¿“Atrapado en otro sexo”, o sencillamente… autista?

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En diciembre de 2015, el Dr. Kenneth Zucker, profesor de Psiquiatría de la Universidad de Toronto, fue expulsado del Centre for Addiction and Mental Health de esa ciudad. Se le acusó de intentar usar una “terapia de conversion” para curar a niños de “género confuso” y de poner en riesgo de suicidio a esos menores por tratar de determinar si sufrían algún tipo de trastorno psiquiátrico. La tesis del experto discurría por una vía: la del autismo.

“Solo porque los niños te estén diciendo algo no significa que lo aceptes, o que sea verdad, o que pueda estar en el mejor interés del menor”

En un documental que acaba de transmitir la BBC: Transgender Kids: Who Knows Best? (Niños transexuales: ¿quién sabe más?) –del que The Telegraph ha hecho un resumen–, el Dr. Zucker, que lideró el grupo de trabajo que definió e incluyó el término “disforia de género” en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), refirió que los rasgos de “fijación” propios del autismo pueden inducir a los menores con esa condición a creer que pertenecen al sexo contrario.

“Es posible –añade en el documental– que los chicos que tengan tendencia a obsesionarse o a fijarse en algo puedan hacerlo respecto al género. Solo porque los niños te estén diciendo algo no significa que lo aceptes, o que sea verdad, o que pueda ser en el mejor interés del menor. Un niño de cuatro años puede decirte que es un perro. ¿Irás entonces a comprarle comida para perros?”.

Lo curioso del tema es que hay padres que sí están yendo a por esa “comida para perros” para niños tan pequeños. Según el Telegraph, la clínica británica Tavistock and Portman NHS Trust, especializada en temas de género para menores de 18 años, señala que el número de menores de 11 años que han sido enviados allí para recibir tratamiento por presunta disforia de género se ha disparado desde los 19 en 2010 a los 77 en 2015. Y hay más: de ese total, 47 tenían menos de cinco años, y dos tenían solo tres años.

¿Disforia a los tres años? Tal vez la respuesta no esté en algún ligero amaneramiento de los niños, o en que chicas pequeñas, puestas a escoger entre una muñeca y un soldadito, tomen por azar o por voluntad este último. Quizás radique en la inundación mediática con el tema LGTB y su obsesiva imposición en el sector educativo, una tendencia en la que prevalecen la censura a las terapias de afirmación del sexo biológico y el casi “mandato” a los padres para que alejen a sus hijos del sexo “asignado al momento de nacer” y les ayuden a adoptar el “género sentido”.

Los datos, sobre el papel

Los niños con autismo tienen 7,5 veces más posibilidades de expresar su pertenencia al sexo opuesto

El Dr. Zucker no está solo en su posición sobre el tema –por cierto, más de 500 médicos y profesores firmaron una carta de rechazo a su expulsión, al considerarla una decisión de índole “política”–. Varios estudios coinciden en validar la relación entre los rasgos autistas y los de la disforia.

Uno de esos informes es el titulado Autism Spectrum Disorders in Gender Dysphoric Children and Adolescents, publicado en 2010 por un equipo investigador de universidades de Holanda y Bélgica. En él, los expertos ofrecen el resultado de su seguimiento a un grupo de menores que habían sido remitidos a una clínica para, entre otros asuntos, evaluar si presentaban la mencionada disforia.

Durante el examen emergió una realidad: de los 108 niños a los que se analizó para determinar si padecían de autismo, se confirmó a 7 en tal condición. Y fueron 7 los menores que, de 97 diagnosticados finalmente con disforia de género (especificada o no), mostraron signos de aquel trastorno psiquiátrico.

En cuanto a los 96 adolescentes incluidos en la muestra, se clasificó a 9 como autistas. Además, de los 85 diagnosticados con disforia, 8 presentaban síntomas de alguna variante autística. De los 11 restantes, en los que no se apreció disforia, uno tenía un trastorno de autismo y “fetichismo travesti”. Para resumir: que el 8,2% de un grupo de 182 niños y adolescentes “disfóricos” revele la presencia del autismo, da cuando menos para cuestionar si no es hora de tratar esa orientación desde un punto de vista clínico.

A la investigación holandesa se le sumó en 2014 la del Dr. John Strang, del Center for Autism Spectrum Disorders, de Washington. El especialista aplicó un cuestionario a una muestra de niños con trastornos autísticos. Constató que el 5,4% manifestó querer ser del sexo contrario, mientras que un 4,8% de chicos con déficit de atención por hiperactividad dijeron lo mismo.

Además, según refiere en su informe Increased gender variance in autism spectrum disorders and attention deficit hyperactivity disorder , los niños con autismo tienen 7,5 veces más posibilidades de expresar una “variación de género” o pertenencia al otro sexo, mientras que los hiperactivos las tienen unas 6,6 veces más.

Como último ejemplo, un estudio desarrollado por el Dr. Aron Janssen, director de una clínica de género y sexualidad en Nueva York. En la investigación, según Reuters, participaron menores con trastorno autista y otros que no lo presentaban. El resultado fue bastante ilustrativo, y muy en sintonía con lo obtenido por el Dr. Strang: el 5,1% de los chicos autistas expresaron su deseo de ser del sexo opuesto, algo que solo dijo el 0,7% de los chicos sin el trastorno.

“Puedes ayudar, o puedes falsear”

Los niños que muestran signos de “disforia” lo que pueden necesitar es mayor input sensorial y ayuda para desarrollar habilidades físicas

Al parecer, la disforia y el autismo se solapan en algún punto, y eso está claro incluso para varios teóricos pro-LGTB. En lo que algunos difieren es en cuanto al viejo dilema de la gallina y el huevo: si para unos, el autismo es la causa de la aparente disforia (Zucker), para otros lo que hace el trastorno psiquiátrico es desinhibir a la persona de conducirse en público tal como es, lejos de los estereotipos sociales que dictarían cómo debe comportarse el individuo según el sexo “asignado”.

El Dr. Strang es de este último parecer. En declaraciones a Reuters, dijo que, al ser menos conscientes de lo que se espera socialmente de ellos, los autistas tienen menos probabilidades de esconder su variación de género. Jannsen, por su parte, señala que lo que puede estar ocurriendo es que las personas de género “variable” se aíslan más en lo social, y que por ello muestran signos similares a los de los autistas.

Sea raíz o rama, habría, sin embargo, una opción mejor que la de acelerar el momento del tratamiento para la transición física al “género sentido”. En Crisis Magazine, la periodista Elise Erhard, autista Asperger ella misma, propone lo siguiente: “Les puedes explicar a padres y profesores que los chicos que tocan los vestidos de niñas necesitan un mayor input sensorial. Puedes animar a los padres a ayudar a esos niños a mejorar sus habilidades motoras [según Erhard, las desarrollan más tarde, por lo que son blanco de la burla de que “caminan como niñas] a través de la terapia física, o de deportes individuales como la gimnástica o las artes marciales. […] O puedes jugar al falso y superficial estereotipo de los sexos, y decirles a los padres que su hijo es realmente ‘una niña atrapada en un cuerpo de niño’”.


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