Con Sartre y Foucault vendíamos mejor

En Francia, las ventas de libros de ciencias humanas han caído un 30% en los diez últimos años

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En otros tiempos, todo estudiante universitario francés se paseaba con un libro bajo el brazo, por lo general de Sartre, Foucault o algún otro intelectual de moda. Las últimas ideas de los maîtres à penser eran vivamente discutidas en las clases, en los cafés o en las revistas, donde se confrontaban las propuestas de los diversos ismos que aspiraban a cambiar el mundo. Pero la posterior ola de pragmatismo se ha notado también en la edición de libros de ciencias humanas, que en Francia registra una caída espectacular.

El fenómeno ha provocado lamentos y tentativas de explicación en medios como las revistas Le Débat o Livres Hebdo, o los diarios Libération y Le Monde. Este último ofrecía los datos de la crisis en su número del 18-IV-97. En seis años, las ventas de libros de ciencias humanas han bajado un 30%, a la vez que el número de estudiantes universitarios -el público natural de tales títulos- casi se ha duplicado (de 1,1 millones en 1980 a 2 millones en 1993). De 18,6 millones de ejemplares vendidos en 1988 se ha pasado a 13,2 millones en 1994 (datos del Sindicato Nacional de la Edición).

Pero el caso es que cada año se publican más títulos: 1.942 en 1988; 3.087 en 1993. De modo que la difusión media ha caído: 2.200 ejemplares por título en 1980, 1.200 en 1988, y sólo 900 en 1994, año en que había más de medio millón de estudiantes de letras en las universidades francesas. Por consiguiente, el volumen de negocios de la edición en ciencias humanas (3% del correspondiente a la edición total) ha descendido un 20% entre 1988 y 1993.

Algunos títulos, como El pasado de una ilusión, de François Furet (1995, 70.000 ejemplares), o Pequeño tratado de las grandes virtudes, de André Comte-Sponville (1996, 200.000 ejemplares), han cosechado éxitos notables en medio de esta travesía del desierto. Pero el panorama general dista mucho de la ebullición registrada en el que los editores llaman “el decenio dorado” (1965-75). La crisis es demasiado fuerte y prolongada para ser sólo coyuntural. Se aventuran, pues, explicaciones de otro tipo.

Primero, se alude a los nuevos tiempos del pensamiento. Ya no hay corrientes que se presten a debates generales, sino que las humanidades se repliegan en la hiperespecialización. En efecto, se han agotado los grandes paradigmas, como el marxista o el estructuralista, de pretensiones totalizantes. Ahora bien, señala Le Monde, a la vez, el éxito relativo de obras de filosofía vulgarizada o en su versión ética indica una cierta necesidad de llenar el hueco dejado por las vulgatas marxista, freudiana o nietzscheana.

La segunda y quizá más importante explicación de la crisis se ha de buscar en los motivos del escaso entusiasmo de los universitarios. Le Monde cede la palabra a Pierre Nora, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (París) y director de dos colecciones de pensamiento con el sello de Gallimard, así como de la revista Le Débat. Según él, hay un estilo de lectura que experimenta una caída profunda en la Universidad: la lectura desinteresada. “La masa estudiantil no lee más que para el examen; por tanto, no cabe esperar que compren, aparte de manuales, más que libros de bolsillo”.

Aquí tercia Michel Pierssens, profesor de literatura en la Universidad de Montreal y director de la revista SubStance (Universidad de Wisconsin), con un comentario publicado también en Le Monde (30-IV-97). Pierssens echa la culpa al sistema universitario francés, muy distinto del norteamericano, en el que trabaja. Así, dice que, como se observa en Estados Unidos, las librerías florecen junto a las bibliotecas universitarias más ricas y mejor surtidas, donde los estudiantes toman contacto con los debates intelectuales y se sienten estimulados a adquirir las obras que los prolongan. En cambio, los alumnos franceses encuentran bibliotecas poco accesibles, mal abastecidas y masificadas.

Pierssens culpa también al “absurdo sistema de oposiciones” francés, que premia la repetición, los programas inmutables, las bibliografías rancias. Así, el dinero de que los estudiantes disponen para comprar libros se consume en manuales, utilitarios y nada originales, que son el maná de los profesores, mientras las obras que presentan los debates de actualidad no son incorporados a las listas de lecturas obligatorias o recomendadas.

Pierssens examina la opinión, propuesta por otros, de que las editoriales universitarias –escasas en Francia– podrían rectificar la tendencia. Él se muestra de acuerdo, pero señala una condición. Recuerda que la edición universitaria pasó una grave crisis hace veinte años. La superó cuando los profesores que dirigían esas editoriales fueron sustituidos por profesionales de la edición con mejor olfato para los temas que pueden interesar al público.

Pero Francia no es un terreno baldío. Últimamente asiste a un renacimiento del debate intelectual –filosófico, concretamente– fuera de las aulas: en los cafés. Los pensadores que han resucitado esta costumbre de los maestros de postguerra son gente corriente: estudiantes, profesores y también empleados o amas de casa. El mérito es del profesor Marc Santet, que hace cuatro años inició una tertulia filosófica en un café de la Plaza de la Bastilla, en París, los domingos por la mañana. Ahora hay 25 cafés-philos en la capital y otros tantos en el resto del país. Una característica de estas reuniones, a las que puede asistir cualquiera, es que evitan la política y se centran en temas de siempre: la eternidad, naturalmente, el bien y el mal, si la libertad consiste en aceptar el destino... Séneca y los demás estoicos son autores estimados en muchas de ellas.


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