Cómo el feto se protege de las defensas de la madre

Una proteína de la placenta impide que el sistema inmunitario materno ataque al hijo

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El embarazo constituye una excepción misteriosa desde el punto de vista inmunológico. El feto necesita a la madre para desarrollarse, pero no es una parte del organismo materno. Desde el punto de vista genético se trata de un cuerpo extraño, ya que la mitad de su patrimonio genético es de origen paterno. Sin embargo, durante nueve meses los tejidos de dos seres genéticamente distintos están en contacto, sin que el sistema inmunitario materno rechace al hijo, como si fuera un trasplante que ha tenido éxito. Las razones de esta excepción a una regla biológica están siendo desveladas poco a poco, lo que podría facilitar los trasplantes de órganos.

El sistema inmunitario permite al organismo humano distinguir entre las células propias y las extrañas, y pone en funcionamiento el ejército de células especializadas en combatir los agentes infecciosos. El "estado mayor" del sistema inmunitario es el HLA (Human Leucocyte Antigens), descubierto en los años cincuenta por el que sería premio Nobel Jean Dausset. El sistema HLA hace que, en todas las células de nuestro cuerpo, haya una batería de proteínas que nos distinguen a los unos de los otros. Y, a menos que la medicina bloquee las defensas inmunitarias, rechazará todo trasplante de un órgano que tenga moléculas HLA diferentes.

En 1953 el investigador Peter Medawar, también premio Nobel por sus trabajos sobre la tolerancia inmunitaria, fue el primero que señaló la extraña paradoja de que el feto no desencadene las defensas inmunitarias de la madre. Además, esta tolerancia sólo tiene lugar durante la gestación: si se intenta después trasplantar un tejido del niño a la madre, es inmediatamente rechazado.

Hoy día se sabe que esta extraña tolerancia se debe en parte a la placenta y en parte a una proteína que sólo está presente durante el embarazo. Como todo individuo, el feto posee en la superficie de sus células marcadores biológicos que lo distinguen a la vez de su padre y de su madre. Pero en la placenta, que une al niño a la pared del útero, las proteínas HLA características del feto no se encuentran en la capa externa de la placenta, que es la que está en contacto con la sangre de la madre, y por tanto con su sistema inmunitario. La única de estas proteínas presente en este tejido es la HLA-G, que después de la gestación no se encuentra en ninguna otra célula del organismo. Esta proteína impide que actúen las células NK (Natural Killer) encargadas de destruir las células extrañas. Así, en vez de dirigir el sistema inmunitario materno contra el feto, la proteína HLA-G utiliza las defensas maternas en su favor.

A medida que se va comprendiendo mejor el papel de la HLA-G, los científicos se plantean si podría facilitar los trasplantes de órganos animales al hombre. Este verano tuvo lugar en París la primera conferencia internacional dedicada a la investigación sobre esta proteína (cfr. Le Monde, 21-VII-98). Se trataría de manipular genéticamente las células animales para que expresen la proteína HLA-G y evitar así el rechazo.


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