Ante todo, no hagas daño

Do No Harm: Stories of Life, Death and Brain Surgery

Página 1

Autor: Henry Marsh

Salamandra.
Madrid (2016).
352 págs.
19 € (papel) / 11,99 € (digital).
Traducción: Patricia Antón de Vez.

“Ahora que me acerco al final de mi carrera… tengo menos miedo al fracaso (…) Además, cuanto mayor me hago, menos capaz me siento de negar que estoy hecho de la misma carne y de la misma sangre que mis pacientes, y que soy igual de vulnerable que ellos. Así que ahora puedo volver a sentir lástima por ellos, una lástima más profunda que la que sentí en el pasado, cuando empezaba”.

Quien nos habla es Henry Marsh, uno de los más prestigiosos neurocirujanos ingleses, que ha formado a un centenar de especialistas de todo el mundo y ha tratado a más de 15.000 pacientes a lo largo de su trayectoria profesional. En 2010 protagonizó el documental The English surgeon (“El cirujano inglés”), que fue galardonado con el Emmy al mejor programa científico, y contribuyó a incrementar su notoriedad.

A punto de jubilarse, decide publicar una especie de autobiografía profesional que se ha convertido en un fenómeno literario: no tanto porque Marsh escriba muy bien y los episodios que narra sobre sus intervenciones y sus relaciones con los pacientes resulten apasionantes, sino, sobre todo, porque nos ofrece una confesión franca y constructiva de sus limitaciones y errores profesionales. El libro, que se lee como una novela, contiene una sugerente reflexión sobre la ética de las profesiones sanitarias y, en particular, de la medicina.

Dos de los acontecimientos que cuenta marcaron especialmente su forma de trabajar. Cuando ya era médico, pero todavía no ejercía como neurocirujano, su hijo William tuvo que ser operado de un tumor en el centro del cerebro con tan solo tres meses de vida: “Aquella experiencia me fue muy útil para mí cuando me convertí en neurocirujano, porque había experimentado el dolor que sufren las familias mientras opero”.

El segundo se produjo cuando llevaba cuatro años ejerciendo de neurocirujano. Operó un enorme tumor y, tras muchas horas de una intervención que estaba resultando exitosa, en lugar de parar, se empeñó en eliminar por completo el tumor, y desgarró la arteria que lleva la sangre a la base del encéfalo, con lo que dejó a su paciente en estado vegetativo persistente. Aquel infausto suceso le hizo tomar conciencia de su condición limitada y replantearse por entero su modo de trabajar.

A ese paciente lo encuentra, siete años después, ingresado en un hospital católico. Marsh, que no cree y que está convencido de que “todo cuanto somos depende de la integridad física de nuestro cerebro”, se queda sorprendido por la capacidad de las monjas de crear un hogar para personas con graves lesiones cerebrales y para sus familias.

El neurocrujano inglés insiste una y otra vez en que la mayor dificultad de su especialidad no está en la técnica, aunque de hecho es extraordinariamente arriesgada, sino en la toma de decisiones. De ahí que resulte tan sencillo cometer errores, que en este campo tienen consecuencias trágicas. Frente a esos errores solo cabe su reconocimiento sincero ante uno mismo y ante los demás: “Si no ocultas ni niegas tus errores cuando las cosas salen mal, y si los pacientes y sus familias saben que estás afectado por lo ocurrido, quizá, con un poco de suerte, recibirás el valioso regalo del perdón”.


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