Cuota de mujeres

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Contrapunto

En una reciente reunión de mujeres ministras de gobiernos europeos se ha aprobado una declaración que, para favorecer el acceso de la mujer a puestos políticos, propone «la instauración de cuotas progresivas como medida temporal y el desarrollo de acciones positivas en las listas electorales». En esta línea, entre los socialistas españoles y franceses se ha lanzado la idea de reservar a mujeres una cuota -la mitad o el 40%- de los puestos de las listas electorales en las próximas elecciones al Parlamento Europeo. Los partidarios de esta propuesta aducen que así se empezaría a romper el predominio masculino en el poder político y se conseguiría un Parlamento más representativo de la realidad social.

Sin duda, el hecho de que sólo uno de cada cinco escaños del Parlamento Europeo esté ocupado por una mujer es un fiel reflejo de que hasta la fecha los hombres han intervenido más en la política profesional. Y si, como es deseable, las mujeres participan más en la vida política, se acabará llegando a una distribución más homogénea entre ambos sexos. Así ha ocurrido en otros ámbitos. Por ejemplo, en la Universidad española hay ya más alumnas que alumnos, como fruto de la misma evolución social.

Otra cosa es que esto se logre por el artificial método de la «cuota» de mujeres. A la hora de ejercer los derechos políticos en una democracia, todos los seres humanos son iguales, sea cual sea su sexo, su raza, su religión o su trabajo. Introducir una discriminación, aunque fuera positiva, supondría romper el principio de igualdad. Y si el objetivo prioritario es que de hecho haya más mujeres en el Parlamento, habría que reservar para ellas una cuota no ya en las listas electorales sino en los escaños.

Por otra parte, no deja de ser llamativo que la idea de la «cuota» se plantee sólo a propósito de los sexos. ¿No habría que reservar también unos asientos en el tren electoral a los jubilados, que tienen experiencia y tiempo y no faltarían a los debates parlamentarios? ¿O a los jóvenes, que aportarían las ideas de la nueva generación? ¿O a los parados, representativos de una categoría social cada vez más importante? Y así podríamos seguir. En último término, para que las listas electorales fueran un fiel reflejo de la sociedad, tendrían que elaborarse según los métodos con los que se elige una muestra para hacer un sondeo.

Si la idea es que los parlamentarios sean representativos de la composición del cuerpo electoral, el criterio podría aplicarse a las propias mujeres candidatas al poder legislativo. Pues da la impresión de que están excesivamente representadas las mujeres con título universitario, profesionales y dedicadas a la enseñanza, en detrimento de las amas de casa y oficinistas, que son muchas más.

Si el problema es que los partidos marginan a las mujeres en sus candidaturas, una posible solución sería sustituir las listas cerradas y bloqueadas por otro sistema que permitiera al elector expresar sus preferencias no sólo entre los partidos sino entre los candidatos. Pues el Parlamento será tanto más representativo del cuerpo electoral cuanto más respete su libertad de elegir.

Ignacio Aréchaga

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