La cultura de la indignación en las universidades norteamericanas y más allá

Censura en el campus

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La Universidad, de forma más sonora en países anglosajones, vive uno de sus momentos más frágiles de las últimas décadas. La libertad de expresión –esencial para poder enseñar a pensar– se está achicando, acorralada por la corrección política y la primacía de los sentimientos sobre los hechos.

El mundo social es complejo, por lo que resulta imposible establecer fecha concreta para lo que Haidt y Lukianoff denominaron “la infantilización de la mente americana”. Aquel influyente artículo encaraba la ola de neopuritanismo que asuela los campus norteamericanos. Cada vez más, el lexicón de la izquierda cultural posmoderna se convertía en mainstream: espacios seguros, microagresiones, prejuicio inconsciente, pronombres escogidos, apropiación cultural, interseccionalidad, opresión sistémica… Un ramillete de conceptos resistencialistas y neologismos orwellianos que evidenciaban una traslación sintomática: el confort moral del alumno ultrasensible como bien supremo. No se trataba, desde luego, que el conocimiento y la instrucción no fueran relevantes, pero en el nuevo ecosistema universitario, en caso de duda, había que sacrificar el temario por el bienestar estudiantil, los hechos por el wishful thinking y la incómoda verdad por la deseada justicia social.

Es el razonamiento del “antifa”: callar al “intolerante” es no solo un acto de justicia, sino un deber moral

¿Qué explica este salto cualitativo? Desde la paulatina conversión del alumno en cliente hasta el miedo a esas máquinas de picar carne que son las redes sociales; desde el “sentimentalismo tóxico” de nuestra era (Darlymple) hasta la escasa “resiliencia millennial, pasando por la retroalimentación incesante entre los muy numerosos departamentos de Crítica Cultural (con su afán por liberar de la opresión, muchas veces invisible o porosa) y el empuje de la política identitaria, con su obsesiva tendencia a sustituir individualidad por colectivismo. El infierno está empedrado de buenas intenciones, pero la bola de nieve ya era imparable. Histéricos, oportunistas, activistas e intransigentes encontraron el caldo de cultivo para silenciar lo que nos les gustaba.

Patrullar la vestimenta de Halloween

Estos ingredientes cocinaron una de las primeras explosiones virales de intolerancia. Los protagonistas: Yale, un matrimonio de catedráticos, Halloween y un puñado de estudiantes encolerizados. En otoño de 2015 la administración mandó un correo al alumnado indicándoles que optaran por disfraces que no hirieran la sensibilidad de ninguna minoría. Erika Christakis, ante lo que consideraba un exceso, reivindicó en un escrito exquisito el tono festivo, transgresor, de Halloween y alertó de las consecuencias sociales y académicas de aceptar que la burocracia se inmiscuya hasta en la ropa de fiesta. La tormenta posterior fue épica: compensa asomarse a YouTube para ver cómo, con paciencia franciscana, Nicholas Christakis argumenta con un grupo de estudiantes indignados por el escrito de su mujer. El profesor recibe insultos, llantos y gritos por su “insensibilidad”, su “racismo” y por alentar un entorno donde pueda “acaecer la violencia” contra las minorías.

Este último eco –la pirueta que equipara palabra y acción– es esencial para entender la corriente de intransigencia que ha invadido tantas universidades. Una marea que salpica las bases de cualquier democracia (la libertad de pensamiento y de expresión) y que compone, simplemente, la punta de lanza de un arsenal más amplio: la corrección política y el linchamiento de quien exprese públicamente ideas que se alejen del beneplácito socialdemócrata. Porque, salvo en unos poquísimos asuntos, el consenso público –es decir, el mediático y el de las élites intelectuales que marcan la agenda– de las denominadas guerras culturales oscila entre el progresismo liberal y la extrema izquierda.

La corrección política es un fenómeno antiguo. Aunque sus raíces se hundan en la influencia de los post-estructuralistas franceses en los campus americanos del post-68, alcanzó su pico en los años noventa. Y ya entonces había resistencia: de manera indirecta, intelectuales como Scruton o Revel; de manera directa, en obras brillantes como el Higher Superstition. The Academic Left and Its Quarrells with Science (1994), escrito por dos científicos estupefactos ante la politización de los hechos y el desprecio al método científico bajo una coartada de liberación ideológica.

¿Cuál es la novedad, entonces, de esta nueva furia de corrección política que permea los campus? En primer lugar, lo que hace décadas era una tendencia a la izquierda de las Humanidades y las Ciencias Sociales se ha convertido hoy en un dominio casi absoluto. En segundo lugar, la caja de resonancia que han permitido Internet y las redes sociales, capaces de movilizar, amplificar y acosar como nunca. Y, por último, lo ocurrido ahora también es diferente a los noventa por la inédita recurrencia de las agresiones, las interrupciones y los escraches. La Universidad norteamericana no recuerda una época tan agitada, físicamente hablando, desde la contestación de los años sesenta.

