Antonio Garrigues, embajador ante Pablo VI. Un hombre de concordia en la tormenta (1964-1972)

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Autor: Fernando de Meer Lecha-Marzo

Thomson Aranzadi. Pamplona (2007). 389 págs. 23,75 €.

Realmente es certero el dicho que da más valor a una imagen que a mil palabras. El libro que comento sólo trae una ilustración: la fotografía oficial de la misión de Antonio Garrigues como embajador ante la Santa Sede, en la que posa junto a Pablo VI. El Papa aparece con su característico aire entre melancólico y preocupado. A su lado, un embajador con buena planta, de impecable uniforme, con una sonrisa que refleja una alegría desbordante y una mirada franca y optimista.

Con mucha pasión desarrolló su tarea en los ocho años romanos, en un periodo especialmente conflictivo, tanto para la Iglesia como para el régimen franquista y en los que, efectivamente, procuró actuar como hombre de concordia. El trabajo desarrollado durante su embajada es lo que se recoge en este libro de Fernando de Meer, investigador en el Departamento de Historia de la Universidad de Navarra. Se apoya fundamentalmente en la documentación del archivo privado de Garrigues, que se conserva en la Universidad de Navarra, pero utiliza también otras fuentes, en especial el archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores.

El volumen tiene más interés del que podría suponerse por el título, que parece confinarlo a un estudio de historia religiosa o de relaciones diplomáticas, ámbitos para los que es indudablemente importante. Pero también lo es para la historia de España en la última etapa de la evolución del franquismo, con la transición a la vista, para la historia administrativa y política, para la biografía del propio Garrigues o para los estudios sobre gestión empresarial y liderazgo, reflejada en las relaciones del embajador con los sucesivos ministros de Exteriores -Castiella y López Bravo- y, en último término, con Franco.

Sin duda, lo que más destaca es la personalidad del protagonista, que procura ser leal a los intereses españoles manteniendo al mismo tiempo la fidelidad a la Iglesia en unos años en que tanto el régimen español como la Iglesia universal entraban en crisis. Garrigues intenta convencer a Franco de la necesidad de cambios en las relaciones con el Vaticano, especialmente en la renuncia a la presentación de obispos; disecciona con notable precisión los problemas en sus informes oficiales; envía por su cuenta a Pablo VI una carta personal “con palabras que salen más del corazón que de la cabeza” agradeciéndole su magisterio en un mundo confuso; o escribe al ministro cómo le transformó su estancia en Roma, haciendo notar que la “fe religiosa celtibérica que llevamos dentro se hace más verdadera, se universaliza, se humaniza y se hace más intemporal y, en conjunto, menos intransigente: diría que esa misma fe se reviste de esperanza y sobre todo de caridad”.

Esta sinceridad y libertad de espíritu es uno de los aspectos más llamativos de su correspondencia oficial, poco común en los despachos diplomáticos. Y en los que no lo son. Un libro, como se ve, con muchas facetas, y de interés para muchos lectores.


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