Breviario de escolios

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Autor: Nicolás Gómez Dávila

Atalanta.
Girona (2018).
296 págs.
24 €.

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En estos tiempos, cuando reverdece el gusto por el género aforístico, resulta especialmente bienvenida la presente selección de textos de Nicolás Gómez Dávila, uno de los autores que cultivó los aforismos de forma más brillante y profunda en el siglo XX. La práctica totalidad de su obra consiste en lo que él llamaba escolios, breves textos en los que condensan su enmienda total a la modernidad.

Gómez Dávila nació en Bogotá y, aunque se formó en París, pasó el resto de sus días en su ciudad natal, viviendo de rentas y dedicado a la lectura de su ingente y selecta biblioteca de autores clásicos, a la tertulia con un reducido grupo de intelectuales y a la elaboración de sus escolios. En uno de ellos resume lo que fue su existencia: “Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres”. No dudó en calificarse de pensador reaccionario, completamente opuesto al pensamiento dominante, convencido como estaba de que “pensar como nuestros contemporáneos es la receta de la prosperidad y de la estupidez”.

A través de miles de brevísimos textos, Gómez Dávila formula una visión del mundo y del hombre que se articula sobre dos bases relacionadas entre sí. De una parte, la crítica demoledora de todos los que aparecen hoy como logros modernos: la autonomía del individuo, la democracia, la tecnología, el Estado, etc. De otro, la afirmación del ser humano como una criatura cuya grandeza y sentido consisten en atisbar el misterio de Dios, su creador. Pesimista antropológico, mantiene, sin embargo, una esperanza inquebrantable en la misericordia divina: “Nuestra última esperanza está en la injusticia de Dios”, escribe.

La lectura de cada uno de estos escolios es una sacudida a la complaciente autocomprensión de nuestro tiempo. Aquí van algunas muestras: “La caridad del hombre moderno no está en amar al prójimo como a sí mismo, sino en amarse a sí mismo en el prójimo”; “el individualismo degenera en beatificación del antojo”; “en lugar de humanizar la técnica, el moderno prefiere tecnificar al hombre”. Pero no se queda solo en la demolición. Su pensamiento también contiene propuestas, que se sustentan en el reconocimiento de Dios como realidad constitutiva de nuestra existencia. Con independencia del grado de identificación que uno alcance con este autor, resulta imposible quedar indiferente ante unos aforismos que dan que pensar y que atraen por su perfección formal.


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