Dar la vuelta al mundo leyendo libros

Un programa de una escuela californiana logra interesar a los niños en la lectura

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Uno de los objetivos clásicos en las primeras etapas de la educación es que los alumnos adquieran interés -si es posible, fascinación- por la lectura. Para ello, a menudo se recurre a programas de lecturas obligatorias. Pero no resulta sencillo inculcar una afición imponiendo una exigencia: "El verbo leer no soporta el imperativo", advierte Daniel Pennac en su obra Como una novela (ver servicio 74/93). A esta dificultad se suman las circunstancias actuales de la infancia: el esfuerzo mental que supone leer un libro resulta más arduo cuando la alternativa habitual son los efectos especiales de la televisión o los videojuegos. Aunque es frecuente que buenos maestros o padres tenaces consigan una respuesta positiva de los niños y les inculquen gusto por la lectura, pocas veces un método garantiza el éxito.

Lo ha logrado, sin embargo, el colegio de primaria Discovery, de la ciudad de San Marcos (California). Lori Jones es la creadora del programa escolar aplicado en todo el centro, al que ha llamado "¿En qué parte del mundo estás leyendo?".

La idea es sencilla, pero está dando excelentes resultados. Cada niño puede ir recorriendo los distintos continentes acumulando horas de lectura en casa. Hacen falta doce horas delante del libro para atravesar uno de los continentes. Todas las semanas, en la asamblea del colegio, se reparten los premios. Evidentemente, estos están relacionados con los avances geográficos: a cada uno que cruza la Antártida, por ejemplo, se le recompensa con un helado. Pueden competir incluso los que todavía no saben leer, contabilizando las horas en las que sus padres les leen en voz alta.

Jones reconoce que algunos de sus 800 alumnos leen tan solo para conseguir los premios. Pero no cree que eso invalide el sistema: "Los atletas corren para conseguir medallas, los golfistas para ganar dinero. La lectura es una capacidad crucial en la vida, y debemos usar cualquier instrumento a nuestro alcance para fomentarla" (San Diego Union Tribune, 4-I-2002).

Vale cualquier libro. Sin embargo, aunque "no está entre los objetivos del programa que todos los niños lean a los clásicos", son de hecho muchos los que no necesitan de incentivos para sumergirse en la lectura de, por ejemplo, Moby Dick, porque simplemente "les apasiona".

El otro elemento clave del programa salta a la vista cuando se visita la clase del profesor Quinlan, donde los alumnos entran y salen del aula, cambian de sitio, leen apoyados en un árbol del jardín o adoptan las posturas más cómodas. El permitir estas pequeñas libertades durante la lectura, que complementa el programa común del colegio, ha mejorado notablemente el afán de leer y las habilidades literarias de los alumnos.


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