Norberto Bobbio, un intelectual

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En la muerte del jurista italiano
Norberto Bobbio (1909-2004) no fue un erudito, encerrado en profundas investigaciones y ajeno a los problemas de quienes le rodeaban. Tampoco fue un tertuliano, dispuesto a pronunciarse sobre lo que le pusieran a tiro sin tiempo para poder reflexionar antes de sentar cátedra. Fue un claro ejemplo de lo que quizá pueda acabar convirtiéndose en especie a extinguir: un intelectual. Alguien convencido de que -como se hizo decir a Juan de Mairena- no hemos de ser «nunca virtuosos de la inteligencia», porque «la inteligencia ha de servir siempre para algo, aplicarse a algo, aprovechar a alguien».

En España se ha visto convertido en bandera. Sin duda muy a su pesar, porque nada más lejos de su talante; coincidiría fácilmente con Brell en que «en el mundo no hay mayor pecado que el de no seguir al abanderado». Entre nosotros se le ha querido convertir en un nuevo Krause, quizá para evitar toda situación de sede vacante; porque, mientras el laico no precisa de autoridades, el anticlerical necesita siempre entronizar un pontífice alternativo para legitimar su paradójica fe.

Fuera de campo

Norberto Bobbio ha sido en Italia durante decenios el principal referente del pensamiento «laico», calificativo peculiar de la cultura de su país, donde el protagonismo de las actitudes confesionales en el ámbito público convirtió en hábito alinear cualquier manifestación pública entre católicos o laicos con cierto aire de gran derbi. El fenómeno no tiene confesado parangón en España, donde calificar a alguien de «laico» es exótico privilegio de mi colega y amigo Gregorio Peces Barba, por razones que espero algún día tener ocasión de comentar con él con el preciso reposo. Aquí la confesionalidad franquista desprestigió suficientemente el invento; ya a los católicos confesos de mi generación nos ha dado siempre indisimulada dentera todo atisbo de toma de partido escapulario en ristre.

Pero el profesor turinés no cayó nunca en la pobreza intelectual de ejercer de anticlerical, e incluso declinó siempre ser considerado laicista. No necesitó leer a Machado para convencerse de que «nada hay más temible que el celo sacerdotal de los incrédulos». Cumplió con arrojo una de las notas de la «laicidad» alabada desde el entorno de alguien tan denostado por los anticlericales españoles como Ratzinger: esa «actitud de quien respeta las verdades que emanan del conocimiento natural sobre el hombre que vive en sociedad, aunque tales verdades sean enseñadas al mismo tiempo por una religión específica».

Ello le permitió ir contra corriente y luchar contra lo políticamente correcto, sin importarle verse unido a los católicos, a la hora de dejar claro -nada menos que en pleno referéndum- su neta oposición al aborto. Lamentó públicamente que «los laicos dejen a los creyentes el honor de afirmar que no se debe matar». Si el alcalde de Coruña se cuenta entre sus lectores, debe de ser el único discípulo español de Bobbio capaz de haberle imitado en algo que marcó su biografía.

Un liberal de izquierdas

Consecuente con ello nunca tuvo que dejar de ser marxista, lujo que no pueden exhibir muchos de los que entre nosotros se consideran sus discípulos. Se mantuvo al margen de la escolástica de los sesenta, cuando todo joven docente que se preciara debía dedicar a la cita de Umberto Cerroni o Nicos Poulantzas, hoy ilustres desconocidos, el tiempo que los catecismos de Marta Hanecker les dejara libre. Bobbio no dudó en ridiculizar la aparatosa falta de lecturas de aquellos innovadores, que si podían creerse inventores del uso alternativo del derecho es porque no tenían noticia alguna de Ihering. Llegó a afirmar, sin cortarse un pelo, que cuando se teoriza desde la ignorancia se acaba el día menos pensado «descubriendo el paraguas».

