Diarios del agua

Waterlog

Página 1

Autor: Roger Deakin

Impedimenta.
Madrid (2019).
408 págs.
24,95 € (papel) / 14,99 € (digital).
Traducción: Miguel Ros González.

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En 1996, Roger Deakin (1943-2006) “se lanzó a la piscina”, o mejor dicho, a las playas, pozas, ríos y estanques de su país natal, Gran Bretaña. Inspirado por un relato de John Cheever, El nadador, se embarcó en un viaje acuático de iniciación que se prolongaría durante un año y que contaría en Diarios del agua.

Mezcla de libro de viajes, cuaderno de campo y autobiografía, la obra acierta a transmitir la pasión del autor por la naturaleza, que en estas páginas se confunde con la Libertad, con mayúscula. Deakin preparaba a conciencia sus inmersiones –con un punto, eso sí, de improvisación– y escribía sobre ellas sin omitir ningún detalle, por lo que, más allá de su experiencia personal, el libro contiene suculentos datos sobre la historia y las costumbres locales.

¿Qué movía a Deaking? Quizá, como cuenta en el prólogo, la búsqueda de una “especie de metamorfosis”, donde la “supervivencia, y no la ambición o el deseo, es el objetivo principal”. Pero, ya metidos en harina, una curiosidad insaciable y un sincero ecologismo, que exponía con tanta amenidad como gracia, y que hicieron que fuera considerado, quizá involuntariamente, un gurú de los beneficios de la natación.

Sus capítulos se podrían leer como sucesivos reportajes de un dominical. Son precisos y a la vez desenvueltos, objetivos y con una personalidad narrativa inconfundible. A pesar del carácter ascético de su aventura, Deakin nos presenta también a una curiosa galería de personajes secundarios: tipos con los que se va cruzando por el camino, que lo aconsejan y que, en ocasiones, lo miran boquiabiertos, como los vecinos de Ned Merril, el nadador de Cheever.

Excéntrico, soñador, obsesivo, el autor, que realizó diversos documentales para la BBC, exploraría más tarde los bosques más antiguos del mundo para su obra póstuma, Wildwood. Era, en fin, el típico amigo que, para celebrar el buen término de su empresa, no tuvo otra ocurrencia que invitar a sus conocidos a un chapuzón en el Mar del Norte el día de Navidad. A la orilla del agua helada, todos se rajaron, excepto él, que se adentró a grandes zancadas y, con los dientes apretados, se fue acordando de “la madre de Inglaterra”.


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