Card. Poupard: «Hay que reaccionar contra la depreciación de la herencia cristiana europea»

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El periodista Joseph Vandrisse realizó en Roma una entrevista al Card. Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, para Le Figaro (30-IX-99), de la que traducimos algunos párrafos.

– ¿Hablaría usted de una degeneración del cristianismo?


– ¿De modo que tenemos que dejar de hablar de crisis?

– El análisis indefinidamente repetido de la crisis ha llegado a convertirse en un elemento de la misma crisis. Personalmente niego ese pesimismo dominante. ¡Repetir una y otra vez que el barco se hunde -lo cual es falso- no es la forma de animar a los jóvenes a subir a bordo! Hay que reaccionar contra esa corriente de depreciación de nuestra herencia cristiana europea que corre pareja con la exaltación de los valores ajenos. ¡Cuántos jóvenes franceses no saben nada de la espiritualidad de san Benito o de santa Teresa de Jesús, y se maravillan ante las religiones orientales…!

– Fuera del pluralismo, ¿no hay salvación?

– A menudo el problema se plantea en esos términos. Como si acerca de los temas fundamentales -la vida y la muerte, la libertad y el amor- los puntos de vista opuestos fuesen, en sí mismos, una riqueza. Cuestiones como la verdad y la búsqueda de la verdad quedan relegadas. Esto puede conducir a un relativismo moral. ¿Quién puede ignorar los peligros que se derivan para la vida social?

– ¿Estima usted que, en el diálogo cultural o religioso, el cristiano debiera ser más consciente de su identidad?

– Todo cristiano debe siempre, con delicadeza y respeto, como escribía el apóstol Pedro, dar razón de su esperanza. Afirmar, sin complejo de superioridad ni de inferioridad: esto es lo que somos, esto es lo que creemos a la luz de la palabra de Dios y de la enseñanza de la Iglesia, que es «Jesucristo continuado, comunicado y extendido a través del tiempo y del espacio», según palabras de Bossuet. El cristiano no debe callarse; debe dar testimonio. El diálogo suscita las preguntas esenciales. No se agota en un intercambio de frases amables mientras se toma una copa o un café.

– En el libro que acaba usted de publicar [Le Christianisme à l’aube du IIIe millénaire] habla del Islam y del desafío que constituye su avance en Europa. «Europa -leemos allí- debe ser consciente de que el Islam quiere conquistarla…»

– Las palabras que usted cita se refieren al integrismo islámico, cuyas manifestaciones de fanatismo llenan las columnas de los periódicos. No hay que confundir el Islam con el integrismo islámico, si bien aquel plantea a Europa y a Occidente un temible desafío y un grave problema a la esperanza cristiana.

– ¿No teme usted que tales palabras sean instrumentalizadas?

– ¿Acaso no prestamos un servicio a los políticos al proporcionarles ideas sobre un problema que se sitúa en las fronteras de lo religioso y de lo político, de lo espiritual y de lo temporal? Primera observación: no hace falta ser un gran experto para constatar una distorsión creciente entre dos curvas demográficas. En los países de cultura cristiana, la demografía cae de forma progresiva, mientras que en los jóvenes países musulmanes se registra el fenómeno inverso. (…) No podemos ser olvidadizos y menos aún serlo acerca de la historia, a menudo tumultuosa, de las relaciones de Europa con el Islam.

– ¿El desafío no viene también de la concepción que los musulmanes tienen del Estado islámico?

– El reto deriva de que el Islam se concibe como religión, cultura y sociedad, modo de vida, de pensamiento y de comportamiento. Esto es un hecho y la actualidad demuestra que este Islam no cambia.

En territorio islámico, los creyentes de otras religiones pueden ser tolerados, pero viven en condición de «protegidos» (dimmi). Simultáneamente, hay cristianos europeos que, bajo la presión social y también de factores internos, desean que la Iglesia se margine respecto a la sociedad, aceptando la «privatización» de la Iglesia (…

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