Fue un liberal de izquierdas, al que la fórmula del socialismo liberal, que hoy apelando a él se nos quiere vender como panacea, le parecía simplista y ambigua. Conocía a Marx tan bien como a Hobbes, hasta incluirlos en un mismo libro. Para él era un clásico más, al que leer sin canonizarlo ni demonizarlo. Recuerdo la inolvidable mañana que tuve la oportunidad de compartir con él visitando tesoros granadinos y charlando. Miraba todo con atenta curiosidad, pero sólo un detalle le llevó a interrumpir la marcha: la lápida que en un flanco del presbiterio de la catedral evoca a los sacerdotes «víctimas del marxismo». Me miró perplejo: ¿cómo puede una filosofía matar a nadie?; habrán sido víctimas de un partido o un régimen político… Solicitó una pausa y, sentado en uno de los recios bancos, tomó nota en su agenda del texto que le había sorprendido…

No persiguió el poder, porque como buen intelectual valoraba más gozar de autoridad; pero tampoco hizo ascos a la política y, ya jubilado, aceptó hace veinte años ser nombrado Senador vitalicio. Buscaba sin duda con ello verse situado en un areópago que le permitiera difundir sus ideas y su talante.

Positivismo jurídico

Fue durante treinta y siete años por imperativo legal profesor de «Filosofía del Derecho», como aquí otros lo fueron de Derecho Natural; pero su más valiosas aportaciones tienen que ver con la «Filosofía Política», a la que dedicó los últimos siete años de su función docente, o con lo que por entonces se catalogaba como «Teoría General del Derecho». Jamás intentó construir un sistema filosófico ni adherirse a ninguno de ellos. Sus libros de mayor calado reúnen breves trabajos monográficos, llenos siempre de enjundia y agudeza de análisis. Sólo al servicio de sus alumnos multicopió tratados de mayor amplitud y menor profundidad.

Defendió un positivismo jurídico, que entendía como un método preciso de acercamiento al derecho, a la vez que rechazaba su conversión en «ideología». En ella incurrirían los que entendieran que el derecho positivo, por el mero hecho de serlo, generaría un deber de obediencia. Describir el derecho no supondría considerarlo bueno ni malo, cuestión que competería a la moral.

Dejaba así en evidencia la frontera decisiva entre positivismo y iusnaturalismo: si considerar mejor o peor al derecho vigente implica suscribir un juicio moral ajeno a lo jurídico o más bien emitir un juicio estrictamente jurídico, que por serlo puede tener también relevancia moral. Al fin y al cabo, cuando de un futbolista se dice que es muy malo, no se sugiere que su alma pueda acabar en el infierno, sino algo tan estrictamente futbolístico como que le da muy mal al balón o, cuando lo tiene, no sabe qué hacer con él. Pero sobre eso podrán seguir discutiendo durante los próximos noventa años los que, sin necesidad de enarbolarlo, encuentren en su obra el sereno rigor del intelectual, contribuyendo a que no se extinga la especie.

Andrés Ollero TassaraAndrés Ollero Tassara (aollero@fcjs.urjc.es) es Catedrático de Filosofía del Derecho.«Soy laico, pero no laicista»

Sobre la figura del profesor Norberto Bobbio, fallecido a los 94 años, la prensa italiana ha destacado su compromiso de intelectual militante, conciencia crítica de la izquierda política y cultural, su resistencia al fascismo, su contribución a la difusión en Italia del positivismo jurídico y, en tonos que sin duda hubieran molestado al propio interesado, su papel de «pontífice de la cultura laica».

Pero han sido los comentarios, o el recuerdo, de frases del propio Bobbio sobre su apertura a la trascendencia las que contenían tal vez mayores elementos de novedad, al menos para cuantos -en palabras del escritor Claudio Magris- identifican estúpidamente laico como opuesto a creyente.

«Soy laico, pero no laicista -había dicho Bobbio-, porque también el laicismo es una iglesia con sus dogmas y anatemas». «Soy un dubitativo en vez de un no creyente», afirmó en otra ocasión. En los últimos años sostenía que se encontraba en una edad en que «los afectos cuentan más que los conceptos», y que se preguntaba con más frecuencia sobre las cuestiones últimas de la vida, como el sentido del mal y lo ilusorio del progreso. No es aventurado pensar que la muerte de su querida esposa Valeria, tras 58 años de matrimonio, agudizara esa reflexión.

