociedad está inundada de un odio transfóbico. Y, por supuesto, la paranoia violenta de los asesinos de El Paso y de Christchurch refleja la misma paranoia identitaria de los islamistas que han asesinado a centenares de personas en Europa en los últimos cinco años. (…) Esos actos de salvajismo identitario estaban asimismo animados por una extrema sensación de cultura asediada, de fragilidad identitaria”.

“En la medida en que Trump haya podido contribuir al clima actual, no es por haber inyectado una especie de ‘fascismo’ ajeno en el cuerpo político por lo demás sano de la América moderna; más bien él también pesca en la corriente central de las políticas de la identidad, aunque él prefiere explotar el victimismo blanco en vez del victimismo negro, musulmán o gay”.

“El problema con la politización de la identidad personal es que puede provocar una desorientación psicológica. Convence a la gente de que cualquier crítica a su ideario político es un ataque existencial a su vida y a su futuro, dado que su ideario político está tan íntima y alarmantemente entrelazado con su propia identidad”.

“Así, mientras que los violentos identitarios blancos difunden la teoría conspiratoria sobre la raza blanca ‘reemplazada’ por los no blancos, los activistas trans hablan de que están siendo ‘borrados’, los identitarios musulmanes y sus simpatizantes denuncian que los musulmanes afrontan el comienzo de un ‘genocidio’ en Occidente, y los observadores negros mantienen que cualquiera que no acepta la nueva política de identidad y en cambio insiste en no tener en cuenta la raza, está ‘borrando a los negros y a sus contribuciones’. (…) Es el mismo terror cultural que lleva a los identitarios blancos a hablar de la sustitución cultural que sufren los blancos”.

“Sustitución, borrado, genocidio, fobia, discurso del odio, delito de odio, microagresión… la política identitaria, al convertir lo personal en político, ha creado un mundo de paranoia. Un mundo en el que cualquiera que cuestiona un aspecto de nuestra política, y por lo tanto de nuestra propia vida, debe ser paralizado, ya sea mediante la censura, la exclusión de la sociedad civilizada, la cárcel o, si es preciso, por la muerte”.


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