Edición: revoluciones sin riesgos

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En el mercado editorial, un libro más no significa siempre una aportación al mundo de la cultura. Así opina Hervé Hamon en Le Monde de l'Éducation (enero 1995), a propósito de nuevos lanzamientos de colecciones de clásicos a bajo precio.

Los promotores de estas virtuosas campañas demuestran muy poco su cacareado respeto por el producto de ocasión que venden. Todo lo contrario. La operación es siempre la misma. Primero, seleccionan una obra indiscutida, conocida por el gran público. Después, verifican que está libre de derechos de autor, que ningún descendiente vendrá a pedir un céntimo. Y, en fin, proclaman a voz en grito que comienza una nueva era, que la literatura está al alcance de todos, que es una revolución y que esta revolución lleva la firma de Fulano.

A las claras, eso significa que una edición chapucera de una obra ya disponible en cuarenta formatos se suma inútilmente a la avalancha precedente; que, respecto a la edición, el así llamado editor se contenta con fotocopiar un trabajo antiguo; que la reverencia manifestada a los magníficos y queridos autores desaparecidos es tan sólo una manera de explotar su genio sin desembolsar un céntimo; y, sobre todo, que este estandarte literario esconde, por regla general, un catálogo pobre, mezquino, vulgar, donde el deseo de renovación literaria -que es caro y rinde poco- está ausente por completo.

No nos engañemos. El dumping editorial es la tapadera de grupos comerciales que se esfuerzan por acaparar el mercado del libro y arrebatarlo a los verdaderos editores: a los que asumen riesgos, pierden dinero para descubrir obras, y se apoyan en libreros que merecen este nombre; aquellos para quienes un libro es un libro, es decir, el fruto de un trabajo, el resultado de una suma de competencias.


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