Una falsa equiparación

La igualación entre palabras y violencia es el quid de la cuestión. Habilita el salto lógico que ha legitimado las centenas de coacciones y sabotajes. Es el razonamiento del antifa: callar al intolerante es no solo un acto de justicia, sino un deber moral para prevenir la violencia que desatarían sus palabras, esos “discursos del odio”. La dialéctica de la defensa propia.

Pero, entonces, emerge otro salto irresoluble, carrolliano: odio es lo que yo diga que es odio. Lo que implica –de hecho, de manera bastante habitual– que odio es simplemente, aquello que no se ajusta “a mi forma de pensar”. La definición de tolerancia (“respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”) queda sustituida por el dogma. Si las ideas del profesor o conferenciante desafían los mandamientos del Social Justice Warrior, automáticamente se etiquetan de fachas, racistas, homófobas, que ponen en peligro a quien las escucha. Discutirlas sería legitimarlas, ergo hay que sacarlas de circulación.

Así, se establece una causalidad entre la letra de una canción y el asesinato, entre la gramática y el desprecio sexual, entre la oposición argumentada a la transexualidad infantil y el suicidio de un adolescente con disforia. El cauce de lo decible se seca, tropas de activistas patrullan el habla, las palabras “matan” y las personas son meros entes que, parafraseando a Woody Allen, reservan vuelos a Polonia tras escuchar a Wagner.

Desde hace unos años, no hay semana en la que no emerja una nueva polémica: la más habitual es la de reventar actos de periodistas conservadores (Shapiro, Coulter, en su momento el provocador Yiannopoulos), de feministas críticas con la tercera ola (Hoff Sommers) o de académicos liberales (Peterson, Murray), pero el fenómeno se ha convertido en algo transversal y la propia izquierda radical –aupada en todos sus ismos– tampoco hace prisioneros entre sus filas.

La izquierda se devora a sí misma

En noviembre de 2014 no se pudo celebrar un debate en Oxford. Aunque organizado por estudiantes provida, contaba con dos opiniones antitéticas: en contra del aborto (Tim Stanley, del Telegraph) y drásticamente a favor (Brendan O’Neill, Spiked Online). Grupos feministas radicales hicieron campaña (exitosa) para prohibir el evento… porque eran dos hombres quienes debatían y había estudiantes que “se sentían amenazadas”. Tras la protesta latía uno de los decretos de las identity politics: solo los miembros de un colectivo pueden debatirlo.

En este entorno intimidatorio la Universidad queda coja en una de sus principales misiones: la de hacer pensar

La lista de represaliados es larga. Bill Maher, azote de republicanos, fue acusado de racista por criticar al islam y casi no imparte la lección inaugural en Berkeley (2014). Germaine Greer, feminista de referencia, fue insultada y boicoteada por negar la plena feminidad de los transexuales antes de una conferencia en Cardiff (2015). Un último ejemplo: el New York Times titulaba, sonoramente, “Cuando la izquierda se vuelve contra sí misma” para ilustrar el oprobio sufrido por Bret Weinstein, un profesor “profundamente progresista” que impartía clases en uno de los campus más progresistas de USA. Weinstein desafió la nueva norma que estudiantes y administración habían impuesto para el “Day of Absence”: que ningún blanco acudiera ese día al Evergreen College. Weinstein, sin embargo, tras cuestionar previamente el perfil segregacionista de la medida, se presentó a impartir sus clases… y una horda de estudiantes le berreó “racista” mientras exigía su despido.

El contundente titular del Times es sintomático, puesto que pone sobre la mesa las tensiones intelectuales de la izquierda universitaria. Mark Lilla, profesor de Historia Intelectual en Columbia, profesa un progresismo abierto. Tras la victoria de Trump, publicó una de las columnas más decisivas de los dos últimos años: “The End of Identity Liberalism”. Ahí condenaba el narcisismo de la diferencia predicado por la izquierda cultural posmoderna y reivindicaba mayor énfasis en todo lo que los americanos tienen en común. Es decir, la noción liberal clásica de comunidad, con sus derechos y sus deberes. No es casualidad que haya voces que proclamen que la división derecha-izquierda no es útil ahora que la distinción más significativa radica entre autoritarios y abiertos. Porque la batalla por la libertad de expresión está haciendo extraños compañeros de cama.

La subdivisión infinita

Es importante analizar la hostilidad dentro de la propia izquierda, puesto que la manía de las identidades colectivas –erigida sobre el victimismo como fuerza motriz– se adhiere a una lógica insaciable: los colectivos siempre pueden, a su vez, subdividirse en grupos más pequeños, que reclamen su cuota de sufrimiento, su ansia diferencial y sus políticas de restitución y reconocimiento público. Y como el posmodernismo neomarxista mantiene que toda relación social es una relación de poder, las nuevas facciones rebuscarán su resquicio de opresión para apuntalar su identidad colectiva.

