EE.UU.: más religiosos, pero a la carta

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Te tiene que gustar la polémica para afirmar que EE.UU. se ha convertido en un país de herejes. Ross Douthat es el columnista más joven del New York Times. Y eso, si además eres católico en un periódico progresista, curte. Ahora acaba de publicar Bad Religion: How We Became a Nation of Heretics (Free Press, 2012), un libro que está dando que hablar en los medios estadounidenses.

Douthat tuvo la idea de escribir el libro cuando empezó a gestarse el ataque a la religión por parte de los “nuevos ateos” como Richard Dawkins, Christopher Hitchens o Sam Harris. No pretendía hacer una defensa de la fe. Más bien quería situar el debate en un eje distinto al que planteaban estos autores.

A juicio de Douthat, el panorama religioso que pintaban Dawkins y compañía podía valer para Europa, pero no para EE.UU. “En la historia de nuestro país, el enfrentamiento cristianismo-secularismo sencillamente no encaja”.

Douthat observa que en Norteamérica el cristianismo “tradicional” –las confesiones cristianas episcopaliana, luterana, católica... a diferencia, por ejemplo, de los pentecostales– se está debilitando al abrazar muchos de sus fieles una religión a la carta. A esa forma de religiosidad que trata de hacer compatible el subjetivismo con un determinado credo religioso, Douthat la denomina “herejía”.

El desencanto con las instituciones

A diferencia de la “espiritualidad sin religión” (cfr. Aceprensa, 28-07-2010), la religiosidad vaporosa descrita por Douthat se da dentro de las Iglesias cristianas tradicionales. De ahí su carácter herético. Así, uno puede considerarse católico o protestante y “reformular su credo personal de acuerdo con un Jesús privado”. Es el triunfo de lo emotivo sobre lo institucional, que Douthat sintetiza con la siguiente frase: “EE.UU. es un país de Osteens y Obamas”.

Joel Osteens es un pastor evangélico que organiza multitudinarios shows espirituales. El tipo tiene pegada entre demócratas y republicanos. Por lo que cuenta Douthat, su doctrina no es muy exigente. “Rara vez menciona el pecado, y con frecuencia sugiere que Dios no desea nada más que derramar sus bendiciones sobre los creyentes”, escribe en el Washington Post.

Barack Obama es el presidente cristiano –en este caso, no adscrito a una confesión– que apela a la religión y cita expresamente el nombre de Jesús para justificar su toma de postura a favor del matrimonio gay, dando la espalda a la doctrina tradicional cristiana sobre el matrimonio.

Para Douthat, ambas figuras simbolizan la tendencia hacia la llamada “religión terapéutica”: la fe en Dios se emplea como un recurso para satisfacer necesidades personales y justificar elecciones vitales.

Esta tendencia comenzó a fraguarse a finales de 1960 y, según Douthat, va a más. Prueba de ello, dice, es el auge de las llamadas confesiones cristianas independientes, la tercera fuerza religiosa más importante en EE.UU. por detrás del catolicismo y la Convención Baptista del Sur, según un censo de afiliación religiosa publicado en mayo de 2012 por la Association of Religion Data Archives.

En una reseña de este libro se resumía la tesis de Douthat con la siguiente frase: “Más religiosos, pero más herejes”. El columnista del New York Times explicó en una extensa entrevista que no es la religión lo que se está debilitando en Norteamérica, sino las instituciones religiosas.

“Este declive de la fe organizada en EE.UU. forma parte de un movimiento más amplio de rechazo hacia las instituciones que se observa en todos los niveles del país, ya sea en el desencanto hacia las instituciones políticas, ya en las rupturas familiares, etc.”.

Pequeñas pegas contra la Iglesia

El libro de Douthat sirve de contexto para entender las pérdidas de fieles de la Iglesia católica en EE.UU., similares a las de otras Iglesias. Casi la mitad de los estadounidenses han cambiado de confesión o han dejado sus creencias (cfr. Aceprensa, 9-03-2011).