Inmerso en el misterio

El arzobispo de Turín, cardenal Poletto, ha mencionado un encuentro de dos horas que mantuvo en su casa hace un par de años. «Un coloquio intenso con una persona que no se declaraba agnóstica y mantenía una puerta abierta al misterio». En la conversación, el cardenal le dijo que el hecho de no cerrar esa puerta era una manifestación de lo que decía San Agustín: «no me buscarías si no me hubieras ya encontrado». Al final del encuentro, el filósofo autorizó al arzobispo a rezar en su velatorio (como así hizo).

En el texto necrológico, preparado por el mismo Bobbio, que se leyó en la ceremonia fúnebre civil, escribe: «Creo que nunca me he alejado de la religión de los padres, pero de la Iglesia sí. Me he alejado desde hace ya demasiado tiempo como para volver de golpe a última hora. No me considero ni ateo ni agnóstico. Como hombre de razón y no de fe, sé que estoy inmerso en el misterio que la razón no consigue penetrar hasta el fondo».

Las limitaciones del esquema mental en el que se había formado -uno de cuyos puntos centrales era la negación del derecho natural- favorecían el planteamiento intelectualmente dubitativo y pesimista que le caracterizaba. Aunque también existía un ingrediente personal, que se remonta a una misteriosa enfermedad que padeció que le acompañó durante un año en su juventud.

«Tengo remordimientos por los errores cometidos, por los juicios demasiado rápidos y equivocados sobre personas y cosas -declaró en los últimos años de su vida- Querría pedir perdón, pero es algo que no sirve para nada, porque no se puede borrar nada. No pido perdón porque el remordimiento no se puede extinguir. Creo que he tenido un solo mérito: haber combatido en mi vida contra el optimismo de los ingenuos sin caer en la desesperación de los indiferentes». ACEPRENSA.

Sorpresas que daba Bobbio

Norberto Bobbio, que siempre se declaró no creyente y de izquierdas, sorprendió más de una vez a los que sostienen esas mismas posturas como si fueran dogmas. Quien consideraban uno de los suyos parecía de cuando en cuando hacer concesiones al bando contrario.

Para empezar, la distinción entre derecha e izquierda no es del todo tajante, según Bobbio. La izquierda, decía, se identifica por su tendencia al igualitarismo, mientras la derecha se muestra más dispuesta a aceptar las diferencias. Es una diferencia perceptible, pero de grado: quiere decir, «como mucho, que la primera es más igualitaria y la segunda más desigualitaria», señala en 1990 en Derecha e izquierda (ver servicio 68/95). La igualdad, pues, no es un valor absoluto: «Si la igualdad puede ser interpretada negativamente como nivelación, la desigualdad se puede interpretar positivamente como reconocimiento de la irreductible singularidad de cada individuo».

Derecha e izquierda

En la medida en que la izquierda no ha reconocido estos matices, por abrazar la dialéctica marxista, necesita rectificar. En su contribución de 1993 al volumen colectivo Izquierda punto cero (ver servicio 168/96), Bobbio escribió: «La izquierda en general, habiendo polarizado su atención sobre el conflicto de clase (…), ha elaborado una teoría limitada del conflicto, absolutamente inadecuada para comprender la complejidad del movimiento histórico. Debería recuperar el tiempo perdido». La izquierda debe encontrar una justificación distinta del marxismo, pues «lo que está sucediendo hoy en el mundo, el estallido de conflictos étnicos imprevisibles, de conflictos tribales, de luchas de matiz predominantemente religioso, como la que mantienen hindúes y musulmanes, nos ofrece un cuadro histórico completamente diferente del que había trazado una filosofía de la historia que partía del presupuesto de que la ‘historia de todas las sociedades que han existido hasta ahora es una historia de lucha de clases’».

