El Observatorio

EE.UU.: uno de cada seis hombres, de brazos cruzados

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Mientras la economía estadounidense muestra una formidable salud, con un crecimiento anual del 2,4% y una tasa de paro del 5%, un fenómeno está atrayendo la atención de los sociólogos: el elevado índice de hombres en edad laboral que ni trabajan ni buscan empleo.

Según el demógrafo Nicholas Eberstadt, la participación masculina en el trabajo está disminuyendo hasta niveles propios de la posguerra, y aun a los de la Gran Depresión (1929-1933), una noticia que, explica en su libro Hombres sin trabajo. La crisis invisible de EE.UU. –citado por Michael Cook en MercatorNet–, está pasando casi inadvertida para los políticos, los economistas y los empresarios.

Uno entre seis hombres de 25 a 54 años se encuentra actualmente en esa situación. “A diferencia de los soldados muertos en la antigua Roma –señala Eberstadt–, nuestros hombres diezmados todavía viven y caminan entre nosotros, aunque en una existencia sin un propósito económico productivo. Podríamos decir que estos muchos millones de hombres sin trabajo constituyen una suerte de ejército invisible, soldados fantasmas perdidos en una depresión moderna y oculta”.

Apunta Cook que nunca antes en la historia norteamericana había habido tantos hombres haciendo “absolutamente nada; millones se están volviendo dependientes, enfermos e infantilizados”. Una reciente investigación del economista Alan Krueger, de la Universidad de Princeton, ha revelado que la mitad de los hombres que no están buscando empleo están “enganchados” a los analgésicos y se les ha declarado algún grado de discapacidad. En números absolutos, son unos 7 millones de estadounidenses.

“Los trabajadores jóvenes estadounidenses –refiere Cook– pasan 2.200 horas al año trabajando o en actividades relacionadas con ello; las mujeres, 1.850 horas; los hombres desempleados que buscan trabajo dedican 400 horas a ese objetivo. Pero 7 millones de norteamericanos de 25 a 54 años trabajan 43 horas al año, o sea, un promedio de 7 minutos al día”.

“¿Qué hacen en su tiempo libre? ¿Aprenden francés? ¿Pintan acuarelas? ¿Ayudan en las residencias asistenciales de su localidad? Ninguna de las alternativas mencionadas. Invierten menos tiempo en actividades religiosas o de voluntariado que los tres grupos anteriores. No leen mucho el periódico. No votan mucho. Y un tercio de ellos ha consumido drogas el año pasado”.

En cuanto a cómo se sostienen económicamente, Eberstadt sentencia: “Viven esencialmente a costa del resto de nosotros. La cohesión social es una víctima directa de esta dinámica”.

¿Qué puede hacerse? El experto admite no tener la respuesta, aunque sugiere que la solución puede venir de tres factores: revitalizar a las empresas para que creen nuevos puestos de trabajo, reducir los incentivos perversos que les ofrecen los sistemas de bienestar social para quedarse al margen de la fuerza laboral, y permitir que quienes hayan pasado por la prisión tengan acceso a empleos.


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