Dos filósofos debaten sobre los vientres de alquiler

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Ruwen Ogien y Sylviane Agacinsky, dos filósofos franceses que han publicado libros sobre cuestiones bioéticas, discuten en un debate organizado por Le Monde (20-06-09) sobre las madres de alquiler.

A la luz de la revisión por la que debe pasar la Ley francesa de Bioética en 2010, parece previsible que el legislador tome en cuenta las recomendaciones del Consejo de Estado, que en mayo pasado se pronunciaba por “no legalizar la gestación a través de terceros” en “interés del niño y de la madre de alquiler”.

Sylviane Agacinski es la autora de Corps en miettes (“Cuerpos en pedazos”, Flammarion), donde cuestiona el uso del cuerpo humano como mercancía. Ruwen Ogien, por su parte, en La Vie, la Mort, l'Etat (“La vida, la muerte, el Estado”, Grasset), se alza contra las intromisiones del Estado en la vida privada de las mujeres que deciden gestar un hijo ajeno. .

Ruwen Ogien estima que “el Estado no debe imponer por la fuerza ninguna concepción moral particular. Como protege y defiende el pluralismo religioso, debe proteger y defender también, con todos los medios de los que dispone, el pluralismo moral, esto es, el derecho de cada uno a vivir según sus profundas convicciones morales, en la medida en que éstas no perjudiquen a los demás.”

“Ciertos países democráticos como Bélgica, Grecia, Reino Unido o los Países Bajos toleran o regulan la práctica de la gestación mediante terceros. Otros no. Existe un criterio que permite decidir si tal o cual sistema penal es más o menos liberal. Mientras más liberal es un sistema de normas penales, menos ‘crímenes sin víctimas’ contiene.“ Según Ogien, “hoy en día, la gestación a través de terceros podría clasificarse perfectamente en la categoría de ‘crímenes sin víctimas’. En efecto, resultaría injusto penalizar un acuerdo entre personas que, en principio, consienten en él, y que no tiene visos de causar ningún daño a otros y, sobre todo, al niño por nacer.”

Sylviane Agacinski contesta que “la visión puramente liberal implica dejar que la gente viva como quiera, libremente. Pero es necesario distinguir entre los ‘derechos de’ y los ‘derechos a’, es decir, entre las libertades individuales que significan estar autorizado para (derecho de ir y venir, de expresarse, de vivir su vida sexual, de tener hijos, etc.; en una palabra: derecho de hacer cosas sin que nadie me lo impida), y los ‘derechos a’, que implican una exigencia y crean un deber frente a los otros.”

“Por ejemplo, el derecho a la vida nos obliga a alimentar a nuestros hijos y a todos los que dependan de nosotros, e incluso a ayudar, en la medida de nuestras posibilidades, a cualquiera que se encuentre en peligro. Luego existen ciertas obligaciones que tenemos hacia los demás, tanto como ellos las tienen hacia nosotros. Esta clase de derechos apela a la asistencia de los demás y a la del Estado a través de sus instituciones. Ahora bien: es evidente, según una visión liberal, que mi vida personal ha de ser libre, pero sin que deba por tanto exigir ninguna asistencia para llevarla adelante (en cosas como encontrar un pareja sexual o tener descendencia). Dicho de otra forma, la libertad no implica ningún derecho a tener hijos, y resulta muy paradójico incluir en una visión liberal bien entendida un derecho a la asistencia que excede los tratamientos terapéuticos.”

Analogía con la donación de órganos

El debate de los filósofos se centra después en la analogía entre donación de órganos y alquiler de vientres.

Ogien plantea si resulta más problemático poner la capacidad de procrear a disposición de otros que donar en vida un riñón o una parte del hígado.

Agacinski afirma que “la donación de órganos entre vivos se orienta a salvar vidas, no a satisfacer una demanda. Es algo que se autoriza, de modo excepcional, entre miembros de una misma familia, excluyendo cualquier pago. No por eso deja de plantear problemas difíciles. En cuanto al uso de órganos de una persona para fabricar y parir al hijo de otra, es algo intrínsecamente inadmisible, porque consiste en tratar a un ser humano como una máquina o como un animal de cría. En un rebaño, las hembras sirven para producir las crías en interés del criador. Aquí se pretende que las mujeres sirvan de hembras reproductoras porque se les remunera por ello. Dondequiera que se da esta práctica hay siempre un mercado, nunca es gratuito.”

Ogien advierte que “no todas las madres de alquiler son mujeres que están tan en la miseria como para no tener otra opción. (...) Y tratando a aquellas cuya elección está más limitada como a víctimas completamente desprovistas de su libre albedrío ¿no las ofende usted en su dignidad? Por otra parte, no me parece que la remuneración, desde luego presente siempre, sea suficiente para arruinar el carácter altruista del gesto de las madres de alquiler. A los médicos se les paga bien sin que se considere que el fin de su actividad es puramente venal.” Cita también el caso de los atletas profesionales o de los actores y actrices de cine que aceptan por contrato condicionamientos corporales exigidos por su trabajo. “¿Hay que prohibir el deporte profesional y la industria cinematográfica porque son contrarios a la dignidad humana?”

Para Agacinski “esa no es una razón para agregar el embarazo, el parto y finalmente el niño a la lista de cosas que se pueden vender y comprar. En cuanto a las madres de alquiler en Estados Unidos, se trata sobre todo de mujeres de color, de non white. La pregunta que deben hacerse los países civilizados es si la concepción debería entrar en el ámbito de la industria y del mercado de trabajo. Si se responde que sí, mañana en Francia una mujer podrá preguntarse si le será posible alquilar su vientre para pagarse el piso o los estudios.”

Ogien no cree “que el mejor medio de ayudar a alguien a escapar de la miseria sea prohibirle utilizar los pocos recursos de que dispone.”

Agacinski replica que “eso significa que usted incluye el cuerpo, los órganos y al mismo ser humano entre los “recursos” posibles. Yo pienso, por el contrario, que la ley tiene un papel civilizador, y que debe excluir de los intercambios comerciales la sustancia del ser humano. Que las células o la sangre que se extraen, una vez transformadas en producto, tengan un cierto coste, e incluso un precio, es otra cuestión. Pero una persona no debe ser expuesta a que se la mutile o se sacrifiquen sus órganos y su vida íntima por un salario, cualquiera que éste sea. Es una forma de corrupción».


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