Cómo Liberia se ha librado del ébola

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Desde hace meses apenas se habla del ébola en las informaciones periodísticas, y lo que parecía una grave emergencia internacional se ha diluido entre otras tragedias africanas más actuales, como la crisis de los inmigrantes que arriesgan su vida cruzando el Mediterráneo.


Una versión de este artículo se publicó en el servicio impreso 44/15

Las campañas de información y las medidas simples contra el contagio han sido lo más eficaz

No ocupó grandes titulares el hecho de que el 9 de mayo la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara a Liberia “país libre de ébola”, después de cumplir el plazo de 42 días desde el entierro del último caso confirmado.

Desde que comenzara el brote, en diciembre de 2013 se han infectado con el virus más de 25.000 personas en nueve países. De ellas han muerto más de 10.500, todas menos 15 en Liberia, Sierra Leona y Guinea.

De los tres países, Liberia ha sido el peor parado, con 9.862 infecciones y el mayor número de muertes: 4.408 personas. El pico de la crisis se registró en agosto de 2014, cuando llegaron a detectarse 480 nuevos casos en una misma semana. Hace nueve meses, Liberia estaba reportando a la OMS más de 300 casos nuevos por semana. Una epidemia devastadora que se ha cebado especialmente justo en la nación que ahora exhibe orgullosa su carta de libertad.

La semana pasada, la OMS informaba de 36 nuevos casos en Guinea y Sierra Leona. ¿Cómo es posible, entonces, que el país que más ha sufrido las consecuencias de la epidemia del ébola, con una estructura civil y sanitaria minada por dos recientes guerra civiles, haya conseguido recuperarse tan rápido?

Las ayudas internacionales llegan tarde

La OMS ha reconocido que actuó tarde. Aunque en abril de 2014 advertía de un “brote sin precedentes”, no fue hasta el 8 de agosto cuando declaró emergencia de salud pública internacional por ébola. Si, hasta ese momento, solo las ONG estaban peleando a pie de calle en África, con el aviso de la OMS, en pleno de agosto, se activaron las ayudas internacionales, que fueron llegando con efecto dominó en los meses sucesivos.

EE.UU. ha gastado 1.400 millones de dólares en su plan de lucha contra el ébola en Liberia, Sierra Leona y Guinea

Estados Unidos ha sido el país que más dinero ha donado para acabar con la epidemia mundial. El presidente Barack Obama puso en marcha la mayor intervención americana de la historia en una crisis de salud mundial: un total de 400 millones de dólares.

Aunque no fue lo único, los esfuerzos americanos se centraron, sobre todo, en enviar 3.000 soldados para construir 11 unidades específicas de tratamiento de ébola (llamadas E.T.U.). Una vez que se ha acabado la crisis, se ha sabido que en esas unidades solo se atendió un total de 28 pacientes, todos en dos de ellas; en las otras nueve no se atendió a nadie. Se estima que el 90% de las ayudas norteamericanas llegaron cuando ya no hacían falta porque la epidemia ya estaba controlada (cfr. New York Times, 11-04-2005).

A mediados de septiembre, Obama presentó el plan de ayudas americanas, que estaba enfocado en Liberia, aliado histórico de Estados Unidos. Las clínicas tardaron unos meses en construirse. La primera de ellas abrió sus puertas el 18 de noviembre, cuando el número de casos ya había empezado a descender considerablemente. La última, el 28 de enero, cuando apenas se daban casos nuevos.

Aunque el Dr. Hans Rosling –experto sueco en salud pública que asesoró al Ministerio de Sanidad de Liberia– desaconsejó vivamente la construcción de estas unidades, la instalación continuó. Algunos de los funcionarios que dieron luz verde al proyecto han declarado después que, en el momento en que se firmó, ya sabían que todo ese esfuerzo serviría para poco.

Los más críticos afirman que el dinero podría haberse usado para reconstruir el maltrecho sistema nacional de salud de Liberia en lugar de centrarse en las E.T.U., que apenas se utilizan. Otros han acusado a Estados Unidos de no haber parado la construcción de E.T.U. cuando empezó el retroceso de la epidemia. Sin embargo, en el momento en el que Obama tomó la decisión, se estimaba que los casos en Liberia y Sierra Leona podrían llegar a 1,4 millones de personas, si no se tomaban medidas de inmediato.

Cuando se inauguraron las 11 clínicas para tratamientos de ébola la crisis había pasado y apenas quedaban enfermos por asistir

Por eso, Jeremy Konyndyk, que encabezó la respuesta americana y estaba a cargo de la campaña estadounidense, piensa que hicieron lo correcto, porque todo apuntaba a que el brote podía continuar: “El reto en este tipo de respuesta es que no sabes dónde va a empezar el fuego, pero cuando se declare necesitarás un parque de bomberos”. Esos centros estarán ahí por si son necesarios en un futuro. También estarán los 1.500 trabajadores sanitarios que han formado para operar las E.T.U. De hecho, los expertos piensan que otro estallido de ébola es solo cuestión de tiempo.

Los voluntarios nativos, los verdaderos héroes

Las E.T.U. norteamericanas han resultado ser una medida cara que ha hecho mucho menos para detener el brote que otras más baratas y más ágiles, tomadas por los propios liberianos. A comienzos de verano, un grupo de 200 voluntarios comenzó comprando cloro, botas de goma y megáfonos para informar a la población y convencerles de que no debían ocultar enfermos. Algo que el gobierno de Liberia debería haber hecho cuando empezaron a detectarse los primeros casos.

A mediados de julio había alrededor de 40 infectados por el ébola y la cifra ascendió a 350 en solo un mes. En ese momento, el gobierno empeoró las cosas desplegando soldados y policía para hacer cumplir una cuarentena en West Point, el barrio más pobre de la nación. Los residentes se amotinaron, y las fuerzas de seguridad mataron a un muchacho de 15 años de edad.

La presidenta de Liberia, Ellen Johnson Sirleaf, reconoció su error más adelante y, a principios de septiembre, un equipo del gobierno comenzó a recorrer las comunidades afectadas junto a un epidemiólogo que se había ganado la confianza de los residentes, dando sesiones sobre cómo prevenir el contagio y proporcionándoles instrumentos nada sofisticados para seguir a los enfermos y detener la propagación del ébola: una libreta, un bolígrafo y una tarjeta de identidad.

Gracias a la ayuda de Estados Unidos y otros donantes, estos voluntarios empezaron a recibir una capacitación más formal y un pequeño sueldo (80 dólares al mes), para que no tuvieran que volver a sus puestos de trabajo habituales.

Finalmente y contra todo pronóstico, la epidemia se controló. La presidenta de Liberia, Ellen Johnson Sirleaf, afirmaba “nadie podía haber previsto el éxito”.


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