Educar para el bien común

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El 22 de septiembre, la Congregación para la Educación Católica presentó un documento de trabajo titulado Educar en el humanismo solidario. Se propone contribuir a la construcción desde la docencia de una “civilización del amor” (frase repetida muchas veces por Pablo VI durante su pontificado). La iniciativa responde a los 50 años de la encíclica Populorum progressio (PP).

El documento, fechado el 16 de abril pasado, poco después del cincuentenario de la PP, se dirige a quienes desean “renovar cotidianamente la misión educativa de la Iglesia en los diferentes continentes”, así como “proporcionar una herramienta útil para un diálogo constructivo con la sociedad civil y los organismos internacionales” (nn. 29 y 30).

Papa Francisco: “El concepto de persona, nacido y madurado en el cristianismo, contribuye a perseguir un desarrollo plenamente humano. Porque persona siempre dice relación, no individualismo”

El magisterio de Pablo VI concretó exigencias sociales de la fe cristiana en el marco de la globalización, en línea con los criterios del Concilio Vaticano II: una renovada formulación del principio de interdependencia planetaria y del destino común de todos los pueblos de la Tierra. “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, concluía PP. Como es natural, ocupa un lugar destacado en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, elaborado por el Consejo Pontificio Justicia y Paz, así como en las encíclicas “sociales” de Juan Pablo II y Benedicto XVI (ver artículos relacionados).

El Papa Francisco lo tiene muy presente, hasta el punto de haber instituido un nuevo dicasterio vaticano “para el Servicio del Desarrollo Humano Integral”, inspirado en una frase emblemática de Pablo VI. Ese dicasterio se puso en marcha justamente en el aniversario de la PP. Se trata, como señaló Francisco en un discurso del 4 de abril, “de integrar los diferentes pueblos de la tierra. El deber de solidaridad nos obliga a buscar las maneras justas de reparto equitativo, para que no haya esa dramática desigualdad entre los que tienen mucho y los que nada tienen, entre el que descarta y el que es descartado. Sólo el camino de la integración entre los pueblos hace posible para la humanidad un futuro de paz y esperanza”.

No somos islas

Además, es preciso “integrar la dimensión individual y la comunitaria. Es innegable que somos hijos de una cultura, al menos en el mundo occidental, que ha exaltado al individuo hasta convertirlo en una isla, como si se pudiera ser felices solos. Por otro lado, no faltan puntos de vista ideológicos y poderes políticos que han aplastado a la persona, la han masificado y privado de esa libertad sin la cual el hombre ya no se siente hombre. En esta masificación están también interesados poderes económicos que quieren explotar la globalización, en lugar de fomentar un mayor intercambio entre los hombres, simplemente para imponer un mercado global del que ellos mismos dictan las reglas y cosechan los beneficios. El yo y la comunidad no son competidores entre sí (...). Esto se aplica todavía más a la familia, que es la primera célula de la sociedad y donde se aprende a convivir”.

En definitiva, “el concepto de persona, nacido y madurado en el cristianismo, contribuye a perseguir un desarrollo plenamente humano. Porque persona siempre dice relación, no individualismo, afirma la inclusión y no la exclusión, la dignidad única e inviolable y no la explotación, la libertad y no la coacción”.

Humanizar la educación

El documento de la Congregación resume, con base en textos de organizaciones internacionales, las múltiples crisis del mundo contemporáneo, que alcanzan con frecuencias extremos dramáticos, especialmente en el ámbito de las migraciones. Pero no olvida que “la globalización de las relaciones es también la globalización de la solidaridad” (n. 5).

Justamente porque la cuestión social es antropológica (Benedicto XVI, Caritas in veritate, 75), exige ponerla en primer plano de los sistemas educativos

Justamente porque la cuestión social es antropológica (Benedicto XVI, Caritas in veritate, 75), exige ponerla en primer plano de los sistemas educativos. Esa tarea forma parte de la misión y de la experiencia de la Iglesia, como expresó la declaración Gravissimum educationis del Concilio Vaticano II. Frente al influjo de tantas ideologías proyectadas sobre la enseñanza, es necesario, en palabras de Francisco, “humanizar la educación; es decir, transformarla en un proceso en el cual cada persona pueda desarrollar sus actitudes profundas, su vocación y contribuir así a la vocación de la propia comunidad”. Lógicamente, la prioridad corresponde a la persona y a la familia “con una concepción correcta de la subsidiariedad” (n. 9).

Del diálogo a la esperanza global

Una educación solidaria afrontará también los desafíos planteados en nuestro tiempo por la convivencia multicultural, para superar incomprensiones y conflictos. “En realidad, las dificultades son a menudo el resultado de una falta de educación en el humanismo solidario, basada en la formación en la cultura del diálogo” (n. 11). Obviamente, no basta un diálogo superficial, sino una actitud construida desde las exigencias éticas y sociales de la fe.

“El marco de valores en el cual vive, piensa y actúa el ciudadano que tiene una formación en el diálogo está sostenido por principios relacionales (gratuidad, libertad, igualdad, coherencia, paz y bien común) que entran de modo positivo y categórico en los programas didácticos y formativos de las instituciones y agencias que trabajan por el humanismo solidario” (n. 14).

Frente a la mitificación del progreso, el documento se remite a la “certeza del mensaje de esperanza contenido en la verdad de Jesucristo. Compete a ella irradiar dicha esperanza, como mensaje transmitido por la razón y la vida activa, entre los pueblos de todo el mundo” (n. 17).

La Congregación para la Educación Católica pide promover “relaciones educativas y pedagógicas que enseñen el amor cristiano, que generen grupos basados en la solidaridad”

Son necesarias, por tanto, “relaciones educativas y pedagógicas que enseñen el amor cristiano, que generen grupos basados en la solidaridad, donde el bien común está conectado virtuosamente al bien de cada uno de sus componentes, que transforme el contenido de las ciencias de acuerdo con la plena realización de la persona y de su pertenencia a la humanidad” (n. 18).

Solidaridad entre generaciones y redes de cooperación

No se puede olvidar que el bien común incluye también a las próximas generaciones, como recuerda la encíclica Laudato si’. La solidaridad alcanza a los futuros ciudadanos del planeta. Pero también a los que nos precedieron, mediante “una visión correcta de la historia y del espíritu con el cual nuestros antepasados han enfrentado y superado sus desafíos, puede ayudar al hombre en la compleja aventura de la contemporaneidad” (n. 23).

En fin, es preciso “construir redes de cooperación, desde el punto de vista educativo, escolar y académico, [lo que] significa activar dinámicas incluyentes, en constante búsqueda de nuevas oportunidades para introducir en el propio circuito de enseñanza y aprendizaje sujetos distintos, especialmente aquellos que les resulta difícil aprovechar un plan una formación adecuado a sus necesidades” (n. 24). Esa cooperación resulta especialmente necesaria en las universidades y en la investigación científica (n. 26).


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