La revista America, editada por los jesuitas, publicó en el número de abril las conclusiones de casi 300 entrevistas realizadas a católicos que han abandonado la práctica religiosa en la diócesis de Trenton (New Jersey). Aunque los motivos por los que uno deja de practicar probablemente sean más variados y complejos, las respuestas ofrecen algunas pistas para paliar el abandono de la práctica religiosa.

Hay un primer grupo de respuestas que conecta con la tendencia denunciada por Douthat a crearse una religión a la carta dentro de la propia confesión religiosa. Así, unos dejan de practicar por la postura de la Iglesia sobre el divorcio, el celibato sacerdotal, la ordenación de mujeres o el matrimonio gay.

En un comentario a estas entrevistas, Robert Barron, sacerdote y escritor, distingue entre estos casos doctrinales complejos –sobre los que obispos y sacerdotes no pueden hacer mucho, ya que se trata de cuestiones de principio no negociables–, y otros en los que se puede mejorar.

Destaca, en primer lugar, los “problemas de atención al cliente”. Muchos católicos que abandonan la práctica califican a los pastores de “arrogantes”, “distantes” o “insensibles”. También hay bastantes quejas contra el personal laico que atiende las parroquias.

Barron previene de acusaciones injustas: “Comprendo perfectamente a los párrocos y a los laicos que están al frente de un ministerio; entiendo que a veces tengan que decir ‘no’ a las peticiones de un fiel que sencillamente no se pueden cumplir. A veces, quien recibe el ‘no’ puede acusar con demasiada facilidad de arrogante o indiferente a quien pronuncia ese ‘no’. De todos modos, estas entrevistas deben servir como un toque de atención a quienes gobiernan, ya sean clérigos o laicos. Se llega bastante lejos con amabilidad, compasión y atención”.

“Recuerdo perfectamente la advertencia que dio mi primer párroco –un sacerdote maravillosamente formado– a la secretaria de la parroquia: ‘Para mucha gente, usted será el primer contacto que la gente tenga con la Iglesia católica’”.

El segundo grupo de pegas se refieren a la predicación. Numerosos entrevistados califican las homilías de “aburridas”, “irrelevantes”, “mal preparadas” o “pronunciadas de manera que no se entienden”.

“Sé lo difícil que es predicar. Hace falta prestar atención a la cultura, familiarizarse con la exégesis bíblica, sensibilizarse con un público tremendamente diverso”. Con todo, Barron cree que las homilías mejoran en la medida en que ofrecen respuestas a preguntas reales.

“Casi todos los pasajes del Evangelio contienen un encuentro entre Jesús y una persona –Pedro, María Magdalena, Nicodemo, Zaqueo...– que pregunta, está desconcertada, sufre o busca. Una homilía interesante es aquella que identifica ese deseo y muestra, en concreto, cómo lo llena Jesús. Cuando una homilía recuerda a la gente lo sedienta que está y, a la vez, le suministra el agua con que saciarse, entonces el público escucha”.

El tercer grupo de pegas fue un descubrimiento para Barron: nunca había caído en la cuenta que, cuando los católicos dejan de ir por la parroquia, sus pastores no suelen contactar con ellos. “De nuevo, tengo que admitir lo difícil que es hacer este seguimiento en parroquias donde quizá hay 300 o 400 familias”.

“Pero pensemos en esas grandes empresas que sirven a millones de clientes, en cómo siguen cuidadosamente a los que pierden. Las parroquias católicas podrían hacer algo semejante con los que abandonan; bastaría una llamada, una nota, un email, una visita pastoral... cualquier cosa que dijera: “Hola. Hemos notado que ya no viene a Misa. ¿Podemos ayudarle? Si es por nuestra culpa, ¿puede decirnos qué hemos hecho mal? Nos encantaría tenerlo de vuelta”.


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