Un ejemplo gráfico es el abecedario que discurre desde la “comunidad gay” de los setenta hasta la actual nomenclatura “LGBTQQIAAP”. Paradójicamente, como señalaba Claire Lehmann, directora de Quil-lette, tanta insistencia en reconocer la diversidad nos llevará a descubrir que “no hay nada más diverso que la individualidad”.

Esta tendencia dista mucho de ser solo anglosajona, aunque sea la más mediática. La Universidad Católica de Lovaina abrió expediente a un profesor de filosofía que, para que sus alumnos pensaran sobre el aborto, les facilitó un ensayo provida. En Lyon-II una organización laicista y el Frente Nacional lograron la cancelación del coloquio “Luchar contra la islamofobia”. En España son famosos los casos de Rosa Díez en la Universidad Complutense, el reventón de un diálogo entre Felipe González y Juan Luis Cebrián en la Autónoma de Madrid, los ataques a oradores no nacionalistas en la de Barcelona o, por citar un entorno diferente, la campaña contra Jokin de Irala cuando iba a hablar de sexualidad en la de Cádiz.

Las identidades colectivas se adhieren a una lógica insaciable: los colectivos siempre pueden subdividirse en grupos más pequeños

En todos los casos aparecen variantes del sufijo -fobo, un truco de manos gramatical que, como escribe Furedi, implica la “patologización del desacuerdo o la disidencia”. Y a los locos se les encierra y a los focos de enfermedad (social) se los aísla y destruye. De nuevo, Furedi: “El término ‘-fobia’ implica que, si no te gusta determinado estilo de vida, entonces es porque sin duda eres un intolerante irracional”.

Las estrategias de linchamiento y descalificación del disidente resultan similares en todas las latitudes. Los medios, además, replican la mayoría de autos de fe mecánica y acríticamente, como con “el memorando machista de Google”. Las acusaciones de racista, tránsfobo y demás etcétera son formas de acallar el discurso sin atender a ningún argumento, puesto que expulsan de la esfera de la sociedad respetable al discrepante. Pero hay algo peor: son epítetos muy infecciosos y generan que nadie, incluso de la gente que quizá coincida con los argumentos que se esgrimen, quiera acercarse a esos radicales, puesto que temen al contagio. Y el contagio conduce, inexorablemente, al inicio del párrafo: el linchamiento.

Un sitio para desafiar ideas

Si es problemático que la expresión resulte tan frágil en la opinión pública, es trágico que la afección aqueje a las universidades. La primera razón, y más evidente, es que la facultad ha de ser un sitio para desafiar ideas. El alumno se matricula para aprender, no para confirmar todo lo que sabe. Para dialogar con textos, películas, experimentos, profesores y otros alumnos que brindan otra visión del mundo. No es relativismo, sino mera aceptación de la complejidad, porque la verdad y el camino del conocimiento son complejos. Y, mediante ese proceso hermenéutico, el estudiante ha de crecer intelectualmente, ensanchando su capacidad crítica. Esta labor implica, inevitablemente, enfrentarse a ideas que, en muchas ocasiones, son peligrosas, controvertidas o incómodas; o leer sobre evidencias científicas chocantes.

Uno puede quitarle hierro al asunto y argumentar que la violencia es la excepción a la norma, llamativa e inaceptable, pero excepción, al fin y al cabo. No obstante, esas erupciones agresivas son la punta del iceberg. Porque todo este empuje de corrección política, creencias posmodernas, hipersensibilidad estudiantil, lapidaciones mediáticas y legislaciones de cuotas y hablas van horadando la libertad de cátedra y generando una espiral del silencio en académicos y pensadores que se salen del carril. Ahora se reclama más coraje personal para pisar determinados charcos, y demasiadas administraciones universitarias están aterrorizadas por aparecer como diana de la ira de tuiteros enfurecidos y periodistas-activistas. Y este entorno intimidatorio es preocupante porque la Universidad queda coja en una de sus principales misiones: la de hacer pensar.

Como escribía Stuart Mill, “quien sólo conozca un aspecto de la cuestión no conoce gran cosa de ella. Sus razones pueden ser buenas y puede no haber habido nadie capaz de refutarlas. Pero si él es igualmente incapaz de refutar las razones de la parte contraria no tiene motivo para preferir una u otra opinión”. Por eso, más allá del evidente aroma totalitario de los boicots, escandalizarse por lo que se escucha en un aula o un congreso académico supone una actitud radicalmente anti-universitaria. Porque las malas ideas no hay que silenciarlas, sino refutarlas.


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