Tampoco los fundamentalistas del laicismo podían encontrar siempre en el «laico» Bobbio un aliado incondicional. Consideraba la religión como una ilusión y un fenómeno de poder destructivo que fácilmente alimenta divisiones y guerras. Pero, así como no era ningún defensor de la fe, tampoco se encontraba cómodo en el papel de apologista del laicismo. «El laico -dijo en el diario Avvenire (4-XI-1997)- es uno que tiene sus creencias sin las cuales no podría vivir. Pero, al mismo tiempo, en un determinado momento puede cambiar de idea, puede dudar. Yo por ejemplo, en algunos puntos dudo, como en el tema del aborto… Precisamente porque estoy lleno de dudas, dudo también del laicismo».

Respeto a la vida del no nacido

Existe un episodio significativo en la actuación pública de Bobbio que en el río de artículos conmemorativos publicados a raíz de su muerte solo ha sido recordado en Avvenire, el periódico de la Conferencia Episcopal italiana. En mayo de 1981, con ocasión del referéndum sobre la ley del aborto en Italia, y en un clima en que lo «políticamente correcto» era estar a favor del aborto, Bobbio expresó sus dudas en una entrevista publicada por el diario Corriere della Sera (8-V-1981).

Bobbio creía que el mundo padecía un problema de superpoblación, lo que según él justificaba el control de la natalidad; pensaba también que la mujer tiene derecho a no cargar con un hijo que no quiere. Pero todo eso vige antes de la concepción, añadía; después prevalece «el derecho fundamental del concebido, el derecho a nacer, sobre el cual, a mi juicio, no se puede transigir». «El hecho de que el aborto esté difundido es un argumento muy débil desde el punto de vista jurídico y moral, y me sorprende que se utilice con tanta frecuencia», aducía ante la pregunta de que el aborto era una realidad innegable. «Los hombres son como son, pero la moral y el derecho existen para esto. El robo de coches, por ejemplo, está muy difundido y casi impune, ¿pero es una razón para que el robo sea legítimo?»

Y sobre el slogan feminista, entonces en muy boga, de «el cuerpo es mío», replicaba: «el individuo es uno, singular. En el caso del aborto hay otro en el cuerpo de la mujer. El suicida dispone de su propia vida. Con el aborto se dispone de la vida ajena». Argumentos sencillos, pero que en el clima del momento sonaban casi como revolucionarios en boca de uno de los referentes intelectuales de la izquierda.

Sobre la sorpresa que podrían provocar esas declaraciones, añadía: «Me pregunto qué sorpresa puede haber en el hecho de que un laico considere válido, en sentido absoluto, como un imperativo categórico, el no matarás. Por mi parte, me asombra que los laicos dejen a los creyentes el privilegio y el honor de afirmar que no se debe matar».

Un sentido positivo de la tolerancia

«Se puede hablar -decía en la misma entrevista- de despenalizar el aborto, pero no se puede ser moralmente indiferente al aborto». Eso sería una corrupción de la tolerancia, muy extendida en estos tiempos, como escribió en El tiempo de los derechos. Hay, decía, un sentido positivo de tolerancia, basada en la dignidad y libertad del ser humano, que se opone a la indebida exclusión de lo diferente; y un sentido negativo, que es indulgencia culpable y no rechaza lo perjudicial para las personas y la sociedad. Pues bien, «nuestras sociedades democráticas y permisivas sufren de exceso de tolerancia en sentido negativo, de tolerancia en el sentido de dejar correr (…), de no escandalizarse ni indignarse nunca por nada».

Así, aborto o permisivismo no son distintivos de la «ética laica». De hecho, no hay tal cosa, según Bobbio. «No existe la ética laica, como tampoco existe la ética religiosa. Hay éticas laicas y éticas religiosas» (El Mundo, 17-XI-1999). Y «lo que distingue fundamentalmente una ética religiosa de una ética laica no son tanto los preceptos cuanto la forma de justificarlos (…). La prohibición de matar es justificada según la ética religiosa como un mandamiento divino; una ética laica lo justifica racionalmente». Y a continuación Bobbio invita a «reflexionar sobre la razón por la que las éticas religiosas tienen socialmente (se comprueba bien en la mayoría de las sociedades que han existido hasta ahora) una autoridad mucho mayor que las autoridades laicas». ACEPRENSA.

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