Benedicto XVI: la difícil elegancia de un líder religioso

Hay personas en quienes la elegancia es fruto de una cuidadosa vigilancia de sí mismos: sus modales, su vestido, su forma de hablar, su forma de callar. En otras personas, muchas menos, la elegancia parece simplemente la manifestación exterior y no buscada de una claridad interior, de una personalidad acabada, sin contradicciones, que no significa sin defectos. En estas personas, la elegancia, la cortesía, la humildad, rasgos todos de carácter, enraízan en una poderosa fuerza interior mucho más difícil de ver para el observador superficial: la conciencia.

Más allá de su papel religioso, Benedicto XVI ha sido un líder elegante, con esa elegancia natural pero difícil que solo se consigue obedeciendo humildemente a la conciencia. Por eso, no entenderán su renuncia –igual que no han entendido su pontificado– quienes no tengan de la conciencia el alto concepto que tiene el Papa.

El Papa que llegó con fama de inquisidor ha hecho de la libertad interior uno de los ejes de su enseñanza. En línea con Juan Pablo II (“la fe no se impone, se propone”), Benedicto XVI ha dedicado la mayor parte de sus textos doctrinales a hablar del amor y de la belleza, las fuerzas que verdaderamente “seducen” la conciencia; el Papa, sin dejar de confirmar el dogma, ha preferido recordar a los católicos (y ofrecer a los no católicos) el atractivo de la fe. Y lo ha hecho desde el propio convencimiento, con esa elegancia y tono amable que solo despiden quienes están convencidos de lo que hacen.

En los hombres de conciencia como Benedicto XVI, la rectitud de intenciones puede llegar a desconcertar. Esta es otra de las prerrogativas de la elegancia. El todavía Papa ha provocado el desconcierto de muchos comentaristas desde el inicio de su pontificado. Sin embargo, sus maneras elegantes y no impostadas nunca han molestado a nadie, salvo a quien ofende que otros puedan honestamente no estar de acuerdo con ellos; es decir, a quienes no entienden la conciencia.

Valores de un dirigente

Para valorar la valía de Benedicto XVI como líder religioso, es necesario emplear unas categorías que solo tienen contenido para las personas con fe. En cambio, sí se puede enjuiciar el papel del actual Papa como modelo de líder en general. Y en este sentido, Benedicto XVI representa un ejemplo de los valores que el siglo XXI parece estar reclamando a sus dirigentes.

Una de las cualidades más reconocidas (incluso por sus detractores) del la personalidad del Papa es su capacidad para escuchar. Se ha dicho de Benedicto XVI que se sentía más a gusto entre libros que entre personas, pero basta recordar su gozo durante los tumultuosos actos de la JMJ para entender que esto no es cierto. En realidad, lo que ocurre es que el Papa se siente más a gusto escuchando que hablando.

En un momento en que la opinión pública está reclamando más cercanía y menos discursos por parte de sus líderes, la figura de Benedicto XVI se alza callada pero poderosamente. Un ejemplo de su actitud abierta y escuchadora han sido sus esfuerzos ecuménicos: después de anunciar su renuncia, representantes de todas las confesiones se han apresurado a agradecer al Papa su cercanía y cordialidad.

A pesar del tono conciliador de todo su pontificado, nunca se ha dejado llevar por el populismo, ni ha rehusado los temas más espinosos aunque imaginara que podían ser mal recibidos por la opinión pública. Lejos de mostrar rigorismo, la determinación y prudencia con que ha abordado los asuntos más “polémicos” (moral sexual, relación con el islam, pederastia dentro de la Iglesia...) son manifestaciones de esa elegancia nacida del escrupuloso respeto a la conciencia propia y de los demás.

Este respeto le ha llevado también a firmar su estudio sobre Jesús de Nazaret con su nombre de pila, Joseph Ratzinger, junto con el de Benedicto XVI. Con este gesto, ha querido señalar que lo allí escrito es fruto de su interpretación personal, y por tanto falible. En este sentido, el Papa no parece haber tenido nunca la tentación de disimular sus limitaciones; ahora, en el momento de su renuncia, ha vuelto a dar ejemplo de transparencia, señalando que no se siente “con el vigor físico y espiritual necesarios” para continuar con su tarea.

La cortesía del humilde

La elegancia de Benedicto XVI, como la de cualquiera que la posea con esa plenitud y naturalidad, se ha mostrado por igual en las “victorias” y en las “derrotas”: su gesto de perplejidad y de agradecimiento durante la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid, o su sincera aflicción ante los escándalos de pederastia o el “vatileaks”, nacen en realidad de un mismo convencimiento: el de estar sirviendo a otras personas, es decir, desempeñando una misión tan sagrada como alta es la dignidad del ser humano. Benedicto XVI siempre ha creído que la mejor manera de servir a alguien es desear para él el mayor bien (lo que la conciencia presenta como el mayor bien) y a la vez respetar la conciencia del otro.

Esto explica también que no haya ninguna contradicción entre haber renunciado a su pontificado y alabar en su día la decisión de Juan Pablo II de continuar hasta la muerte. Las personas verdaderamente elegantes saben entender las opiniones ajenas porque saben escuchar, mirar más allá de sus propios razonamientos y convicciones.

Benedicto XVI representa las cualidades del líder que reclama gran parte de la sociedad actual, harta de personajes grandilocuentes y de retórica vacía. Ha sabido escuchar, ha sabido hablar sin miedo, ha sabido respetar las conciencias ajenas sin violentar la propia ni caer en populismos, ha sabido ganar y perder; ha sabido, por último, aceptar las propias limitaciones como un aspecto más de su vocación de servicio. Su elegancia no tiene nada que ver con la falsa humildad del que carece de convicciones firmes, pero tampoco con la presunción del que se cree en posesión de la verdad. No en vano, el lema episcopal que escogió en su día fue “Colaborador de la verdad”.

Parafraseando a Ortega y Gasset (“la claridad es la cortesía del filósofo”), se podría decir que en Benedicto XVI la elegancia ha sido la cortesía del humilde. El líder humilde nunca traiciona su conciencia porque sabe que eso sería traicionar a su pueblo. Benedicto XVI no lo ha hecho en todo su pontificado, y tampoco en el momento de marcharse.


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