Poder terrenal. Religión y política en Europa

Earthly Powers. The Conflict Between Religion and Politics

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Taurus. Madrid (2005). 600 págs. 23,50 €. Traducción: José Manuel Álvarez Flórez.

Michael Burleigh es un historiador británico cuyos trabajos anteriores se han ceñido sobre todo a la Alemania anterior y posterior al Tercer Reich. Por medio de este libro nos hace comprender las raíces del proceso de descristianización que se ha producido en Europa en los últimos dos siglos. Burleigh no se refiere solo a relaciones conflictivas entre la Iglesia y el Estado, aunque aborde cuestiones como el pontificado de Pío IX o las cuestiones sociales impulsadas por León XIII. El eje conductor de la obra es la exposición de cómo las ideas y los movimientos políticos han ido adquiriendo un acusado perfil de verdaderas "religiones" laicas, con la consecuencia añadida de arrinconar o perseguir al cristianismo.

El período estudiado son los 125 años que van desde la Revolución Francesa a la I Guerra Mundial. A esta parte seguirá una segunda que llegará hasta nuestros días, dónde ocuparán un lugar importante las "religiones" totalitarias, como el nazismo y el comunismo.

Históricamente, la primera religión política es el jacobinismo en la revolución francesa, con sus apóstoles y profetas dispuestos a llevar por las armas la nueva fe fuera de sus fronteras. Le seguirían a lo largo del siglo XIX todas aquellas teorías, como los diversos socialismos, que hablaban del nacimiento de un "hombre nuevo", expresión de dimensiones casi religiosas. En este sentido, resulta particularmente esclarecedora la descripción de cómo, al compás de la revolución industrial, el socialismo fue llenando el espacio de la religión en las décadas anteriores a la guerra de 1914, sobre todo en la Alemania protestante. El socialismo podía ofrecer a sus simpatizantes toda clase de servicios sociales, incluyendo una idea de solidaridad sustitutiva de la caridad cristiana.

En otro escenario del industrialismo, la Inglaterra victoriana, la mentalidad liberal burguesa se iría apartando progresivamente de la religión anglicana oficial. Estas apreciaciones de Burleigh se asientan con frecuencia no sólo en ensayos o datos estadísticos, sino también en la literatura de la época, lo que otorga al libro interés y amenidad.

No menos significativo es el espacio que dedica a los nacionalismos románticos con todas sus colecciones de estatuas, mitos y cantos patrióticos. Destaca el autor que esas teorías desembocan inexorablemente en mesianismos, más acentuados en el siglo XX. Otro mesianismo, también estudiado con referencias literarias, es el terrorismo ruso, nueva especie de violencia sagrada, cuyos procedimientos son aún influyentes en nuestro mundo. No es extraño que este catálogo de religiones políticas se cierre con el apocalipsis de 1914, cuando pareció que los dioses guerreros de las viejas mitologías, de la mano de los nacionalismos, se abatieron sobre una Europa de orígenes cristianos.

Al presentar la traducción de su libro en Madrid, Burleigh se definió como un hombre no creyente, aunque, como historiador, se mostró partidario de la enseñanza de la religión en la escuela y criticó que el proyecto de Constitución europea no haya incluido mención alguna del cristianismo. "Ha sido algo parecido -dijo- a lo que hacía Stalin cuando borraba de las fotografías y de los cuadros a sus opositores". Su libro demuestra su erudición y su magnífica documentación. Aunque una perspectiva de fe podría deducir una interpretación más profunda de estos intentos de religiones seculares.

Antonio R. Rubio

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