Dublinesca

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Autor: Enrique Vila-Matas

Seix Barral. Barcelona (2010). 325 págs. 19 .

Tras cerrar su editorial, Samuel Riba sobrevive como puede en una anticipada jubilación para la que no está preparado. Los negocios no iban bien durante los últimos años, en parte por su alta concepción de lo que debe ser la literatura y, también, por su incapacidad para llevar a buen puerto las gestiones económicas.

La deriva de la etapa final -se dice en la novela- la atribuye a su resistencia a publicar libros con las historias góticas de moda y demás zarandajas”. Su mundo literario es otro, mucho más ambicioso y menos comercial, y durante la novela aparecen autores de culto, reales, que forman parte de su catálogo y con los que ha tenido una buena relación. Pero también afirma en varias ocasiones que, como todos los editores, sufre el mal de autor, esa enfermedad que le lleva a mirar por encima del hombro a sus escritores porque, a su juicio, no escriben lo que para él debería ser una gran obra. La jubilación le ha provocado una crisis personal y, también, una crisis con su pareja, Celia, que se encuentra a punto de convertirse al budismo. Además, Riba ha abandonado por completo el alcohol desde hace dos años, aunque mentalmente no acaba de superar esa dependencia.

Insatisfecho, desorientado, vacío, decide emprender un viaje a Dublín para celebrar el 16 de junio el Bloomsday, el día en el que transcurre Ulises, la novela de James Joyce. La elección de esta novela no es gratuita, pues Dublinesca es un rendido homenaje al riesgo narrativo que en su momento supuso esta novela. Vila-Matas parece decirnos que sus intenciones son las mismas, pues sus novelas caminan en una dirección muy distinta a los derroteros de la novela actual. El viaje a Dublín, donde también quiere realizar una sentida elegía a la era Gutenberg, se convierte en una experiencia fallida.

La novela está escrita con la técnica habitual de Vila-Matas: breves fragmentos plagados de constantes citas literarias que remiten, como dice el autor a propósito de Riba, a un “fanatismo desmesurado por la literatura”. Como se lee en la novela, y la cita define también a Vila-Matas, “tiene Riba tendencia a leer la vida como un texto literario”. Literatura y vida, pues, intrínsecamente unidas, aunque en el caso de Vila-Matas, es la literatura la que se lleva la mayor parte.

Vila-Matas domina a la perfección el arte de convertir la literatura en protagonista de sus tramas, las citas, los autores, las referencias librescas...; pero falta que las obras despeguen y transmitan una determinada opción vital o existencial. Aunque los personajes viven sumergidos en la “conciencia de un paisaje moral en ruinas”, no acaban de tener vida propia y sus conflictos existenciales, un tanto epidérmicos (como en el caso de Riba), no dejan de ser otra cita literaria más, sin mucho fundamento. Esta inconsistencia acaba por trasladarse también a la novela, repleta de reiterativos guiños y gags que ya suenan a técnica y a truco.


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